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Enrique Segovia, director de Conservación de WWF en el I Congreso Internacional de Sostenibilidad y Medio Ambiente

Director de Conservación de WWF: “Mirar para otro lado no vale”

Cuando líderes negacionistas deciden desmarcarse del Acuerdo de París, la preocupación por la preservación del planeta y su biodiversidad alcanza su punto más álgido. Desde WWF consideran que la década 2020–2030 es clave.

Hay soluciones para lograr mitigar y reducir el impacto ambiental. Así lo asegura Enrique Segovia, director de Conservación de WWF, quien propone un pacto entre la naturaleza y las personas, y que los gobiernos y empresas actúen con mayor compromiso medioambiental.

Sistema de producción de pequeña escala

Transformar los patrones de producción y consumo es fundamental para avanzar en sostenibilidad y protección de la naturaleza, pero los gobiernos aún no son conscientes de la necesidad de asumir mayores compromisos. ¿Qué hace falta para que comprendan el vínculo existente entre sistemas de producción alimentarios, modelos de consumo, biodiversidad y clima?

Ahora mismo hay suficiente formación para demostrar esa relación. De hecho, el último informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de agosto hablaba de esto y señaló exactamente esa relación que había. La ciencia alerta que es absolutamente necesario cambiar nuestro modelo de producción y consumo de alimentos.

Tenemos una producción de alimentos excesiva para la población existente, con 30%menos de desperdicio de alimentos. En los últimos informes, Unicef, por ejemplo, habla de 700 millones de personas desnutridas y más de 2.000 millones con sobrepeso.

Entonces, creo que esa relación ya existe. Se necesita voluntad política y no pensar ni dejarse influir tanto por los importantes lobbies políticos de la industria alimentaria.

¿Qué peso tiene el sector privado y la empresa en este empeño?

Tiene un peso muy importante. En España 11% del Producto Interior Bruto (PIB) se debe a la industria agroalimentaria, ya que tiene un empleo directo importante. Es un empleo muy bien localizado, muy descentralizado. Pero asistimos a una intensificación del sistema de producción. Entonces, las empresas aquí son absolutamente claves y cruciales para cambiar este modelo. Hay que apostar por otros más descentralizados, es decir, en aquellos más de pequeña escala o extensivos de comercio cercano, que en grandes macrogranjas de cerdos y de pollos o una industria de regadío que esquilma completamente los recursos hídricos de nuestro país.

Es posible que el trabajo necesario sobrepase con creces la capacidad de las organizaciones ecologistas. ¿De qué manera se pueden impulsar las alianzas multilaterales que desarrollen un esfuerzo común?

WWF trabaja mucho con distintos sectores ahora mismo. Trabajamos con las cofradías de pescadores y ahí ya tenemos una alianza clara con el sector pesquero. También con productores de extensivo, es decir, ganadería extensiva, con el objetivo de promover una estrategia de ganadería extensiva. Así como con todo el sector de la Dehesa para promover la regeneración y la buena gestión de la Dehesa.

Los grupos ecologistas tenemos una capacidad muy clara de trabajar con los sectores productivos primarios para avanzar en esa línea y, además, trabajamos con los retailers, los supermercados, como el Corte Inglés, Eroski. Les animamos para avanzar en la oferta de productos bien etiquetados y de cercanía con un precio justo, pagando correctamente a los agricultores, etcétera.

Negacionistas de capa caída

¿Cómo es ese trabajo común con los agricultores para llevar a cabo esa ganadería extensiva?

Con los pescadores tenemos un punto en común muy importante desde hace ya mucho tiempo y es que haya peces en el mar.

Con el sector agrícola trabajamos en mejorar las prácticas ambientales, en promover esa ganadería extensiva que está en riesgo. Tenemos que hacer este trabajo conjunto, es decir, sentarnos, empezar a hablar y a buscar los puntos en común. A partir de ahí avanzar a través de proyectos y de iniciativas de acción política. Hay una red rural nacional de la que formamos parte, en la que nos estamos sentando con distintos sectores para acordar posturas políticas comunes.

Los negacionistas se ponen fácilmente en evidencia, pero cuentan con lobbies poderosos. ¿Tienen más capacidad de movilización que los que los denuncian?

