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Intervenir en la vida del mundo para cambiarlo

por Cristina del Valle

El escritor y sociólogo Manuel Domínguez Moreno escribía en el año 2005: “Todo mi desprecio a los oportunistas políticos que predican ideologías ofreciendo falsas esperanzas y espejismos libertarios, engañando y mintiendo mientras cobran por ello. Todo mi desprecio a los embaucadores que se disfrazan de emprendedores. Todo mi desprecio al actual progreso basado en el abuso y la desigualdad. Todo mi desprecio a los bancos que sin ninguna vergüenza anuncian en sus escaparates en pantallas gigantes subastas de pisos robados a gentes en paro” (La revolución de las conciencias, Editorial Cambio). ¡Cuánta verdad en tan pocas palabras y qué poco o nada ha cambiado el sistema!

Por el derecho a intervenir en la vida del mundo para cambiarlo muchas mujeres se dejaron la suya o asumieron compromisos con costes muy altos. Rachel Corri, activista americana, defendió pacíficamente el derecho de las familias palestinas a vivir en su tierra. Lo hizo con su cuerpo, intentando detener un bulldozer israelí cuyo avance quebró hasta la muerte el fino talle de Rachel. Días antes, con el alma embargada de rabia y tristeza, había escrito a sus padres: “Quiero amar, quiero cantar, quiero escribir poesía, quiero ser feliz, pero sobre todo quiero que esto termine. Tiene que ser una prioridad para el mundo acabar con esta ocupación de Palestina… Tenemos que hacer posible otro mundo”.

Petra Kelly, feminista y pacifista, afirmaba también su desprecio absoluto por los pachás académicos como Marx o Engels, entre otros, que mientras teorizaban sobre las clases sociales y el capital discriminaban y maltrataban a sus parejas. Kelly decía que la política tiene que hacerse desde el corazón y exige tanto la ternura como la subversión, pero sobre todo la coherencia absoluta entre las ideas y los hechos.

Hace algún tiempo miles de mujeres mexicanas, trabajadoras y sindicalistas, amas de casa y defensoras de derechos humanos asaltaron las calles de sus ciudades bajo el lema “La marcha de las putas”, utilizando el estigma de “puta” como un desafío para gritar basta ya a la violencia contra las mujeres, basta ya a la impunidad de los agresores y sus cómplices.

La Europa de 2015 se blinda con fronteras que cierran el paso e impiden los sueños y los derechos de miles de seres humanos que persiguen un futuro de dignidad. Sin embargo, esas mismas fronteras se abren para el tráfico de armas y de seres humanos, mayoritariamente mujeres y niñas.

En España, mujeres y hombres de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, unidos por el lema “Juntos podemos”, llevan tiempo parando decenas de desahucios y poniendo en evidencia un sistema corrupto y deshumanizado, explicando que los desahucios atentan contra los derechos humanos y contra el derecho fundamental a una vivienda digna.

Acabar con las conductas abusivas y delictivas de los bancos e implantar la denominada tasa Tobin como impuesto sobre el flujo de capitales contribuiría, sin duda, a definir los principios que podrían sostener el fin del sistema. Se trata de medidas contra la especulación financiera con cuya aportación se podría combatir eficazmente la pobreza en el mundo. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) explica que con el 10% de la suma recaudada sería posible prestar atención sanitaria y proporcionar agua potable a tod@s l@s habitantes del planeta.

Ojalá que llueva café, como canta el dominicano Juan Luis Guerra. Yo pido además que llueva ilusión, amor y esperanza para que se acaben estos malos tiempos para la lírica. Ojalá este sistema enfermo se haga añicos y construyamos una nueva “revolución de las conciencias” y tod@s ejerzamos el legítimo derecho no sólo a intervenir en nuestras vidas, sino en la vida del mundo para cambiarlo.

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