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El humor de Borges, en un centenar y medio de anécdotas

Por Alfredo Valenzuela (Efe)
08/08/2016

El poeta argentino Roberto Alifano fue colaborador de Jorge Luis Borges, con quien trabajó prácticamente a diario durante sus diez últimos años de vida, periodo del que seleccionó un centenar y medio de anécdotas y brillantes ocurrencias del escritor que ha reunido en El humor de Borges.

El libro ha sido editado en Sevilla por Renacimiento con un prólogo de Luis Alberto de Cuenca, quien pone a Borges a la altura de Cervantes y celebra que esta publicación atienda a una “de las parcelas de su personalidad y de su portentosa capacidad creativa, que no han sido objeto de excesiva atención”, como es la del humor.

Alifano advierte en estas páginas de que Borges fue un hombre “divertido y travieso” que “se burlaba de los mitos nacionales, del personaje Martín Fierro, de Carlos Gardel, de gran parte de la literatura española” y hasta le negaba “méritos literarios al venerado mártir García Lorca, calificándolo, casi despectivamente, de ‘andaluz profesional'”.

Además de criticar el tango en Buenos Aires, recuerda Alifano, Borges fue capaz de criticar públicamente en París a un clásico como Guy de Maupassant, con aquella frase demoledora de que fue “un escritor que nació tonto y murió loco”, propia de un hombre como él, definido por su discípulo y colaborador como “un personaje desopilante sin ningún freno, a no ser el de su propia inteligencia”.

“Borges jamás se tomó en serio, para él la vida era un continuo juego” y “jamás intentó ser gracioso, pero los diálogos con él eran por lo común una fiesta llena de ocurrencias”, evoca Alifano, quien también asegura que, cuando contestaba a alguna pregunta de manera solemne, se debía a que “también tomaba el pelo muy solemnemente a su interlocutor”.

Algunas anécdotas recogidas por Alifano aluden a escritores, como cuando supo la noticia de la concesión del Nobel a García Márquez, y en respuesta a un periodista, Borges dijo: “Me parece un excelente escritor y es muy justo que le dieran a él ese premio. Cien años de soledad es una gran novela, aunque quizás con cincuenta años hubiera sido suficiente”.

La gran admiración que sintió por Ramón Gómez de la Serna no le impidió en una conversación calificar como “una lástima” la invención de las “greguerías” y añadir: “Hacia el final de su vida publicando esas tonterías se dedicó a pensar en grageas”.

Como “un trabajoso imitador de Gómez de la Serna” calificó Borges a Oliverio Girondo, de quien en una ocasión le dijo a Alifano: “A mí lo que él escribía no me gustó nunca. Era un hombre voluntariosamente extravagante, que lo único que buscaba era asombrar al lector”. Al preguntarle Alifano si no le reconocía talento a Girondo, Borges zanjó: “Creo que ni sus peores enemigos pueden imputarle ese calificativo”.

A un periodista madrileño, en una entrevista, le dijo que “en España es donde se habla el peor castellano del mundo. Para decir taxi, por ejemplo, dicen ‘tashi’; en lugar de decir ‘siga usted derecho’, le dicen ‘siga resto’; y ni siquiera Madrid pronuncian bien: dicen ‘Madriz'”.

En la misma entrevista dijo sobre la capital española que esa ciudad es “la más provinciana de España. Una ciudad fácilmente olvidable. La Puerta del Sol me parece una miseria. La famosa fuente de Cibeles es bastante desdichada” y, sobre la Gran Vía, añadió: “Parece una avenida de empleados domésticos, una muestra de la mediocridad de la zarzuela. Madrid es más o menos como el sainete”.

Durante la guerra de las Malvinas un coronel retirado y corpulento increpó a Borges en la calle por su oposición a la intervención argentina y le recordó que tenía militares entre sus antepasados. Borges respondió levantando su bastón y amenazándole, por lo que Alifano, que le acompañó en el trance, le dijo que se había comportado como un valiente: el escritor repuso que había estado muerto de miedo.

Y como colofón a este aperitivo: en un acto público, una señora le preguntó con tono de frivolidad, “Qué le gustaría ser que no fue”, y el escritor contestó: “Me gustaría ser otro escritor que no fuera Jorge Luis Borges. A mí no me gusta lo que escribo; si yo fuera más prudente, leería más y no cometería la imprudencia de escribir”.

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