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Carlos Santos describe la Movida en su último libro.

Nunca fui a Rock-Ola

Por Juan Emilio Ballesteros
26/11/2017

Como en el concierto de The Beatles en Las Ventas en 1965, el Mayo del 68 en París o la caída del Muro de Berlín en 1989, si todo el mundo que dice que estuvo allí hubiese estado en realidad, la historia sería otra o, al menos, se habría contado de otra manera. La memoria de los hechos hunde sus raíces en el recuerdo y la única forma de que éste siga vivo es fijarlo en el tiempo con palabras. A veces con las palabras precisas, que enmarcan y dignifican la verdad; otras, con palabras sentidas, que dan carta de naturaleza al amor y la poesía. Los años 80 no fueron buenos tiempos para la lírica, pero tampoco para la épica.

El periodista y escritor Carlos Santos, que nunca estuvo en Rock-Ola como Alberti nunca fue a Granada, se propuso contarnos la década de la Movida en su primera novela, travestida de bar movie, consciente de que en los bares pasa la vida y se escribe la historia y de que al calor del amor en un bar se puede describir lo que sucedió en ese país en continuo tránsito que llamamos España. Coincidiendo con William Faulkner, cuya cita introduce la narración, el autor sabe que el pasado nunca está muerto, ni siquiera es pasado.

En realidad, Santos se atreve a novelar esta época apasionante porque este género cuenta el mundo como nunca lo reseñarán los libros de historia. La historia la escriben los vencedores y las novelas los perdedores y los que no tienen nada que perder. Los novelistas, como los poetas, los cantantes y los artistas, narran la historia de verdad, la que no relatarán los académicos, aunque la escriban; la que está en la mirada de la gente.

De ahí que eligiese este formato tras el éxito editorial de 333 Historias de la Transición (La Esfera de los Libros, 2015), precisamente porque permite dar rienda suelta a las emociones. Si la política cabe en un ensayo, ni los políticos ni el sexo ni la música de una generación pueden encerrarse en un género que diluye los sentimientos personales en pronunciamientos colectivos. El resultado es una crónica desenfadada y veraz, donde el humor, el amor y el dolor se alternan entre sus páginas. Como en el cine de Almodóvar, en la fabulación de la Movida hay creatividad, talento y mucha vida. “Sería incapaz de construir un enigma –apunta–, pero contar historias forma parte de mi oficio”.

Con estos mimbres elabora un relato coherente y cabal de un tiempo alocado y procaz, unos días de cambio en los que, al despertar de la larga noche de la dictadura, la gente se echó a la calle y descubrió de repente la libertad. Y si en la calle comenzó a suceder de todo, fue en los bares donde se alcanzó la máxima expresión de esa explosión de vida. De pelear por la libertad se pasó a ejercerla sin más y la libertad consistía en decidir –“unos días decides bien y otros días decides mal”–. Así, “si a la desdramatización de la vida se le añade una dosis de creatividad, otra de morro y unas cuantas subvenciones, ya está listo ese cóctel que llaman la Movida”. En pocos años, concluye, pasamos del menú turístico al menú degustación, del coñac al whisky, del carajillo al chupito y del vino peleón al de crianza.

Una sociedad cambiante

Por el Avión Club, el último café cantante de Madrid y bar de copas desde la Transición hasta su cierre, en 1994, desfiló la España real, un mapa borracho de una sociedad que cambia entre la dictadura que no se acababa de ir y la democracia que no acababa de llegar. Un mínimo espacio ocupado por periodistas, actores y escritores, aves nocturnas con un inconveniente: seguían ejerciendo todo el rato. Y ahí tenemos a los verdaderos protagonistas de una década prodigiosa, una muchedumbre garrapiñada que intercambiaba humo y sudores y bebía y cantaba a pleno pulmón sin importarle qué iba a suceder mañana, pero construyendo al mismo tiempo el futuro.

Como al protagonista, César Martínez, el pianista que toca entre cajas de cerveza, a Carlos Santos se le notan más los años de club nocturno que los de conservatorio. No en vano tuvo la fortuna de que su tío, José Antonio Gurriarán, maestro de periodistas, le señalara el camino: mirar, preguntar, escuchar, intentar comprender, contar. En ese empeño, el autor se desenvuelve como uno de sus personajes en la cama: es de dos erres, repertorio y resistencia, pero en este caso no le falta la te de ternura. 

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