Los negacionistas ya están de capa caída. A raíz del Acuerdo de París, sobre todo, quedó claro que los combustibles fósiles hay que dejarlos en el terreno y ya queda claro que hay todo un movimiento en favor de las energías renovables, la reducción en el consumo de energía etc., y sigue habiendo gente que todavía da algunos coletazos, como pueden ser el presidente de Brasil o el presidente de Estados Unidos. Sin embargo, el mundo ya avanza en otra dirección y lo que falta es un impulso mayor, una velocidad superior.

Los recursos se agotan. ¿Miran hacia otro lado las empresas cuando se les señala el origen de las materias primas?

Hay algunas empresas que miran hacia otro lado, pero, a su vez, son conscientes de que los recursos se agotan y de que ellos con el tema de los recursos van a tener tres riesgos muy importantes. Van a tener un riesgo reputacional y un riesgo financiero. El mundo financiero está cambiando rápidamente hacia la sostenibilidad. Y creo que ya asistimos a desinversiones, por ejemplo, de los combustibles fósiles para avanzar en inversiones en energías renovables. Ese riesgo también está ahí, pero hay un tercer riesgo del que se habla poco y es el riesgo de suministro y ese sí que daña directamente el corazón de la empresa.

En el momento en que la empresa tiene problemas de suministro para hacer su actividad económica, empieza a correr de verdad serio peligro, con lo cual ahora ya no puede empezar a mirar hacia otro lado. No le queda más remedio que hacerse cargo de ello, porque si no acaba teniendo un problema, y lo estamos viendo todos los días: hay empresas de bebidas con problemas de agua, empresas de telefonía con problemas de minerales raros y llegará un momento en que si quieren mantener su negocio tienen que preocuparse muy claramente de la reutilización de esos recursos naturales escasos.

Recursos muy escasos

¿Y de qué manera puede contribuir el consumidor cuando compra?

Comprando menos directamente. Hay que reducir el consumo y luego elegir aquellos productos que tengan una garantía clara de sostenibilidad. Pero el consumidor es un elemento clave y fundamental en todo esto; desde sus elecciones de consumo y de no consumo lanza claramente su mensaje.

Muchas de las organizaciones que se comprometieron a la deforestación cero en su producción se conforman ahora con un certificado que acaba siendo papel mojado. ¿Ante esta situación qué resulta prioritario?

El tema de la deforestación está ahora mismo en pleno apogeo a raíz de lo que está pasando en Brasil, en Bolivia, en Paraguay, sin olvidar lo que sucede en Malasia y en la cuenca del Congo. Los recursos son muy escasos. Este modelo de mirar para otro lado ya no vale. Hay empresas que avanzan porque tienen un riesgo de suministro y hay empresas que si no les obligan se van a dejar llevar.

La estrategia de la Unión Europea de poner en marcha el European Green Deal y claramente eliminar la deforestación de los productos que se consumen en Europa es fundamental y habrá que regular  Habrá que poner una normativa que lo prohíba, así como unos controles exhaustivos. El momento es ahora porque no queda otra.

A corto plazo, un millón de especies está en peligro de extinción, el 77% de la superficie terrestre y el 66% de los océanos reflejan graves alteraciones. A este paso no se cumpliría ni 80% de los objetivos de la Agenda 2030. ¿Aún estamos a tiempo de cumplirlos? 

Desde WWF consideramos que hay una década de 2020 a 2030 que es clave para esto y pedimos un pacto entre la naturaleza y las personas que lanzamos en la última reunión de Naciones Unidas, y este pacto entre la naturaleza y las personas se basa en tres grandes ejes: cero extinciones de especies, es decir, no perder ni una especie más con toda una serie de medidas. Cero pérdida de hábitat y esto significa que hay que tener 50% del territorio protegido y restaurado y el otro 50% en vías de una correcta gestión y reducir a la mitad nuestra huella ecológica, reducir a la mitad las emisiones, reducir a la mitad la utilización de pesticidas y de fertilizantes, reducir a la mitad el consumo de alimentos en los próximos diez años, por lo menos, de la producción y el consumo de alimentos intensivos en los próximos diez años. Tenemos una década. Podemos hacerlo. Los mercados están llenos de recursos financieros y económicos que no se utilizan. Nos falta la voluntad política y tenemos diez años para hacerlo. Estamos a tiempo.

Repensar muy bien los modelos

La mitad de la población vive en áreas urbanas y la progresión para las próximas décadas asusta. En las ciudades, los hábitos cotidianos no son en absoluto sostenibles. ¿Cómo se puede modificar esta situación?

