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El perro

BelmonteCaptura de pantalla 2016-05-09 a la(s) 17.58.12Texto Juan Aparicio Belmonte / Ilustración Nicolás Aznárez
04/05/2016

Cambio16 publica cada mes un relato para cerrar la edición de papel. Esta historia la firma Juan Aparicio Belmonte, escritor.  Su última novela: ‘Ante todo criminal’ (Siruela, 2015).

Se escondió detrás de aquel perro que ladraba atado a una estaca de hierro oxidado y contempló cómo el ciego al que había robado el maletín se alejaba. Pero, antes, el ciego le dejó una amenaza:

—Volveré. No has robado cualquier cosa.

Era la primera vez que robaba a un ciego y se sentía mal. Su abuelo había sido ciego, su padre también lo era. Y todo indicaba que él lo sería si no se operaba de cataratas pronto. Pero quién iba a operar de cataratas a un quinqui. Eso le decía su padre y eso repetía él a su chica cuando ella le pedía que buscara un oculista con urgencia. El perro dejó de ladrar cuando el ciego se hubo marchado.

Había algo que hermanaba a los perros y a los quinquis, un estigma de persecución secular. Sintió una gratitud enorme hacia aquel bicho feo, de piel desharrapada, que lo había defendido con sus feroces ladridos de la ira del ciego. Sacó de su bocadillo las lonchas de mortadela y se las dio de comer al animal, que casi le mordió la mano en su tarea.

—Eso es, muerde la mano de quien te da de comer. No seas manso.

La lengua del perro rasgó la palma de su mano con gratitud y glotonería. Le dio también el pan.

¿Qué hacía allí aquel chucho? ¿A quién pertenecía? ¿Pretendía su dueño deshacerse de él dejándolo morir de hambre atado a una estaca?

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Tuvo con él una percepción de afecto extremo, afecto correspondido, un conocimiento del amor tan intenso y cómico —rió de felicidad— que no quería irse de allí, aunque sabía que se jugaba la vida. El ciego se había alejado en busca de ayuda y era seguro que los suyos batirían la zona cuando el hombre lograra explicarles dónde y cómo le habían birlado el maletín que llevaba mal encadenado a la muñeca. Mientras el perro le lamía las manos y el rostro se preguntó qué contenía ese maletín para que el ciego hubiera peleado de forma tan desesperada por él y supuso que una cantidad de dinero muy superior a la que él cobraría por entregarlo. Tal vez le pagarían el encargo con una parte nimia y ridícula de su contenido, una cantidad que sí paliaría el dolor del rostro magullado por los arañazos, pero no el dolor moral de la culpa. ¡Robar a un ciego! ¡Jamás habría pensado que se sentiría tan mal! No por la indefensión del ciego, sino por el cariño que tenía a los ciegos en general, en quienes veía a su abuelo, a su padre y a sí mismo. Todos los ciegos eran quinquis, para él.

El hocico del chucho era una esponja húmeda y cálida en sus mejillas y sus párpados, una caricia amorosa sin parangón. Podía ser, aquella sensación de calidez y entrega, producto del remansamiento del viaje adrenalínico, pero no, estaba convencido de que el perro lo comprendía, estaba de acuerdo con él y, gracias a ello, el mundo parecía bien hecho.

Detrás del descampado, los edificios asomaban entre la niebla, como surgidos de un pantano vaporoso, y aparecieron también, como figuras de juguete primero, fantasmales después, varios individuos que descendían de unos enormes coches negros. Las figuras de los matones temblaban. Parecían luchar contra la niebla a medida que se acercaban al chico, como sí ésta les persiguiera o los llevara en volandas. Las figuras se agrandaban, tomaban la consistencia individual de unos rostros reconocibles y crispados, y los gritos se hacían niebla al salir de las gargantas. El chico tomó el maletín y echó a correr por el desmonte, en dirección contraria a la bruma. El perro empezó a ladrar por encima de su propio aliento. El chico se detuvo y lo miró. Parecía, otra vez, húerfano y decepcionado, su ladrido era una petición de auxilio, un lamento. No podía dejarlo allí, en manos de aquellos tipos. Regresó y trató de liberarlo de su cadena, pero era imposible, todos los intentos resultaban infructuosos, los tirones desesperados a medida que los perseguidores se acercaban. Cuando los matones lo alcanzaron, el perro ni siquiera ladró. Se dejó acariciar por la mano grande y amable de uno de ellos.

Y el chico sintió una decepción amorosa antes de perder la conciencia con el cuarto golpe.

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