Un hombre coloca la bandera argentina en honor a los nueve fallecidos.
Jeffrey Raven, 55, places the flags of Belgium and Argentina above flowers laid for victims of Tuesday's attack outside a police barricade on the bike path next to West Street a day after a man driving a rented pickup truck mowed down pedestrians and cyclists on a bike path alongside the Hudson River in New York City, in New York, U.S. November 1, 2017. REUTERS/Shannon Stapleton

Nueve rosarinos en Nueva York

Por ROGELIO BIAZZI
05/06/2017
Profesor de Economía de la Universidad Complutense de Madrid

Hay veces que a la vida y a la muerte las separa un fino hilo que se corta de manera absurda. Todas las muertes son dolorosas pero hay algunas que hielan el corazón por lo inesperadas. Y no, no todas las muertes son injustas. Algunas se merecen y hasta se buscan, justamente, porque esos muertos causan, a su vez, muerte y dolor de inocentes.

Pienso en un terrorista muerto, por ejemplo. Malditos los criminales, todos, pero más malditos los que matan, sea en nombre de una idea, de una religión, o del dinero, en forma de billetes o de droga, … da igual. Pero la mayoría de las muertes son dramáticamente injustas y a veces, nimias en su causa. Sólo estar en el lugar y en el momento equivocado, ese fino hilo, para que el destino juegue su última carta.

Nueve rosarinos estaban viviendo un momento feliz y fatal a la vez. Nueve amigos del colegio, que es de donde vienen los amigos de siempre. Nueve amigos que, gracias al sacrificio, a la generosidad y a las ganas locas de reforzar una amistad, que no necesita refuerzos, partieron –uno había partido mucho antes pero allí estaba esperando– de Rosario a Nueva York. Es importante mencionar sus nombres para darle verdadera dimensión a la tragedia. Podrían ser vecinos, conocidos, conocidos de amigos, compañeros de trabajo…

Los nombres

Seguro que algún contacto en común se puede encontrar, Rosario es un pueblo grande, enorme, donde la teoría de los “seis grados de separación” se reduce sólo a dos, como mucho. Diego Angelini, Ariel Benvenuto, Iván Brajkovic, Ariel Erlij, Hernán Ferruchi, Martín Marro, Hernán Mendoza, Alejandro Pagnucco, y Juan Pablo Trevisan, eran amigos desde las aulas del Poli, como llamamos en Rosario al colegio Politécnico. Y como suele ocurrir, entre amigos se forjan planes maravillosos, como era este viaje que terminó de la forma más horrenda.

Los que están sumergidos en la tragedia no pueden ver más allá del dolor y la rabia, a todos ellos cariño y comprensión. A los demás y sobre todo a aquellos que tienen alguna responsabilidad en la organización de nuestra sociedad, estos hechos, éste hecho, imponen una obligación más allá de la empatía. No se puede prever todo y siempre existirá la fatalidad pero hay que hacer todo lo posible por minimizar los crímenes y hacer una sociedad más segura. Los crímenes terroristas son quizás los más difíciles de evitar porque es donde el sistema penal, cuyo fin principal es la disuasión, más falla. El derecho penal debería cumplir, fundamentalmente, la función de desincentivar conductas criminales, y para ello dispone de la sanción penal, pero, en el caso de crímenes terroristas el problema se hace más complejo.

Al igual que otros delincuentes, los terroristas deciden cometer o no un crimen, considerando sus beneficios (una vida esplendorosa junto a 70 vírgenes en el más allá o la independencia de su oprimida nación) y sus costos (posibilidad de ser encarcelado o incluso de que se aplique la pena de muerte), y, según sea el cálculo, deciden poner bombas y atropellar peatones o quedarse en casa. Incluso el terrorista sui­cida, es capaz de comparar el coste de perder su vida, con los beneficios que puede obtener para sí (la vida al lado de Alá) o para su familia (apoyo económico de la organización terrorista).

Más sanciones

Sin embargo este razonamiento falla en el caso del terrorismo porque las consecuencias penales, generalmente, no logran disuadir a estos criminales. Por eso hay que buscar vías para aumentar el “costo” esperado de estos delitos, y entre ellas está la posibilidad de que las sanciones sean impuestas no sólo a quien ha cometido el crimen, sino también a otras personas directamente ligadas a él, es decir extender la responsabilidad a familiares del terrorista.

En el caso del terrorismo yihadista, esta extensión penal a los allegados, sí podría actuar como un elemento disuasorio ya que el dise­ño de las penas contemplaría mecanismos que afectan al terrorista por los sufrimientos de su familia por sus actos. Esto ya ocurre en algunos casos, como por ejemplo la represión de actos de terrorismo contra Israel desde zonas limítrofes como Palestina o el Líbano. Por estos actos se han aplicado sanciones que afectan a la familia del terrorista, como, por ejemplo, la demolición de la casa familiar. El Estado de Israel ha aplicado con mu­cha frecuencia esta política y se calcula que la cifra de casas destruidas como castigo en los últimos 50 años puede ser superior a 40.000.

En la frontera entre la civilización y la barbarie hay una línea tan profunda que contiene a todas las líneas divisorias y tan invisible que permite que surja la crueldad extrema en medio de una mañana otoñal de risas. La sociedad se enfrenta a un reto mayúsculo y los gobernantes tienen la obligación de diseñar políticas que logren afrontar y vencer ese reto. Surgirán debates en torno a la ética y el humanismo de distintas medidas para combatir el crimen, pero no debemos olvidar que la ética social no depende del listón moral de los gobernantes sino de lo que la mayoría de la sociedad considera aceptable. Y hay que decirlo, la mayoría de la sociedad está harta de los criminales.

La importancia de la amistad

Hay pocos mensajes positivos que transmita esta tragedia. Ahora encuentro sólo uno: la amistad es una seña de identidad rosarina, está en nuestro ADN. No podemos demostrarlo “legalmente”, pero el día del amigo nació en Rosario. Sin embargo esto no aporta ni un microgramo de consuelo a los que sufren ahora. Más adelante, cuando el tiempo haga su trabajo comiendo la pena, si cabrá este tipo de pensamientos que dulcifiquen el dolor, pero no ahora.

Ahora es tiempo de llorar, más adelante será el tiempo de los recuerdos, algunos que nos hagan sonreír y otros que nos sigan atormentando. Todos tenemos recuerdos y lo que recordamos nos hace lo que somos, aunque haya recuerdos que anhelamos recordar y otros que quisiéramos olvidar. Los muertos de Manhattan dejan mucha vida tras de sí, mujeres y niños desconsolados que, con tiempo y paciencia, harán bueno este verso de Borges “Habré de levantar la vasta vida, que aún ahora es tu espejo, cada mañana habré de reconstruirla”.

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