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Cooperar con la tierra

Cooperar con la tierra

Por Arantxa Rochet
13/11/2016

captura-de-pantalla-2016-11-11-a-las-12-01-23er productor ecológico no es sólo conseguir una certificación. Es cambiar de mentalidad. Las técnicas de la agricultura y ganadería ecológicas son muy diferentes a las convencionales, por lo que el aprendizaje, el esfuerzo y el compromiso suponen elementos imprescindibles para una industria que, para muchos, representa una apuesta de futuro.

“Por aquel entonces era algo que nos creíamos cuatro”. Jesús Sanchís, productor de hortalizas ecológicas en Valencia y miembro de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica (SEAE), habla del año 1986, cuando comenzó a cultivar bajo las pautas de un método que apenas estaba despegando en el mundo pero que, desde entonces, no ha hecho más que aumentar. “Ahora se está apuntando mucha más gente. Para mí, es el futuro”, añade Sanchís. Y los datos parecen darle la razón.

Según Eurostat y el estudio The World of Organic Agriculture 2016 del Instituto de Investigación de Agricultura Biológica, España era, en 2014, el país comunitario con mayor extensión de superficie destinada a la agricultura ecológica (AE), con 1,7 millones de hectáreas, un 6,2% más que el año anterior. Y el número de operadores ecológicos, 30.602, suponía un 11,9% del total de la Unión Europea, porcentaje sólo superado por Italia.

Sin embargo, la producción ecológica en nuestro país aún tiene por delante una larga lucha para quitarse de encima la creencia de que es un capricho para satisfacer las necesidades de un grupo pequeño y privilegiado de consumidores a un elevado precio. Esto no parece fácil cuando los datos confirman que la mayoría de los productos bio elaborados en España se exportan (un 75%) y sólo un 2% de los españoles apuestan por comprar este tipo de bienes. Pero los que sí creen en ello, tanto compradores como elaboradores, tienen claros sus motivos: comer más sano, comprometerse con el medioambiente o producir productos de calidad y con un alto valor nutritivo.

Es el caso de Fernando Mantecas, dueño de una explotación cárnica de ganadería ecológica, Braman, que decidió comprometerse con lo ecológico tras el fallecimiento de cuatro personas en su pueblo, La Losa (Segovia), por la intoxicación del aceite de colza en los años 80. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la alimentación era algo fundamental y, años más tarde, se metió de lleno en el proceso para reconvertir su ganadería convencional en ecológica. Hoy, su mayor satisfacción es “saber exactamente lo que le estoy vendiendo a mis clientes”.

Pero el camino no fue fácil. Y no sólo por un entorno que no estaba familiarizado con lo que él hacía, sino porque desde que el empresario decide eliminar todas aquellas sustancias no permitidas (pesticidas, insecticidas, antibióticos, fertilizantes sintéticos, aditivos y conservantes) hasta obtener el certificado ecológico y poder vender sus productos como tales tiene que pasar un periodo de transición o “reconversión” largo. La normativa (regulada desde 1991 por la Unión Europea) establece de dos a tres años dependiendo del tipo de cultivo y de su utilización. Eso en el caso de los agricultores, porque si se es ganadero, los tiempos aumentan. Al periodo de transición de las tierras habrá que sumar el que han de esperar los animales convencionales para ser catalogados como ecológicos, un paréntesis que puede ir desde los 12 meses para los bovinos y equinos destinados a la producción de carne hasta las seis semanas de las aves de corral que producen huevos.

Controles permanentes

También se deben tener en cuenta los controles que hay que superar desde que se solicita el permiso al organismo de control de AE autorizado en la comunidad autónoma correspondiente para convertirse en productor ecológico. Técnicos especializados realizan un análisis detallado del suelo (de hasta 300 elementos activos), del agua, las instalaciones, los animales y/o los cultivos. Cuando el regulador da el visto bueno y la explotación se considera ya en proceso de reconversión, el elaborador deberá seguir sometiéndose a controles como mínimo una vez al año y tener al día un cuaderno de explotación donde indicará todos los pasos que da en su trabajo.

Llegados a este punto es lógico pensar en el incremento de costes que supone apostar por una producción ecológica. Y es cierto que, sobre todo durante los años de reconversión, exige un
desembolso mayor que una explotación convencional: la fertilización orgánica es más cara, al igual que las semillas ecológicas o los alimentos comprados para el ganado. Además, hay que sumar el coste de los trámites para obtener la certificación, que variará dependiendo de si se necesita el sello de productor (agricultor, ganadero o apicultor), el de transformador (si, por ejemplo, se hacen zumos de frutas o verduras ecológicas), el de comercializador o todos ellos. Los certificados se regulan desde los consejos de cada comunidad autónoma, y dependiendo de si este organismo es público o privado las tasas varían de un lugar a otro.

Cooperar con la tierra

Por ello, y aunque existen importantes subvenciones previstas desde la UE para ayudar a las industrias agroalimentarias ecológicas –más de 1.000 millones de euros en el periodo entre 2014 y 2020–, el proceso no es sencillo. Aunque estos gastos se pueden ver compensados con la reducción de costes en tratamientos fitosanitarios y zoosanitarios, una menor dependencia económica del exterior y mejores precios de venta al público una vez obtenido el sello. Los productores suelen tener una clientela fiel y se ven menos afectados por las oscilaciones de precios del mercado.

De todas formas, lo que hay que tener claro es que ser operador ecológico va más allá de buscar la rentabilidad económica o eliminar los productos químicos de síntesis de los cultivos y de la alimentación de los animales. “Hay que cambiar de mentalidad”, indica Julio Criado, de la cooperativa Crica, productora de lácteos bio. Tanto es así, que algunos operadores, como Ecoagrícola El Talayón, que cultiva aloe vera ecológico en Murcia, van más allá de lo exigido por la normativa: todo el procedimiento que llevan a cabo es manual. No tienen maquinaria mecanizada, sino un burro que tira de un arado romano. Y tampoco utilizan productos derivados del petróleo, como plásticos, que se suelen usar para poner en el suelo y evitar que crezca hierba alrededor de los cultivos.

Y es que los tiempos, el trato y el modo de hacer las cosas también cambia. Y el compromiso y creer en lo que uno hace es el requisito indispensable.

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