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El Real Madrid, más allá de los goles y los gritos

Hay dos maneras de interpretar el fútbol: ganará quien más goles convierta o aquel que menos goles reciba. Esta es la razón por la que, sin importar el ojo con que se mire este juego, se hace referencia a los goles: a quien los convierte, a quien los falla y a quien los evita. No se repara en cómo se construye una jugada de peligro porque el éxtasis llega una vez que el balón cruza la raya del gol.

En estos tiempos de comida rápida, los procesos de construcción son despreciados, no ya por el público, sino por quienes viven de este juego. Se asume como cierto aquello de que el gol se compra, sin importarles que bajo ese prisma, desprecian al juego que tanto les ha dado. Esto que aquí se denuncia ha ganado más popularidad tras un mundial en el que, siempre según la inmediatez y la banalidad, Francia salió campeón por despreciar la posesión del balón.

Por ello, esta reflexión es tremendamente oportuna en tiempos en los que el Madrid busca la salida a una crisis pocas veces vista, sobre todo porque, en momentos en los que la histeria y las urgencias dominan la escena y se confeccionan trajes de héroes y de villanos en cuestión de segundos, es indispensable encontrar el sosiego que conduzca a las respuestas.

Luego de vencer al Melilla y al Valladolid, el siempre agitado entorno merengue ha pasado del nerviosismo a la calma. Poco importa que Santiago Solari apenas lleve una semana al mando del conjunto blanco o que Vinicius Jr. siga siendo un crío. La victoria cotiza al alza y se presenta como el único antídoto capaz de poner fin a las dinámicas negativas.

Sin embargo, esto no es como coser y cantar. El fútbol es un deporte al que hay que jugarlo de manera sencilla, pero ello no convierte sus procesos en algo simple. Quien revise con atención la derrota del Madrid ante el Levante, y compare aquel rendimiento con el observado en la victoria ante el Valladolid, se topará con un sin fin de puntos en común que hermanan a ambas presentaciones. Incluso, en la derrota frente al equipo valenciano, los por entonces dirigidos por Julen Lopetegui, consiguieron 12 remates al arco, por apenas 7 frente a los pucelanos.

Esto, que pasaría como una de las tantas estadística con las que se bombardea al público, es más bien una importante pieza para resolver el rompecabezas merengue.

Los problemas del equipo de Concha Espina no residen en la falta de efectividad de sus rematadores. Es cierto que la imagen final de cada avance deja esa sensación, no obstante, lo suyo es más profundo, y tiene que ver con lo que se conoce como la resolución de ataques posicionales.

El Real Madrid es un conjunto acostumbrado a protagonizar los partidos. Por ello, dispone del balón mucho más que su adversario, el cual, ante ese dominio blanco, se ve obligado a replegarse y defender cerca de su área. Los blancos, al posicionarse en esa zona cercana al arco rival, se pasan la pelota de un lado al otro con la intención de encontrar un espacio libre que marque el camino hacia el gol. Pero para que esto sea posible, es decir, para que “aparezcan” esos pasillos, es imprescindible que además de “mover al contrario” mediante la circulación del balón, los futbolistas que están más adelantados se activen, ya que son ellos, por medio de su dinámica, quienes generarán ese caos en las defensa opositora.

Aquí es donde se aprecia aquello de que los procesos en el fútbol son sencillos pero no simples. Todo esto, que se presenta sencillo de comprender, requiere de mucho entrenamiento y comprensión. De nada sirve que se repitan acciones en las horas de preparación si el futbolista no siente como propias las razones por las que se promueven determinadas conductas.

Todo esto requiere tiempo. Tiempo para entrenar, tiempo para asimilar, y, como si fuera poco, tiempo para corregir y fomentar las respuestas que requiere cada situación. Tiempo, eso que en la época de la eyaculación precoz y los liderazgos de barro no abunda. Tiempo, para conocer si Solari es el antídoto al mal juego la crisis merengue, y para descubrir qué será del jovencísimo Vinicius Jr.

Tiempo, el principal enemigo de la histeria y de las urgencias.

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