Medios de pago.

La guerra de los nuevos medios de pago apunta al final de una era

Por Gonzalo Toca
23/04/2017

Las grandes entidades financieras se acercan al final de una era. La revolución tecnológica y la nueva regulación van a multiplicar los competidores, los servicios y la velocidad del cambio en un sector que siempre ha huido de los volantazos y el frenesí. La aparición de los nuevos medios de pago y cobro es la zona cero de este prodigioso terremoto.

Rodrigo García de la Cruz, CEO de la consultora Finnovating y director de Innovación y Tecnología Financiera del Instituto de Estudios Bursátiles, describe esos medios como una forma de poner “los algoritmos, los datos masivos, la inteligencia artificial y distintos softwares –principalmente, blockchainal servicio de la eficiencia y la calidad del asesoramiento financiero, la gestión patrimonial, los préstamos, los seguros o  la transferencia de divisas”.   

La idea es que la inteligencia artificial sirva para automatizar y acelerar parte del trabajo que realizan los profesionales de la banca, los intermediarios de las transferencias internacionales o los dueños de las tarjetas de crédito (por ejemplo, Visa y MasterCard). También aspiran a extraer y explotar, como nunca antes, los datos masivos de la gente identificando y moldeando mediante algoritmos sus patrones y deseos de consumo. Por fin, esperan que blockchain, que es una base de datos muy difícil de modificar unilateralmente, permita registrar pagos y cobros a gran escala entre particulares y empresas sin la intervención de un banco.

Para que ocurra eso, las nuevas empresas financieras de base tecnológica (fintech) necesitan la drástica reducción del dinero físico, la convergencia de los medios de pago en el móvil con la cuenta bancaria, forzar a las entidades a ceder casi toda la información sobre los movimientos de sus clientes y ser percibidas como unos operadores que desean ayudar y cooperar y no destrozar el negocio de los actores tradicionales. 

Reducir el dinero físico en circulación, tal y como la prevé García de la Cruz, se traduciría en la utilización masiva de monedas digitales mediante unas aplicaciones móviles que eliminarían parte del coste así como las comisiones de las operaciones y que harían posible la universalización de los micropagos. Ahora mismo son muy pocos los comercios medianos y pequeños que se pueden permitir aceptar pagos con tarjeta inferiores a diez euros y la mayoría de nuestros ahorros son apuntes contables con los que los bancos pueden ‘jugar’ y no verdaderas divisas digitales en nuestros bolsillos. 

Pablo Tur, fundador de una startup de domiciliación bancaria electrónica (BeSepa) y experto de la Asociación Española de Fintech e Insurtech, anticipa un arrinconamiento cada vez mayor de las tarjetas de crédito por culpa de “la convergencia de los medios de pago y cobro en el móvil y en la cuenta corriente”. Intuye que, en pocos años, compraremos “sobre todo mediante las aplicaciones que tengamos instaladas en nuestros dispositivos” y que “operaremos, en muchos casos, directamente desde nuestra cuenta corriente y sin necesidad de recurrir a instrumentos como las tarjetas o los cheques”.

Las nuevas empresas tecnológicas y financieras ansían obligar a los bancos a ceder casi toda la información de sus clientes. Según Jorge Ordovás, director de un postgrado de la Universidad Europea de Madrid especializado en medios de pago, bitcoin y la tecnología blockchain, “con la nueva directiva europea PSDII, que entrará en vigor el año que viene, las entidades financieras tendrán que permitir, siempre que los titulares de las cuentas lo autoricen, que otras empresas accedan a los datos y movimientos de los clientes y puedan ofrecerles directamente sus servicios”.   

En este contexto, sigue Ordovás, “Google, Apple o Facebook van a demostrar que están más capacitados para comprender a los usuarios combinando los nuevos datos que obtengan a partir del año próximo con las enormes cantidades de información que ya poseían”. También, sigue, aprovecharán “su tecnología y su nulo interés en convertirse en auténticos bancos –solo les interesan los datos– para que sus usuarios puedan operar con las cuentas corrientes a través de Google o Facebook sin compartir con las entidades el origen o el destino de la transacción”. Intentarán interponerse entre el banco y sus clientes como hace iTunes con las discográficas e invitarán a nuevos proveedores de servicios financieros a las plataformas.

