Toni Servillo: “El misterio del teatro radica en la necesidad de perderse y volver a encontrarse”

Por Juan Salinas Quevedo
21/04/2018

Recién aterrizado en Madrid, lo primero que hizo Toni Servillo (Afragola, Nápoles. 1959) fue acudir al Teatro Pavón Kamikaze para contemplar “la singularidad de los teatros de barrio, lugares de resistencia y de barricada” que tanto le recuerdan a sus orígenes en el mundo de la interpretación. Su visita a España viene acompañada del estreno de Elvira, la obra que cierra el Festival de Otoño a Primavera y que se representa en el Pavón Kamikaze del jueves 19 al domingo 21 de abril. Tras su estreno en el Piccolo de Milán en 2016 y haciendo escala en París -cosechando un éxito rotundo en ambas ciudades-, Elvira conquistará, en esta ocasión, el escenario del céntrico teatro madrileño.

En palabras de Servillo -protagonista y director de Elvira– durante la charla de presentación a los medios, el motivo de tanto aclamo desde su estreno no está en la compañía que él mismo dirige, ni en el editor, ni en él; sino en las cuestiones que plantea y que “expresan un tormento vital”. La obra aborda las lecciones que Louis Jouvet, autor del texto, impartió a la actriz Paula Dehelly mientras montaban el Don Juan de Molière en el París de 1940 ocupado por los nazis. Es por ello que, según Servillo, “Elvira es una obra señalada por la dualidad del director y la actriz; el maestro y la alumna. En un debate, un cara a cara violento, apasionado, íntimo, furioso. Una dualidad hecha de soledades, de trayectos, de bromas, de experiencias, de búsquedas paralelas y cruzadas de dos protagonistas que se reúnen, se confrontan y se enfrentan en la labor teatral”.

Así como en el proceso creativo, las labores de actuación y de escritura quedan asemejadas por “la lucha feroz de la actriz con su personaje, y el combate del director con las palabras del texto y el misterio de la escritura”. Y por la conjunción de contexto y lugar que se puede percibir entre “el silencio y la oscuridad del teatro, y lo que está sucediendo detrás de la puerta del mismo, en aquellas calles desiertas de la Francia de los cuarenta”. En definitiva, la obra nace de un proceso de búsqueda e investigación encarnada sobre el enigma de Elvira y sobre su propia interioridad. “Un espectáculo lleno de vida y pasión, lleno de palabras que parten del teatro pero que están ligadas a la vida”. Para Servillo, a lo que estamos llamados a participar es “a descubrir el lento camino de dos hacia lo desconocido, a lo que no conocemos de los demás, es decir, lo que no conocemos de nosotros mismos”.

El “misterio” de los fundamentos del teatro

Su dedicación a lo largo de cuatro décadas encima de las tablas lleva a Toni Servillo a entender el teatro como “una aventura improbable que consiste en buscar en uno mismo aquello que nos resulta extraño y por tanto familiar a todos nosotros”. Un arte que nos expone constantemente “una contradicción” cuyo misterio radica en “la necesidad de perderse y volver a encontrarse”. Por ello, los fundamentos teatrales clásicos se malinterpretan en cantidad de ocasiones y se pervierten. “En Italia, en la mayor parte de teatros, asistimos, antes y después de las funciones, a un juego circense de enanos y bailarinas, la basura y los residuos de la televisión, la vergüenza, lo peor de lo peor”, advierte. Es por eso que cada día ha de recordarse  que “el arte escénico debe transportarnos a un lugar cada vez más raro, secreto, íntimo, y a su vez universal”.

La inmortalidad del actor

De igual forma cree que en la actualidad la figura del actor ha sido profundamente humillada: “es un funambulista, un equilibrista, un bufón, un hombre de éxito que bebe un Martini detrás de otro mientras espera que lo llamen para hacer una película”. Y con absoluta veneración cita a su admirado Jouvet; del que piensa que es “una de las figuras más nobles del teatro francés del siglo XX -gran intérprete de Mollière-, además de un actor de gran popularidad cinematográfica”; para expresar que “la idea primigenia del oficio se basa en ponerse al servicio de los valores de los textos”. El mismo Jouvet citaba que “el actor es aquel que llega a entregar un mensaje a pesar suyo” y no alguien que se limita a “copiar la realidad de los personajes para contarse a sí mismo”. Servillo -durante el apasionado encuentro con la prensa- quiso defender esta teoría y puntualizar que “los actores no deben utilizar el escenario para manifestar su talento. Hay muchos actores que se despiden con dificultad del escenario por un deseo de inmortalidad, pero una inmortalidad vinculada a la práctica de este deseo cotidiano. La conciencia del verdadero actor consiste en sentirse hombre cada día”. De ahí que la representación teatral, según Servillo, deba despojarse de todo “narcisismo”, por eso invita a desconfiar de aquellos actores que “imponen su razón al público” ya que el teatro “se debe razonar a través de la mente de cada uno”. Y lanza al aire una pregunta, “¿cuántos actores famosos son pésimos actores?”.

En la misma medida ocurre con los jóvenes actores que, “envueltos en la desorientación” dicen: “haré un poco de teatro, cine, tele…”. Y una gran parte de culpa de que eso ocurra proviene de que “la gente está acostumbrada a actores que tienen éxito con un papel en el cine y luego repiten esos estereotipos”. “Yo hice mi primera película importante con cuarenta años, y ahora con sesenta llevo ya veintiuna. Pensé que mi trabajo estaba en el teatro, no porque sea más importante que el cine, eso es una tontería, pero siempre he admirado a los actores capaces de hacer una cosa y otra”, explica. Según él, el elogio profesional más grande que jamás le han hecho fue cuando un periodista le preguntó si Jep Gambardella (personaje que protagonizó en La Gran Belleza -Paolo Sorrentino, 2013- y que más éxito y premios le ha reportado) “también era capaz de hacer teatro”. Lo que también tiene claro es que siempre, y en cualquier disciplina, defenderá el hecho de enfrentarse a este oficio “de una forma poética y noble para sentir como actor lo que sienten los demás”.

Nápoles, un escenario al aire libre

Su visita a la capital de España la afronta como un peregrino en búsqueda de lugares sagrados. ”Me tomo una cerveza en la Plaza Santa Ana, y veo esculpido los nombres de Lope de Vega, Lorca, Tirso de Molina… Aunque lamento que no estén esculpidos en el corazón del público”, declara. Y cita a los espectadores al Pavón Kamikaze con el fin de que puedan encontrar una prueba empírica de sus conocimientos. Reflexiones que fueron conformándose en el deambular de sus comienzos en Nápoles, ciudad a la que define como “un escenario gigante, una especie de Comedie Française al aire libre, donde sus habitantes tienen un sentido admirable de la ironía sobre su propia existencia, capaces de tomar distancia suficiente de un suceso. Tal vez en eso consista la paradoja del actor”, concluye.

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