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Robert Redford, su último golpe

Por: Paz Mata

A lo largo de este tiempo Robert Redford nunca se prestó al “juego de Hollywood”. Siempre fue un “forastero”, como el Sundance Kid, que tanta fama le diera, un hombre que consiguió hacer las cosas a su manera como director, productor, activista político y fundador del mayor festival de cine de Estados Unidos.

A sus 81 años, Redford nos ha contado muchas cosas. Lo ha hecho con la mirada y con su físico, un físico que ha ido envejeciendo con la imaginación de una o tal vez dos generaciones. Su rostro es un mapa, un diario de ruta, un terreno que a veces se presenta agreste y otras suave. Todavía es apuesto, la edad no ha acabado con él, pero te hace pensar en ese Redford que hace años daba vida a Gatsby, al Sundance Kid o al guapísimo Hubbell Gardiner que hechizó a Barbra Streisand en Tal como éramos.

Un semblante que no mostraba arrugas, aunque sí contrariedad, cuando interpretó a un idealista abogado que lucha por un asiento en el senado de California, en El Candidato (1972), al periodista Bob Woodward, el que pusiera en jaque a Nixon con el escándalo del Watergate y ahora vuelve a hacerlo a Donald Trump, en Todos los hombres del presidente (1976). Los surcos de su cara se fueron profundizando en El Mejor (1984) encarnando a un hombre que busca su redención en el béisbol, en los tiempos en que Ronald Reagan bromeaba con bombardear Rusia y el escándalo Irán-Contra todavía no había saltado a la luz pública.

Su mirada aguda se enfocó en corregir graves errores del sistema sociopolítico estadounidense, lo hizo en Brubaker (1980), dando cuenta de la situación penitenciaria del país, o mostrando las tramas de espionaje que se llevan a cabo dentro de la CIA en Juego de espías (2001), también en hablar de desigualdad, en Milagro en Beanfield War (1988), y de injusticia, en El dilema (1994).

Redford sostiene que su principal objetivo como actor y cineasta ha sido siempre entretener al público. Sin embargo, su trabajo a lo largo de las últimas cinco décadas demuestra que las historias que nos ha contado tienen sus raíces en su propia experiencia personal. Sus mayores críticos lo consideran un actor de recursos limitados, atrapado en los atributos físicos que le convirtieron en estrella de cine, pero Redford nos recuerda que la suma de quienes somos va más allá de las palabras y de nuestro físico.

Nos lo hizo ver el hombre que se hunde con su barco en Cuando todo está perdido (2014). Un veterano lobo de mar, atormentado consigo mismo y luchando contra la naturaleza, que sin emitir palabra pero con un rostro curtido por el sol y el salitre, avejentado por el paso del tiempo, por el sentimiento de culpa y por el arrepentimiento, lo dice todo. Ahora, cuando anuncia su retiro delante de la cámara, se despide con su rebelde cabellera al viento, una sonrisa que te conquista y haciéndote un guiño al asegurar que “nada es para siempre”

Eso sí, esta vez dando vida a un entrañable canalla que se ríe de todo y de todos con mucho estilo. Su personaje en El viejo con la pistola, basado en una historia real, es Forrest Tucker, un ladrón de bancos que consiguió escapar de la cárcel, incluido el famoso penal de Alcatraz, hasta en 18 ocasiones. Al igual que Tucker, Redford tiene cuerda para largo: “No creo en eso de parar de hacer cosas. Cuando te paras es porque has llegado al final del camino y yo todavía tengo mucho por recorrer”, sentencia en nuestra cita con él durante el pasado festival de Toronto.

¿Cuándo decidió que ésta podía ser su última actuación?

Cuando leí este guión. Mi anterior película, que hice junto a mi querida amiga Jane Fonda, era una historia muy bonita, pero muy, muy triste. Después de esa quise hacer algo más alegre, más optimista y también divertido. Cuando leí la historia de Forrest me pareció perfecta para mi último trabajo como actor, una historia llena de energía y optimismo en un momento cultural tan negro como el que estamos viviendo.

