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lunes , octubre 14 2019
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La violencia aprendida

Por Cristina del Valle

Creo que en estos días es importante hablar de esas víctimas invisibles que causa la violencia de género que son los niñ@s ya que, a lo largo de los años, han sido muy pocos los estudios que se han hecho sobre las consecuencias de esta violencia en la vida, el comportamiento, la personalidad y la salud de los hij@s de las mujeres maltratadas

Es preciso señalar en primer lugar que los hijos e hijas de las mujeres maltratadas son víctimas directas de la violencia, nunca meros espectadores.

La exposición a la violencia provoca en los niñ@s problemas muy graves que pueden condicionar el resto de sus vidas. Entre los problemas físicos que genera se encuentra el retraso en el crecimiento, las alteraciones en el sueño y la disminución de las habilidades motoras, entre otras disfunciones. En el aspecto emocional, esta violencia produce ansiedad crónica, depresión, ira y estrés. En el aspecto cognitivo, destaca el retraso en el lenguaje, bajo rendimiento escolar y dificultades para la concentración y el estudio. En el aspecto de la conducta o el comportamiento, genera agresividad, inmadurez, toxodependencias y conductas antisociales.

Estas alteraciones se desarrollan a partir de las sensaciones y los sentimientos que en los niños genera la violencia hacia su madre. Los niños y niñas que presencian las agresiones no sólo ven los golpes sino que, incluso, pueden percibir la violencia sin haber visto ni oído situaciones violentas. Conviven con el miedo y el terror; se sienten desamparados; creen que pueden morir o resultar heridos durante las agresiones a las que están expuestos.

La ansiedad que experimentan por el profundo temor a sufrir daños durante los ataques o a que sus madres sean heridas; la tristeza al ver a sus madres como víctimas de las agresiones por parte de quien debería darles seguridad y afecto; el estado depresivo ante la creencia de que su situación es irremediable y de que nadie les puede salvar o ayudar; el aislamiento en su entorno escolar y social para mantener en secreto un problema del que se consideran responsables y que viven desde la vergüenza; la evasión mediante el alcohol o las drogas en el caso de los adolescentes y las reacciones agresivas como respuesta a la violencia vivida son, entre otras, algunas de las gravísimas alteraciones que padecen estos niñ@s. Es fundamental hablar en este punto de la transmisión generacional de la violencia.

Se ha demostrado que los hijos varones de hombres maltratadores, con una altísima frecuencia, maltratarán a sus parejas en una etapa adulta y que, en su caso, las hijas tendrán también una mayor probabilidad de ser víctimas de la violencia por parte de sus parejas. El aprendizaje de las conductas agresivas se produce por la exposición continua de la violencia que ejercen sus padres contra sus madres y todo ello en el mismo contexto, donde se establecen los lazos afectivos y emocionales que se desarrollan en el grupo familiar, mezclándose y confundiéndose entre sí. Es difícil que estos niños y niñas tengan oportunidades de aprender estrategias adecuadas, no violentas, para la resolución de cualquier conflicto, pues no pueden normalmente desarrollarse en dinámicas familiares diferentes a las que se han establecido en su propia familia. La educación e intervención desde la infancia son fundamentales para la prevención de la violencia contra las mujeres. Como dice el doctor Rojas Marcos, la semillas de la violencia se siembran en los primeros años de la vida, se cultivan y se desarrollan durante la infancia y comienzan a dar sus frutos malignos en la adolescencia.

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