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El maravilloso mundo de Bertín

Captura de pantalla 2015-10-16 a la(s) 11.06.09MIS TERRORES FAVORITOS
Por Javier Sanz
22/10/2015

La actualidad televisiva vista con el ojo vago de Leticia Sabater y comentada con la acidez propia de los estómagos de Falete y Kiko Rivera después de un atracón en la semana fantástica king-size de McDonald’s.

¿Recuerdan cuando Bertín Osborne cantaba bien y hacía gracia? Pues yo tampoco. Pero ahí le tienen. No es cantante pero graba discos, no es actor pero hace teatro, no es presentador pero trabaja en televisión. Lo preocupante es que lo hace en la pública y eso que a algunos nos parece que ejerce con la misma soltura que la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y Miquel Iceta preparando una coreografía de 20-D, el musical.

Bertín es el prototipo de hombre desactualizado y no solo porque sigue contando los mismos chistes de gangosos y mariquitas que contaba su amigo Arévalo en Cleofás -allá por el Madrid de la movida alternativa– sino porque está encorsetado en ese mundo de señorito andaluz y de Don Juan trasnochado, en plan Máximo Valverde pero con más parné y mucho pedigrí.

Osborne es a la música lo que Carmen de Mairena a la poesía; a la interpretación lo que Mario Vaquerizo a la alta cocina y al periodismo lo que Mariló Montero a la inteligencia “sexual”… bueno, más bien a la inteligencia a secas.

A finales de los ochenta triunfaba con éxitos de karaoke tipo Buenas noches señora, recuerdos a su señor. Era la época en la que si no habías pasado por su cama no eras nadie o no aspirabas a convertirte en la decenas de millar del Telecupón. Él se definía como “gran aficionado” a las mujeres -igual que al fútbol y a los toros, vamos- y esta expresión entusiasmó a feministas como Lidia Falcón. Se paseaba por la España de las galas del estilo Murcia ¡qué hermosa eres! en plan “tronchamozas” (maravilloso término recogido por María Irazusta en su libro Eso lo será tu madre).

En televisión el éxito le llegaba de la mano de uno de los grandes formatos de “la cadena amiga”: Contacto con tacto, donde hacía de las suyas tirado en un sofá y más abierto de piernas –Manspreading extremo- que una compañera de reparto de Nacho Vidal.

En Norberto todo suena tan antiguo como lo de “ser un caballero y vestirse por los pies”. Y es que él no es de soluciones habitacionales, es de fincas y cortijos; no es de nómina, es más de sociedades; no es de utilitarios contaminantes, es de caballos pura raza; y no es de nevera, hamaca y sombrilla, es de yates con muchos metros de eslora.

Carmen Martínez Bordiú
Casa de Carmen Martínez Bordiú

Así es su vida y esos Mundos de Yupi son los que saboreamos a través de En la tuya o en la mía (en La 1 de tve): la España más rancia en el escaparate. Toreros, nietas de dictadores, hijas de folclóricas, presentadoras tróspidas… una sociedad que no existe, que no es real, que adorna todo con un falso papel celofán que da mucho brilli-brilli a la realidad y que sobre todo la enmascara y la aleja de ese otro país al que podemos asomarnos leyendo el último informe de la Red Europea de la lucha contra la pobreza y la exclusión social (EAPN) o los 4.850.800 desempleados, según la Encuesta de Población Activa (EPA) del tercer trimestre.

Una cosa sí que es cierta: Bertín ha hecho por el populismo y desde la derecha mucho más que Pablo Iglesias y Albert Rivera juntitos en Salvados, en el asiento trasero de un coche y en modo Los guiñoles del Plus. Él sabe camerlarse al personal como nadie. A los yernos se los gana con unos chatos y unas tapitas de jamón Navidul, entre chistes verdes y anécdotas. A las suegras las conquista con flores, bombones Mon Chéri y piropos varios. Ellas se lo perdonan todo porque piensan -como la Carmen Sotillo de Miguel Delibes en Cinco horas con Mario– eso de: “Qué le vamos a hacer, los hombres ya se sabe”.

Pablo Iglesias y Albert Rivera, en 'Salvados'
Pablo Iglesias y Albert Rivera, en ‘Salvados’

Al jerezano el trabajo no le quita el sueño. Sabe que patina pero, como se lo consienten, suma y sigue. Alguien le dijo una vez que ir por libre, sin estudiarse los guiones, le daba encanto y naturalidad (¿?). Hasta cuentan que algún director de programa acabó más de los nervios que Risto Mejide en un concierto de Los Gemeliers. La desaparecida librepesandora Carmen Ordóñez resumió muy bien esa filosofía en Tómbola, ese gran oráculo reservado sólo a los elegidos: “A mí, plin… yo soy Ordóñez Dominguín”.

A pesar de todo lo dicho, las audiencias de las conversaciones del andaluz con sus selectos invitados son tan buenas que no descarto una segunda temporada en la que me gustaría ver a Esperanza Aguirre, Jose Luis Moreno, Jaime de Marichalar o el viudo de la Duquesa de Alba. Pero si me pongo en plan Belén Esteban yo por lo que MA-TO es por llegar a descubrir como es el pisito de Rouco Varela junto al Palacio Real de Madrid. Pero, para esta ocasión, propondría un cambio de título al programa: Vidas ejemplares.

El filósofo y poeta alemán Friedrich Von Schelege decía: “Lo que llamamos buena sociedad no es, en su mayor parte, más que un mosaico de caricaturas refinadas”… pero a mí me parece que, muchas veces, ni tan siquiera refinadas.

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