Es triste decirlo, pero estará de acuerdo en que políticamente este país está pasando por momentos de profunda oscuridad, en los que los dos partidos presentes en el Senado y el Congreso no se hablan, no son capaces de trabajar juntos y la ciudadanía es la que está pagando el precio. Por eso esta historia me pareció perfecta para levantar el ánimos en momentos tan deprimentes.

No es la primera vez que interpreta a un fuera de la ley, lo hizo a los 30, a los 40 y ahora como broche de oro en su carrera de actor. ¿Qué diferencia hay entre Forrest Tucker y esos otros forajidos que tiene en su haber?

Forrest es un hombre muy optimista, enérgico, que ama lo que hace. En ese sentido es muy distinto a los otros que he interpretado en el pasado. Esos otros eran tipos que estaban en contra de la sociedad, en contra de la ley. Forrest no está en contra de nadie, le encantaba robar bancos porque le divertía y eso es algo insólito, porque no solo robaba bancos, sino que cada vez que robaba uno le metían en chirona y siempre conseguía escapar. Cuando le preguntaban si robaba bancos para ganarse la vida, él contestaba “robo bancos porque me da vida” y eso me parece maravilloso.

Presumo que usted también ama lo que hace. ¿Cómo va a ser su vida sin la actuación?

No lo sé. Está por ver. Me he pasado la mayor parte de mi vida actuando y ahora entro en un territorio desconocido.

¿Entra con entusiasmo, con miedo…?

Entro con curiosidad y por supuesto entusiasmo, mientras tenga capacidad para seguir haciendo cosas seguiré haciéndolo hasta que la muerte me sorprenda.

¿Piensa en ella?

Seguramente en algún rincón de mi mente, pero no me obsesiona. La muerte es inevitable, no tienes escapatoria, pero sí dos opciones: vivir con miedo y tratar de evitarla lo más posible o pensar que va a llegar irremediablemente y es mejor seguir disfrutando del presente, de la vida y de lo que esta te vaya trayendo.

La suya le ha traído una longeva y fructífera carrera como actor y director. ¿Cómo lo ha conseguido?

Paso a paso y sin pensar en construir una carrera, simplemente centrándome en lo que tenía frente a mí en un momento dado. No soy de los que miran atrás, vivo el presente. La única vez que me paro a pensar en mi carrera pasada es cuando alguien me lo menciona.

Por favor, haga un repaso a su carrera y díganos de qué películas está más orgulloso.

Mi favorita es, sin duda, Jeremiah Johnson, porque recopila mis pasiones, vivir en contacto con la naturaleza, la soledad y la aventura de explorar nuevos territorios. Dicho esto, es difícil elegir entre mis trabajos, eso implica poner a prueba mi ego. Pero guardo un grato recuerdo de Dos hombres y un destino, ahí es donde empezó mi amistad con Paul Newman, con quien tuve la suerte de volver a trabajar en El Golpe que, por cierto, y no porque yo trabaje en ella, es una de las mejores películas que se han hecho en Hollywood, gracias al extraordinario talento de su director George Roy Hill.

¿Hablando de ello, le gusta el cine que se hace en estos momentos?

Para mí lo más importante a la hora de hacer cine es contar una buena historia. Creo que en ese sentido estamos pasando por un buen momento, porque la historia empieza a ocupar un primer lugar. Hace unos años las nuevas tecnologías, los grandes efectos especiales eran lo que llamaban la atención, sobre todo al público joven y por eso los estudios de cine no pensaban en otra cosa, pero las cosas están cambiando. Tiene que haber una buena historia detrás de todos esos impresionantes efectos visuales para que el público salga del cine habiendo experimentado algo que les haya hecho sentir algo. Cuando eras pequeño y escuchabas eso de “érase una vez…” inmediatamente sabías que iba a haber un buena historia detrás.

Expresando las emociones

Charles Robert Redford nació un 18 de agosto de 1937 en la ciudad de Santa Mónica, California. Su padre, Charles Redford, era contable de la empresa Standard Oil y su madre Martha Hart, era ama de casa. Ella ya tenía un hijo de otro matrimonio anterior, William Coomber. Su familia, de origen irlandés-escocés, llegó del viejo mundo trayendo consigo un absoluto rechazo a hablar sobre cuestiones personales y un fuerte estoicismo para enfrentarse a la adversidad.

