El arte político de hacerse el tonto

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Por Juan Emilio Ballesteros

06/03/2016

La serpiente avanza sinuosamente por un mosaico romano, arrastrándose sobre el retrato del emperador. De repente, arranca la banda sonora de Wilfred Josephs dando paso al viejo republicano que escribe sus memorias: “Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico y esto, lo otro y lo de más allá…”. Así, con un tono entre confidencial y amargado, comienza la que ha sido considerada como una de las mejores series de la historia de la televisión, Yo, Claudio, basada en una novela de Robert Graves, con guión de Jack Pulman y producida en 1976 por la BBC.

Cinco años después, la serie inglesa Retorno a Brideshead, con unos inconmensurables Laurence Olivier y Jeremy Irons, recogió el testigo. El impacto de ambos estrenos fue tan global que no sólo afianzó el nuevo género sino que cambió para siempre nuestra forma de ver la televisión. Hoy, las series forman parte de nuestras vidas y ya ni siquiera recrean la realidad; se anticipan a ella y marcan tendencia, hasta el punto de que una audiencia fiel e incondicional adivina en sus tramas el trasunto de la política cotidiana y la lucha por el poder. En este formato, cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia.

El secreto de Yo, Claudio no es otro que el trabajo bien hecho, cuidado, exquisito en todos sus detalles; una interpretación impecable, a cargo de actores procedentes del teatro shakesperiano; un argumento sólido; unos diálogos tan chispeantes como profundos y generosas dosis de humor, ironía y cinismo para retratar la condición humana, la ambición sin límites, la traición, la hipocresía, la depravación y la crueldad, el espíritu de supervivencia para salir indemne de la violencia y el crimen en un mundo corrompido. Una historia contada en primera persona por un emperador tartamudo, cojo y epiléptico, al que todos, incluida su madre, consideran un idiota, y que oculto tras la caricatura y el disimulo, consigue escapar de la feroz orgía de sangre que la dinastía Julia-Claudia desata en Roma. Claudio sobrevive a Augusto, Tiberio y Calígula. El triunfo de la inteligencia porque, a fin de cuentas, el tarado Claudio es todo menos un imbécil.

Otro personaje emerge por derecho propio en la novela de Graves, que supo insuflar una buena porción de lirismo al relato histórico. El escritor solía decir que los libros en prosa son “perros de muestra que yo crío y vendo para mantener mi gato”, pero también era consciente de que “no hay dinero en la poesía, ni poesía en el dinero”. Se trata de Livia Drusila, alma del imperio, prototipo de la maldad y espejo en el que se miraron Angela Channing y todas las demás que vinieron después y siguieron su estela. También el implacable Augusto o Herodes Agripa, un haragán, pícaro, pendenciero y mentiroso que llega a decirle a Claudio: “He conocido listos que se fingían tontos y tontos que se fingían listos. Pero eres el primer caso que he visto de un tonto que se finge tonto. Te convertirás en un dios”.

La miniserie, de 13 capítulos, ha envejecido muy bien y todavía soporta alguna reposición entre el entusiasmo de los incondicionales y la rendida admiración de los que se acercan a ella por primera vez. Sus actores, desconocidos entonces, hicieron carrera en el cine y la televisión. Derek Jacobi, que maquillado de anciano es clavado a como sale ahora en Más allá de la vida, de Clint Eastwood, también ha participado en Gladiator, Gosford Park o El discurso del rey, entre otras. John Hurt (Calígula) famoso por El hombre elefante, V de Vendetta, El expreso de medianoche o Harry Potter y la piedra filosofal. Patrick Stewart, el capitán Picard en la secuela de Star Trek. La Nueva Generación, y toda la saga de X-Men. John Rhys-Davis, el enano Gimli en El Señor de los Anillos, así como en Indiana Jones En Busca del Arca Perdida y La Última Cruzada. Hasta Brian Blessed (Augusto), una voz tan inconfundible que ha sido instalada en los navegadores TomTom británicos, a petición de los usuarios en votación popular.

CURIOSIDADES:

. En 2007 el productor Scott Rudin (‘La red social’) mantuvo un pulso con el director Jim Sheridan (‘En el nombre del padre’) por la compra de los derechos por dos millones de dólares. Rudin contaba con Leonardo di Caprio y el guionista William Monahan (‘Infiltrados’).

. Livia, la madre de Tony en ‘Los Soprano’, es un guiño a Livia Drusila, la perversa esposa de Augusto, hábil manipuladora de los sentimientos y cruel reflejo de la maldad.

. De 1937 data el primer intento de adaptar al cine la obra de Graves. Un filme dirigido por Josef von Sternberg y producido por Alexander Korda, cuya mujer, Merle Oberon, encarnó a Mesalina, y Charles Laughton, a Claudio. Un grave accidente de tráfico de Oberon truncó el rodaje.

. La miniserie de la BBC ganó tres premios Bafta en 1977: dos a la mejor interpretación, que recayeron en Derek Jacobi (Claudio), un actor descubierto por Laurence Olivier, y Siân Phillips (Livia), la actriz galesa esposa de Peter O’Toole, y otro al diseño. En 1978, obtuvo un premio Emmy a la mejor dirección artística.

. La serie ‘Mujeres desesperadas’ rinde tributo a ‘Yo, Claudio’ con el personaje de Betty Applewhite que, al igual que Antonia, la madre del emperador, hizo con Livila, encierra a su hijo.

. La norteamericana HBO y la británica BBC2, ambas productoras de la serie ‘Roma’, han negociado los derechos de las dos novelas de Robert Graves sobre Claudio para un ‘remake’.

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El arte político de hacerse el tonto
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La serpiente avanza sinuosamente por un mosaico romano, arrastrándose sobre el retrato del emperador. De repente, arranca la banda sonora de Wilfred Josephs dando paso al viejo republicano que escribe sus memorias: "Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico y esto, lo otro y lo de más allá…"
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