Caracas se llenó de manifestantes en apoyo a un cambio en el país.

La esperanza, un motor de cambio que regresó a Venezuela

Caracas respiró aires de alegría y esperanza. El 2 de febrero nadie pudo predecir la multitudinaria manifestación que se llevó a cabo en la capital venezolana, en lo que fue la primera protesta opositora sin represión desde hace varios años.

En Venezuela el 23 de enero, día en que Juan Guaidó se proclamó presidente “interino” de la República, quedó lejos. El devenir de los acontecimientos ha hecho que cada día el país esté lleno de noticias, afirmaciones, declaraciones, rumores… Sin embargo, hay algo que perdura desde esa fecha: La esperanza.

Esperanza ciudadana

El chavismo desde que se consolidó en el poder, por aquellos tiempos cuando Hugo Chávez vivía y gobernaba, se adjudicaba a sí mismo la alegría y la felicidad del ‘pueblo’. Numerosas matrices mediáticas, periodistas chavistas y medios de comunicación del Estado (el chavismo borró la línea de Estado y Gobierno, los medios estatales sirven al chavismo) afirmaron por años que las marchas chavistas eran de alegría, cánticos y esperanza.

Eso ya cambió. La esperanza se mudó de acera y la alegría cambió de bando. Las manifestaciones opositoras (ahora del Gobierno encargado) son una ebullición de banderas tricolor. Jóvenes, niños, padres, madres, abuelas… Familas enteras caminaron hasta el lugar de encuentro, sin embargo, la mayoría no pudo llegar a la avenida principal de Las Mercedes, donde se encontraba la tarima esperando por Guaidó. Pero esta vez no lo hicieron por represión o por miedo a marchar. No llegaron porque las calles de Caracas no eran lo suficientemente grandes para tanta gente, para tanta ciudadanía.

La gente marchó en familia o con amigos, todos con franelas alegóricas al país que desean ver libre y próspero. Las banderas no podían faltar, ni las gorras tricolor y mucho menos los vítores continuos, las risas, la alegría de ver por fin una luz al final del túnel… Un túnel de 20 años.

La ebullición de banderas, la alfombra tricolor, se convierte en explosión. La gente se pregunta “¿Dónde está Guaidó? ¿A qué hora llega?”. Y al menor indicio de movimiento, la prensa y la gente se abalanza sobre alguien que llega. Todos explotan en aplausos y gritos ensordecedores porque llega el Presidente Encargado de la República.

Todo gira en torno a la gente y no en torno a Guaidó

Juan Guaidó logró algo clave para la oposición venezolana, pudo unir en un sólo sentir las diversas fuerzas opositoras y populares que estaban diseminadas por intereses y estrategias diversas. La gente así lo siente, siente que el camino hoy es uno y la meta común es muy clara. A pesar de que la ciudadanía ha sido duramente golpeada por la crisis política, económica y social, ya no existe la apatía de antaño y el pesimismo de otros tiempos en un bloque social que manifestaba bajo el ámbito de la lucha, de la desazón, de la protesta sin respuesta, de la movilización sin consecuencia.

A pesar de que la gente ve a Guaidó como principal figura del cambio y como el protagonista estelar de la película, el joven político de 35 años busca deslindarse del populismo que trajo hasta aquí a la sociedad venezolana. La gente lo saluda, le grita, lo ovaciona, pero él se limita a saludar de vuelta con empatía. Su discurso comedido pero firme lo hace distinto a lo que se conoce en Venezuela. Sus ideas son claras y bien estructuradas, no hay mítines de tres horas ni alaridos. Pocos minutos le bastan para marcar el camino.

Asimismo, él no se adjudica el éxito aunque sabe que ha logrado mucho. Durante este 2 de febrero se presentó junto a toda la directiva de la Asamblea Nacional que preside, habla del Parlamento y no de él. También se rodea de civiles y políticos de renombre de otros partidos, los invita, los llama y los coloca a su lado.

La ciudadanía fue la gran protagonista del pasado sábado, que de todas partes de la capital decidió acompañarse mutuamente para demostrar que ya no da para más, que busca un cambio y que no hay vuelta atrás. Estos miles y miles de civiles sonrientes, parecieran mucho más fuertes que los que empuñan las armas en un pequeño reducto de la capital.

Maduro solo quedó en una avenida

La manifestación paralela o contramanifestación es una práctica de larga data en el chavismo, este 2 de febrero no fue diferente. Nicolás Maduro convocó a su gente a la avenida Bolívar, vía que ha sido convertida simbólicamente en el reducto del chavismo, pero que a medida que pasa el tiempo le va quedando grande.

La manifestación, pequeñísima en comparación con aquellos grandes mítines convocados por Chávez en donde hablaba durante horas, destacó por esa desazón que reina en el chavismo. No sólo la poca cantidad de gente marcó la pauta, también el aire de promesas incumplidas, de esperanza vacía y de futuro incierto. Una masa de color rojo y verde militar rodeaba la tarima de Maduro, quien lanzó las amenazas de siempre, las excusas repetidas y las promesas vacías. La desesperanza y el sinsabor también cambió de acera.

Las difuminadas manchas de ‘chavistas’ estaban compuestas por numerosos empleados públicos que allí se encuentran obligados por no perder su trabajo (otra práctica chavista de larga data), milicianos y personas que son traídas desde el interior del país con buses pagados por el Gobierno.

Mientras en un lado se rodean de militares y empleados públicos, en Las Mercedes la gente se rodeó de esperanza y alegría, algo que hoy el chavismo, luego de 20 años en el poder, no puede ofrecer ni vender.

 

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Venezolano, radicado en Venezuela. Licenciado en Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela. Reportero y redactor las secciones Mundo, Venezuela, y Tecnología y Deportes de Cambio16. Con experiencia en el área reporteril de la fuente automovilismo y temas relacionados, específicamente sobre la Fórmula 1. Membresía: Asociación de Revistas ARI.

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