Pero también trajeron el amor por las palabras y el placer de contar historias. El joven Redford tuvo que aprender a encontrar la mejor manera de expresar sus emociones porque fuera lo que fuera lo que sintiera, no estaba bien visto hablar de ello en la mesa familiar. El arte fue su refugio y su medio de expresión.

¿Cómo surgió esa pasión?

En el colegio era un terrible estudiante, me pasaba las horas mirando por la ventana o dibujando, el dibujo ha sido siempre mi compañero. Un día la profesora me pilló dibujando y me pidió que lo mostrara a toda la clase. Les mostré el dibujo de unos cowboys disparando contra unos indios y estos lanzando flechas a los cowboys y por encima unos B-51 bombardeando a los cowboys (risas), estábamos en plena Segunda Guerra Mundial y a los chicos de la clase les gustó mi dibujo y la historia que les conté.

Ahí fue donde la profesora se dio cuenta de que era una forma de expresión y en vez de humillarme frente a la clase, me proporcionó un caballete y papel de dibujo para que cada miércoles dibujara una historia para la clase. En ese momento cambió mi vida. Con 19 años me fui a Europa a aprender de los artistas europeos y desde entonces no he dejado de dibujar o de pintar. Esa forma de expresión estará siempre en mi vida porque incluso cuando dirijo una película, el storyboard lo hago yo. Es un dibujo conceptual de lo que quiero contar visualmente.

A la vuelta de su periplo por Europa encontró su pasión por la actuación ¿Cómo empezó todo?

Nunca imaginé que podría actuar. A mi regreso de Europa me matriculé en la escuela de arte del Instituto Pratt, allí un profesor me recomendó que ingresara en la Academia Americana de Arte Dramático, en Nueva York. Yo lo que quería era tener una educación formal en Bellas Artes para volver a Europa y dedicarme a pintar, pero una vez en la Academia, durante una representación de La Gaviota, de Chéjov, algo cambió en mí. De repente todo empezó a tener sentido y a enfocarse en mi vida. De ahí me empezaron a salir pequeños papeles en teatro y series de televisión. Pero mis inicios fueron como el de la mayoría de los actores, esperando en fila a que me tocara el turno para una audición. Algunas veces conseguía el papel y la mayor parte de ellas, no. Así es como empecé.

¿Qué impacto ha tenido la fama en su carrera?

La fama llegó inesperada e irrevocablemente, no gradualmente, yo no estaba preparado para ello. La gente me empezó a tratar de manera diferente, me tiraban de la ropa, de los pelos, gritaban mi nombre. Era todo muy irreal y me preocupaba si eso iba a cambiar mi vida. Estaba casado y tenía hijos pequeños y no quería que ellos tuvieran que soportar esa presión. De repente me sentí tratado como si fuera un objeto, cosa que nunca antes me había sucedido y el peligro de ello estaba en convertirme en objeto. Por suerte, supe esquivar el lado oscuro de la fama. Me di cuenta a tiempo y decidí cambiar de vida y hacer otro tipo de cosas, como dirigir y producir. Aprendí a llevar con tranquilidad y aceptación el otro lado de la fama, alcanzando con ello el equilibrio en mi vida.

¿Qué le ha enseñado la edad?

Paciencia y a ser más sabio en mis decisiones. Cuando tienes 20 años solo te preocupas de tirar adelante. Con la edad te vuelves más filosófico y miras al pasado con otros ojos, con otra perspectiva que no tenías a esa edad, te das cuenta de dónde te has equivocado, te arrepientes de ciertas cosas, aprendes a aceptar otras, incluso a ti mismo y a contentarte con la vida. Eso es sabiduría.

Una vida intensa y muy fructífera, ¿qué ha aprendido de ella con respecto al amor y a la felicidad?

