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Imagen de Berlín.

Berlín, la ciudad reinventada

Por Miguel Ángel Artola
23/12/2017

Para llegar a la capital alemana el avión es el medio de transporte por excelencia. Podemos elegir alguna compañía low cost para que nos lleve hasta el aeropuerto de Tegel, pero hacerlo con Lufthansa sale muy bien de precio –si somos algo previsores– y la garantía de llegar a destino en tiempo y forma es una certeza que tranquiliza.  Ya en Berlín la principal recomendación para poder disfrutar de un par de días de estancia es no alejarse del centro urbano. No es una ciudad cara y, además, cuenta con numerosos hoteles de diferente categoría y precio. Por experiencia propia os puedo decir que me alojé en un hotel de la compañía francesa Accord situado a una distancia de unos diez minutos andando del complejo Sony Center y a menos de 20 minutos de la Puerta de Brandenburgo.

Primer día

La puerta de Brandenburgo ha sido testigo de los grandes acontecimientos que ha vivido la histórica ciudad germana desde su construcción, entre  1788 y 1791, durante el reinado de Federico Guillermo II de Prusia. Es uno de sus emblemas y en su plaza no faltan los turistas a todas horas haciéndose fotografías. Es una zona con fuerte vigilancia policial por la presencia de embajadas, entre ellas las de Estados Unidos y Francia. Si la atravesamos y giramos a la izquierda, siguiendo la fachada de la legación estadounidense, llegaremos en unos minutos al monumento a los judíos de Europa asesinados por el régimen nazi. Obra del arquitecto Peter Eisenman, sus 2.711 losas de hormigón intentan hacernos comprender la magnitud del holocausto y caminar entre ellas genera una atmósfera que nos hace entender mejor el monumento funerario. En el punto de información subterráneo anexo se guardan los nombres de todas las víctimas conocidas. Si giramos a la derecha de la puerta de Brandeburgo, podemos llegar en minutos al edificio del Reichstag con su famosa cúpula visitable, obra del arquitecto Norman Foster.

Muy próximo, en Wilhelmstrasse, se encuentra uno de los pocos edificios de la Alemania nazi que permanece en pie: el antaño Ministerio del Aire del Reich reconvertido hoy en Ministerio de Finanzas. A lo largo de toda la calle, se encontraban los edificios que simbolizaban el poder nacionalsocialista. Por ello, el gran solar que ocupó durante el nazismo los cuarteles generales de la Gestapo y las SS alberga ahora el espacio conocido como Topografía del Terror. El edificio central y cubierto alberga un completo centro de documentación con los pasos dados por los nazis para imponer su modelo político y social, así como su desprecio absoluto por la vida de toda persona que no comulgase con su doctrina, bien por sus ideas o por no ceñirse a sus cánones raciales. La muestra interior se contempla con una zona expositiva exterior semicubierta que nos deja incluso ver parte de las celdas de la Gestapo y también secciones del Muro de Berlín.

A menos de cinco minutos andando, nos toparemos como otro de los lugares emblemáticos de Berlín. El famoso Checkpoint Charlie se ha convertido en un emplazamiento por y para turistas, pero es cierto que en algunos de los muros cercanos se pueden ver fotografías que contextualizan muy bien la importancia de uno de los pasos fronterizos más famosos y todo un símbolo de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS. Lo que podremos ver es una reconstrucción posterior de la caseta de control porque la original fue demolida en 1990. Si no le hacemos asco a las hamburguesas de McDonalds justo al lado del actual Checkpoint Charlie tenemos uno de los restaurantes de la cadena con una terraza con espléndidas vistas. Otra opción para tomar algo rápido son los puestos callejeros de Currywurst, la tradicional salchicha alemana que se sirve acompañada de tomate y curry en polvo, auténtico símbolo culinario local en la capital germana.

Tras el descanso, proponemos dirigirnos a la East Side Gallery, el tramo mejor conservado del Muro de Berlín, convertido en una auténtica galería de arte al aire libre gracias a los grafiteros que pintaron sus diferentes secciones con motivos relativos a la paz en el mundo, retratando los escenarios del Berlín de la Guerra Fría. Una visita más que obligada. Para llegar a este emplazamiento será necesario utilizar el transporte público, bien alguno de los taxis berlineses, que tienen un precio más que aceptable, o la línea de metro U6, en la parada Kochtrasen hasta Ostbanhof. Desde ahí al inicio del muro no hay más de 200 metros a pie. Además, cerca de la East Side Gallery tenemos el Puente de Oberbaum, otro de los símbolos arquitectónicos de la ciudad y de la guerra fría porque de facto se convirtió en una frontera entre las dos Alemanias (RDA y RFA) tras la construcción del muro.

