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Leonardo da Vinci y los castillos del Loira

Ramon Vilaró

@vilaroramon

El pasado 2 de mayo se cumplieron 500 años de la muerte del genio del Renacimiento, acaecida en el Castillo Clos-Lucé, en el centro de Francia, donde Leonardo vivió su retiro.

Recorrer el valle del Loira, en Francia, con su apacible paisaje, magníficos castillos, poblaciones, hospedajes, cultura y gastronomía, siempre es un placer para el viajero. Si, además, se cumple el V centenario de la muerte del inventor italiano Leonardo da Vinci, en el castillo de Clos Lucé, en Amboise, el destino es casi obligatorio. Allí vivió durante los dos últimos años de su vida inventando hasta el final, escribiendo y retocando su pintura Mona Lisa, con cuyo lienzo había viajado desde Italia a Francia. Allí está su tumba, en un gran panteón y bajo una simple losa de mármol con el nombre grabado del genio florentino que marcó el Renacimiento, hace ya cinco siglos.

“Fue el rey Francisco I quien le invitó a Francia y le nombró primer pintor, ingeniero y arquitecto del reino”, explica Stephanie Ledonne, experta en la historia de los castillos del valle del Loira.

Da Vinci se acomodó en el castillo de Clos Lucé en otoño de 1516, adjunto al impresionante castillo de Amboise, rodeado de jardines y con vistas al río Loira. Un río que fue columna vertebral para el comercio desde Nantes, en el océano Atlántico, hasta Orleans, desde donde se distribuían mercancías hacia París tras cruzar una llanura aún conocida como “el granero de Francia” por su fertilidad en cereales.

En el castillo de Clos Lucé el excepcional creador Leonardo gozó de libertad absoluta para continuar sus trabajos al amparo del rey Francisco I y de su hermana mayor, Margarita de Navarra. Da Vinci contaba con 64 años de edad y una gran reputación al igual que acarreaba deudas y conflictos desde su Italia natal. Aquí halló la tranquilidad para seguir puliendo inventos, pintar, escribir y diseñar su peculiar escalera de doble hélice, que se construyó en el castillo real de Chambord.

Leonardo da Vinci, según cuentan los cronistas de la época, recibía casi a diario la visita del vecino rey Francisco I, que seguía sus trabajos. “Todo nuestro conocimiento brota de nuestra libertad”, le repetía el genio al monarca mientras le mostraba planos para un “castillo perfecto”, pero también proyectos para unir la navegación entre el río Loira y la región de Lyon, con un sistema de novedosos canales.

El castillo de Clos Lucé, con fachada de ladrillos rosas y piedra de toba, ofrece el recorrido por la habitación de Leonardo con una reproducción de la Mona Lisa, el oratorio de Ana de Bretaña, la Gran Sala Renacentista y los talleres que fueron su último laboratorio, antes de fallecer aquí hace 500 años, el 23 de abril de 1519. La exposición muestra también el magnífico tapiz de La última cena, cedido para la ocasión por el Museo del Vaticano. Y para otoño está previsto el Festival Europeo de Música Renacentista, con participación del español Jordi Savall y sus 20 músicos del Concierto de las Naciones.

“Son estudiantes de un liceo de Lille”, dice el profesor que acompaña a sus alumnos que, cuaderno en mano, dibujan y comentan las recreaciones de algunos de los inventos del erudito Leonardo. Después van hacia el jardín del cercano Castillo Real de Amboise, donde está enterrado en el mausoleo. El césped de los jardines, entre su busto en mármol blanco y la tumba, es un excelente lugar para el descanso.

El castillo de Amboise y el V Centenario de Leonardo da Vinci son un buen punto de partida para ir en dirección al castillo de Chenonceau que, además de su historia, se caracteriza por sus exposiciones actuales de esculturas, con obras de Valdés y Barceló, entre otros. “Soy una enamorada de España y su cultura”, explica Laure Menier, actual propietaria del Chenonceau y heredera del castillo comprado a principios del siglo XX por su abuelo, forjador de una fortuna chocolatera. Un castillo edificado sobre grandes
arcos asentados en el fondo del caudaloso río Loira y considerado como una obra maestra del Renacimiento, calificado como “El Castillo de las Damas”.

En particular por la memoria a Catalina de Médici, quien encargó su edificación y dio grandes fiestas en su galería principal, que cruza el río. Un recinto que albergó –e inspiró– a célebres escritores, desde Jean-Jacques Rousseau, en el siglo XVIII, hasta Marguerite Yourcenar, en 1962. El albergue de Bon Laboureur es el lugar indicado para el descanso y la gastronomía antes de seguir la ruta.

En el castillo de Villesavin, con menos presencia de visitantes, se puede recrear cómo era la vida diaria entre la nobleza. Su actual propietaria es descendiente de un general sueco que acudió en apoyo de la monarquía francesa en su lucha contra los ingleses. Y ahí continúan sus descendientes. Otra parada recomendable es el Castillo Real de Blois, situado en el corazón de la ciudad del mismo nombre, donde vivió Enrique II y su esposa Catalina de Médici. Allí se perpetró el asesinato de Enrique II, en una guerra de religiones que duró 30 años y comenzó la decadencia de su reinado hasta acabar con la dinastía de los Valois en beneficio de los Borbones. Fue residencia favorita de siete reyes de Francia y sus estancias reflejan cómo era la vida real en la corte renacentista. Aquí están presente los escudos coronados de las dos “C” entrelazadas, emblema de la polémica Catalina de Médici, en que se inspiró Coco Chanel para la marca de sus perfumes. Emblemas y estatuas que fueron destruidas durante la Revolución Francesa. Este castillo es público y en su patio hay cada noche un espectáculo de luz y sonido que recrea la historia de la realeza gala.

Para no perderse, el castillo de Chambord, uno de los más grandes de esta región con más de 1.000 castillos. Tan extenso en su edificio y, sobre todo, bosques y jardines que alberga el único pueblo propiedad, como el castillo, del Estado francés. Aquí volvemos a encontrar la huella de Leonardo da Vinci, con su peculiar doble escalera helicoidal, que el maestro italiano ya había diseñado en 1508 para la villa de Charles d´Amboise, en Milán. El castillo de Chambord es la expresión máxima de las aspiraciones de Francisco I, en un recinto nunca acabado y que actualmente celebra su V Centenario sobre las utopías y las arquitecturas ideales, bajo patrocinio de la Biblioteca Nacional de Francia.

Durante el Renacimiento se innovó en la comida, con la aparición de nuevos platos y formas de elaborarlos. Una gastronomía que reputados cocineros y restauradores del Loira recrean con motivo de la efeméride en honor de Leonardo da Vinci. Sin olvidar los vinos con reputadas denominaciones, como los Saumur, Rosé d´Anjou, Vouvray o Cheverny, por citar solo algunas de las denominaciones de origen vitivinícolas de la región. ¿Cómo llegar al valle del Loira? En avión París-Orly es la mejor recomendación, con traslado a la capital y, desde allí, la red ferroviaria que conecta con el valle del Loira. En una jornada de automóvil se llega desde Madrid o Barcelona. Y, para los amantes del turismo deportivo, el valle del Loira es famoso por su red de agradables y llanas rutas que discurren, casi siempre, en paralelo a la ribera fluvial. Todo está organizado, por ejemplo, para etapas entre hoteles y albergues, con paradas en los castillos, y un sistema de transporte que traslada el equipaje del ciclista para que pueda gozar del viaje con toda su plenitud. Todo está muy bien organizado para disfrutar de una visita al carismático valle del Loira, entre los paisajes, la cultura y la gastronomía.

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