Hay que repensar la estructuración de las propias ciudades. Las ciudades tienen que ser sumideros de recursos, las ciudades no producen nada. Todo lo traen de fuera y ese concepto hay que cambiarlo. La ciudad puede producir alimentos, desde luego, puede producir energía y debe producir energía y tiene que abrirse al exterior. Las ciudades tienen que tener contacto con el entorno natural, es decir, entender el entorno natural del que provienen respetarlo y cuidarlo. La ciudadanía tiene que entender de dónde viene el agua, los alimentos, la energía, etc., que consume. Hay que repensar muy bien los modelos de desplazamiento y los modelos de producción y consumo de energía. Ahí hay un gran reto y esos cambios son importantes.

¿Hasta qué punto la producción de alimentos es una amenaza similar a la del cambio climático?

En WWF decimos que los grandes retos a los que se enfrenta la humanidad son el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Los dos grandes retos son lo mismo, son las dos caras de la misma moneda. Y decimos que detrás de esos dos grandes impactos hay dos grandes causas que mueven todo esto y son: la producción y consumo de energía y la producción y consumo de alimentos que está generando, ahora mismo, el cambio climático. También están provocando la pérdida de biodiversidad. Es cierto que en la producción y el consumo de energía ya hay hasta una hoja de ruta clara de por dónde avanzar y qué hacer: hay que reducir el consumo de energía y la energía que se consuma producirla de una manera limpia. Con el sistema alimentario, exactamente lo mismo, es decir, reducir el consumo y producción de alimentos, de una manera sana para el planeta y para las personas.

La inversión socialmente responsable parece que sacude al poder económico y financiero. ¿Va en serio o es un lavado de cara? ¿Dónde acaba el marketing y dónde empieza el compromiso real?

Estamos en un momento en el que ya tenemos que pasar del lavado de imagen a actuar cambios. Si las empresas quieren seguir manteniendo su actividad y su beneficio económico tienen que cambiar el modelo.

La agenda 2030 tiene algo no escrito y es que ahora mismo es lícito ganar dinero, si estás generando un impacto social y un impacto ambiental. Entonces, eso quiere decir que las empresas tienen que plantearse los problemas que tienen y asumirlos e ir hacia un cero impacto social y ambiental incluso a impacto positivo, no negativo, es decir, beneficiar a la comunidad si quieres mantener tu actividad a lo largo del tiempo. Hay empresas que avanzan en esa dirección.

Hay que ir más lejos

¿Por qué los Objetivos de Desarrollo Sostenible no se contemplan en el Producto Interior Bruto de las naciones?

El PIB tiene demasiado peso en las decisiones políticas y en las decisiones económicas, y tenemos que ir más allá. Hay países que están avanzando mucho. Nueva Zelanda es un buen ejemplo, está avanzando en promover un sistema de medir el desarrollo y de tomar decisiones políticas que tengan en cuenta aspectos no solamente económicos, sino también sociales y ambientales. La Unión Europea está empezando a avanzar y parece ser que quiere con el semestre europeo (unos indicadores que miden cómo los países van cumpliendo con los objetivos propuestos) incorporar elementos de la Agenda 2030, más allá de los aspectos meramente económicos. En este sentido, la Agenda 2030 lo que dice es que tenemos que ir más lejos. Hay reticencia, pero el camino está abierto y aunque todavía hay algunos obstáculos, el momento es oportuno para empezar a pensar en esto.

La Ley de Cambio Climático y Transición Energética, el Plan de Energía y Clima de la Unión Europea y la Estrategia de Transición Energética son herramientas idóneas para el cambio. Sabemos cuáles son nuestras prioridades, pero ¿conocemos dónde se ubican las resistencias?

Sí, claro que conocemos perfectamente dónde se ubica la resistencia. Había una resistencia muy clara en el sector eléctrico, sobre todo con el carbón que se ha difuminado. En los últimos dos meses, Endesa e Iberdrola han empezado a cerrar las centrales de carbón y creo que la mayor reticencia que hay ahora mismo se encuentra en el sector del petróleo, en el sector del gas y en el sector del automóvil. Asistimos a una lucha sin cuartel entre empresas por dos modelos de movilidad: el modelo de movilidad eléctrico y el modelo de movilidad gasístico.

Creo que el gasístico tiene, claramente, los días contados, pero es como un estertor que estaba en la industria del petróleo para seguir manteniéndose ahí. Las industrias petroleras son esas que tienen que cambiar, claramente, su enfoque y su actividad, si quieren seguir siendo empresas importantes en los próximos años.