Como a estas alturas del día quizá ya estemos algo saturados de información histórica puede haber llegado el momento de hacer un alto en el camino. A 38 minutos andando, desde el puente tenemos una peculiar terraza localizada en la zona más alta de un aparcamiento, anexo a un centro comercial, desde donde tendremos unas vistas increíbles. Klunkerkranich es un lugar sorprendente y diferente para tomar una cerveza en un ambiente con reminiscencias hippies y en el que no faltan las propuestas culturales. No es fácil de encontrar porque se sitúa en el último piso de un aparcamiento y debemos estar atentos a las señales en el suelo que nos indican el camino con unos vinilos.

Ya de regreso al hotel para refrescarnos y prepararnos para dar una paseo por la noche, las propuestas para una cena tranquila son numerosas y, como en cualquier gran ciudad, depende mucho de nuestras expectativas: cena romántica, con niños… Ver el Sony Center con la iluminación nocturna es ya toda una atracción, además de pasearnos por la remodelada Postdamer Platz. También tenemos una interesante sección de muro a pie de calle y numerosos restaurantes. La cadena Vapiano, especializada en comida italiana, cuenta con un establecimiento en la zona. Buenas raciones y mejor precio. Lo malo es que tienes que hacer cola en cada uno de los puestos: ensaladas, pizza, pasta… A la entrada te darán una tarjeta en la que tienes que ir cargando todo lo que consumas para que luego, a la salida, la lean y te comuniquen el cargo final.

Segundo día

Si en nuestro primer día no paramos de admirar la Puerta de Brandeburgo, en nuestra segunda jornada en Berlín no podemos dejar de pasear con calma por el bulevar Unter den Linden, la arteria por excelencia de la capital germana. Merece la pena recorrerla, guía en mano, para no perderse los destacados edificios que encontraremos en la travesía. Subiendo en dirección a la torre de televisión, llegaremos a la Isla de los Museos. Visitarlos todos es tarea casi imposible. Os recomendamos al menos hacer cola –si compráis las entradas online podéis evitarlas– para acceder al Museo de Pérgamo. Solo por ver la majestuosa Puerta de Ishtar de Babilonia merece la pena una larga espera. A poca distancia tenemos numerosos puntos de atracción turística que debemos visitar. Camino de Alexanderplatz nos toparemos con la gran obra de reconstrucción del Palacio Real de Berlín. Se espera que para 2019 el palacio reconstruido y fiel al original pueda ser abierto al público. En 1950 los dirigentes de la RDA decidieron terminar con las ruinas en las que había quedado el majestuoso edificio tras la II Guerra Mundial y construir en su solar el Palacio de la República. Con la unificación, se decidía en 2006  demoler el símbolo comunista por excelencia y comenzar el proceso de recontrucción del palacio prusiano.

La visita a Alexanderplatz nos permitirá acercarnos al corazón de lo que fuera la antigua RDA. Subir a la Torre de la Televisión no nos pareció precisamente barato y la opción de comer en su restaurante panorámico, aun siendo una idea atractiva, tampoco parecía la opción más asequible. Quizá para alguna cena romántica, pero no si viajamos con menores. Si queremos sumergirnos en el modo de vida de la antigua RDA os recomendamos visitar el DDR Museum, que con su lema Historia para tocar nos acerca el modo de vida de los ciudadanos del Berlín comunista. La entrada se localiza junto a la Isla de los Museos, al lado de los embarcaderos.

Para cenar o comer en nuestro segundo día recomendamos alguno de los restaurantes típicamente berlineses próximos a Alexanderplatz. En uno de ellos, –Mutter Hoppe– pudimos degustar platos germanos bien elaborados y generosos.

Berlín bien merece algunos días más de estancia para disfrutar de sus encantos y tesoros. Volver a visitar la emblemática capital es casi una obligación en el futuro. Además da la sensación de que es una ciudad que nunca terminará de estar acabada. Desde la unificación ha vivido una transformación vertiginosa, pero las grúas siguen estando más que presentes en sus calles. Berlín rezuma historia. Su capacidad para reinventarse, sin dejar por ello de ser crítica con su pasado reciente, es digna de todo elogio.

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