La vida me ha enseñado que la felicidad es efímera, viene y se va, no es permanente a menos que tomes algún tipo de drogas de la que no estoy enterado. La vida es una continua serie de altibajos. Hay momentos de mucha alegría y otros de profunda tristeza. Ambas cosas son parte de la vida. Yo disfruto de los buenos momentos, pero no espero que duren.

Eso lo consiguió eligiendo su rancho de Utah por encima de Hollywood ¿Cómo se ve Hollywood desde allí?

Hollywood es un lugar para trabajar, hacer negocios, no para vivir. Yo nací aquí en Los Ángeles, cerca de Hollywood, en un barrio de clase trabajadora, donde no teníamos nada que ver con ese lugar que otros pensaban que era mágico. No me interesaba nada. Yo soñaba con salir de Los Ángeles, una ciudad que empezaba a cambiar por la masiva construcción, rascacielos, autopistas, cosas que no existían cuando yo era pequeño, ya no era feliz en esa ciudad. De joven trabajé en la refinería que tenía la Standard Oil cerca de la playa de El Segundo. Mi padre trabajaba allí como contable y me consiguió un trabajo de conductor de grúas y tanques de petróleo, ahí empecé a notar cómo el petróleo se filtraba en las dunas de arena. Ahora ese petróleo está debajo de los grandes rascacielos que han construido.

¿Fue entonces cuando despertó su interés por el medio ambiente y por la conservación del planeta?

Siempre me ha gustado estar en contacto con la naturaleza y por eso apenas conseguí reunir algo de dinero me compré unas tierras en las montañas de Utah. Con el paso del tiempo he ido interesándome cada vez más por los efectos del cambio climático y las graves consecuencias que este conlleva para el planeta. Si continuamos por el camino que vamos no va a quedar ningún lugar donde podamos sobrevivir.

No le veo muy optimista…

Soy optimista porque la historia demuestra que el ser humano es capaz de reaccionar en el último momento y provocar un cambio. Creo que eso es lo que está ocurriendo ahora, aunque el gobierno de este país, en estos momentos, no esté colaborando mucho y siga negando el cambio climático y la explotación masiva de recursos naturales. Si ignoramos la ciencia y lo que esta nos ha enseñado a lo largo de la historia estamos condenados a desaparecer. Pero como digo, soy optimista y tengo esperanza en que la raza humana despertará y reaccionará antes de que sea demasiado tarde.

Antes decía que vive en el presente. ¿Cómo vive este presente, qué le gusta hacer cuando no trabaja?

Muchas cosas. Para empezar, vivo en el oeste de los Estados Unidos, tengo un rancho en Sundance, en las montaña de Utah, y allí me dedico a disfrutar de la naturaleza y de actividades que todavía puedo llevar a cabo y que me apasionan, como montar a caballo, escalar y hacer senderismo. Luego tengo otra propiedad en Santa Fe (Nuevo México) una zona de amplios espacios abiertos, no hay contaminación, porque no hay industria en los alrededores. Tanto si miras a la derecha como a la izquierda lo único que ves es cielo y tierra. Soy muy feliz en ambos sitios.

Asumo que le gusta la soledad… ¿Cómo lleva vivir en sociedad?

Ambas cosas son muy importantes, porque somos animales sociales y eso no lo podemos ignorar. Pero, por otro lado, aprendo mucho más de la naturaleza. Cuando salgo a caminar por el bosque cada día aprendo cosas nuevas, oigo ruidos de aves que no había escuchado antes, formaciones de rocas que no había visto, plantas que florecen y que nunca antes me había fijado cómo lo hacían. Cada día es un nuevo descubrimiento y todo eso lo puedo hacer sin que nadie me interrumpa. Por eso es importante mantener el equilibrio entre vivir en el mundo social y mantener el contacto con la naturaleza y aprender de su lenguaje y de su sonido.

¿La vida se vuelve más interesante con el paso del tiempo?

Sí, porque te das cuenta de todas las posibilidades que tienes. Cuantas más posibilidades más emocionante es vivir, si es que eres capaz de aventurarte en nuevos territorios.

Suerte en su nueva aventura…

Gracias, la suerte es siempre un factor importante (ríe).

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