Invertir en eólica y solar

¿Cuál sería una medida que podrían tomar las grandes petroleras para la transición?

Para empezar, no hacer más prospecciones de petróleo y no ir a buscar nuevos recursos. Los recursos que quedan de petróleo hay que dejarlos en el suelo. Luego, ellas mismas promover modelos sostenibles de transporte basados en otro tipo de energías.

Empezar a desinvertir y a cambiar su actividad petrolera a una actividad de servicios energéticos basados en energías renovables. En lugar de invertir en buscar petróleo, invertir en energía eólica y solar, por ejemplo.

¿Tanto cuesta convencer a los bancos y a los fondos de inversión de esta nueva realidad de la necesidad de la transición ecológica?

Los bancos y los fondos de inversión están en el camino del cambio. WWF hace dos semanas realizaba un taller con el Banco de España para las entidades financieras, sobre desinversiones y sobre cómo incorporar en la cartera de inversiones los riesgos asociados al cambio climático y están dándose cuenta de que no les queda otra. Las aseguradoras son las primeras que están sufriendo muchísimo los impactos del cambio climático por las amortizaciones que tienen que hacer, por las pólizas que tienen que suscribir y los pagos que deben realizar por el impacto de las sequías o las inundaciones.

Pero es un sector que está, justo ahora, en plena transformación. Aquí también se da un discurso de decir si estamos avanzando en esto, pero por otro lado estoy apoyando a las petroleras en nuevas prospecciones de petróleo, o sea que todavía estamos un poco en esa dicotomía. Pero yo creo que estamos asistiendo al cambio de bancos y el sector financiero hacia modelos más sostenibles en los próximos dos o tres años.

Dice la industria de la automoción que tiene la tecnología necesaria para una movilidad de cero emisiones, pero que el problema está en el tiempo que precisan para adaptarse a esta nueva realidad. Más de lo mismo, ¿se trata de un lavado de cara?

Ahora mismo todos tienen marcas en vehículos eléctricos, 100% eléctricos o vehículos híbridos. ¿Dónde está el problema? Se trata de un problema de tiempo. Si por ley, que está escrito en el plan de clima de energía, obligas, por ejemplo, a que todas las gasolineras tengan que tener sus dispositivos de carga de vehículos eléctricos, en dos años ha cambiado el modelo de transporte. En dos o tres años, cinco años como mucho, puede cambiar completamente el sistema. Lo hemos visto en Madrid Central donde se ha puesto una medida y de repente aparecen coches eléctricos e híbridos por todas partes en la ciudad.

Un modelo que lleva a la extenuación

¿Qué está pasando en los mares y océanos cuando escupen peces muertos atrapados en plástico? ¿Es un reflejo de un consumismo de usar y tirar?

Claramente. El mar nos devuelve todo lo que le hemos echado. Creíamos que el mar lo podía ocultar todo y en cincuenta años hemos sido capaces de llenar el mar, con toda su inmensidad, de plásticos. El mar devuelve lo que se le eche en forma de residuos, en forma de plásticos, en forma de impactos y es el fracaso de un modelo de producción y consumo que, claramente, está llevando a la extenuación al ecosistema marino y al planeta.

Hay gente que no sabe aún cómo le afecta el cambio climático a su vida, y el mar devolviéndonos los plásticos nos saca nuestras vergüenzas a la cara como sociedad y, en ese sentido, la respuesta de la sociedad está siendo rápida, también es verdad. Ahora mismo hay normativa nacional y normativa internacional. Hay tecnología, hay cambios en las pautas de los consumidores, es decir, todo lo que se tiene que dar para cambiar el modelo de los plásticos se está produciendo en dos o tres años, con lo cual hay tiempo.

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Sobre Juan Emilio Ballesteros

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Español. Licenciado en Ciencias de la Información, Universidad de Navarra y Periodismo, Universidad Complutense de Madrid. Subdirector y secretario del Consejo Editorial, responsable de cierre y publicaciones (versiones digitales e impresas de Cambio16 y Energía16, y de la revista Cambio Financiero). Con amplia experiencia en el periodismo de investigación. Fundador y director del Diario de Andalucía y director de Cuadernos para el Diálogo (segunda época). Autor del libro El sindicato clandestino de la Guardia Civil, Serie Reporter, Ediciones B, Grupo Z. Membresía: Asociación de Revistas ARI, Colegio Profesional de Periodistas de Andalucía, Asociación de la Prensa de Sevilla (APS) y Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE).

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