La amenaza de disrupción no llega solo de los tiburones de la escuela de Steve Jobs o Mark Zuckerberg. Luis Pérez Ureña, CEO de Finn Ventures, especializada en el desarrollo y lanzamiento de startups tecnológicas financieras, recuerda que los pequeños actores también van a cobrar protagonismo. Según él, “antes se necesitaban decenas de millones de euros para lanzar un proyecto en este sector y ahora solo hacen falta diez”.

Al mismo tiempo, el acceso a grandes capas de la población se ha acelerado gracias a que “todos estamos conectados con el móvil” y a que “los almacenes y análisis del big data en la nube por parte de Amazon o Microsoft” permiten conocer al cliente en tiempo récord. Por último, la regulación, sin ser perfecta, ha facilitado la entrada de nuevos operadores haciendo que “crear una entidad de gestión de pagos y cobros sea mucho más sencillo y barato”.

Las esperanzas de los bancos

¿Significa esto que los grandes bancos están a merced de sus adversarios? El profesor de marketing digital de ESADE, Marc Cortés, echa un jarro de agua fría a los optimistas tecnológicos y matiza que, en estos momentos, “son los operadores tradicionales los que mejor conocen a sus clientes, los que han establecido desde hace años una relación de confianza con ellos y los que cuentan con toda la información”.

Pablo Tur, fundador de BeSepa y experto de la Asociación Española de Fintech e Insurtech, añade otros aspectos en los que les sacan ventaja: “Su relación privilegiada y antigua con las instituciones, el desconocimiento de las nuevas tecnologías por parte de los reguladores y la imposición, en algunos casos, de los mismos requisitos de funcionamiento para un gran banco y para una pequeña startup de Fintech”. 

Los señores de la banca no se van a sentar a esperar mientras les comen el terreno. Fuentes de BBVA y Santander recuerdan que no solo han empezado a lanzar nuevas herramientas electrónicas de pagos como Bizum, sino que han iniciado sus investigaciones sobre blockchain, han lanzado sus monederos electrónicos y han cerrado los primeros acuerdos con gigantes de Silicon Valley (por ejemplo, Santander con Apple). Fuentes de Bankinter confirman que no se lo van a poner fácil a los nuevos competidores: “La entidad financiera debe tener control sobre la solución y sobre su negocio… y esto pone en cuarentena muchas posibilidades que suenan prometedoras pero que solo marcan caminos a corto plazo”.

Esa desconfianza mina los esfuerzos de las empresas fintech que se presentan como los colaboradores que van a ayudar a los bancos a transitar, con relativa tranquilidad, este océano traicionero. Rodrigo García de la Cruz, CEO de la consultora Finnovating, afirma que en la relación que se establece entre los actores tradicionales y los emergentes, “lo más frecuente es la cooperación y la búsqueda de sinergias”. Al fin y al cabo, subraya, existe una clara complementariedad entre unas startups que están acostumbradas a jugarse la vida en cada curva y “unos bancos que, por lo general, son lentos, prudentes, minimizan los riesgos y temen canibalizar sus principales fuentes de ingresos”.

Tanto si la relación acaba siendo fieramente competitiva como si predomina la cooperación, el contexto está a punto de experimentar un cambio rotundo. Para García de la Cruz va a ser una de las mayores transformaciones del sector de los últimos 65 años. Para Jorge Ordovás, el futuro en cuatro o cinco años no se parecerá a “la adaptación gradual y mínima que han llevado a cabo los bancos en las últimas dos décadas digitalizando lo que ya existía y retrasando otro tipo de innovaciones que no les convenían”.

Las consecuencias de esta nueva etapa son difíciles de prever, pero todo apunta a graves reestructuraciones de personal e inmuebles en las entidades financieras y las propietarias de las tarjetas de crédito (con despidos, cierres de sucursales y ventas de espacios y edificios), a una facilidad extraordinaria para realizar los pagos y los cobros –entre otras operaciones– para las empresas y usuarios particulares (la competencia los hará más baratos y los dispositivos móviles y la ropa sensorizada los volverá más rápidos) y a un control muy superior por parte de Hacienda de la economía sumergida (el dinero digital es mucho más fácil de rastrear que los billetes físicos).

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