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Aaron Sorkin. Reuters

Aaron Sorkin: "Entre el éxito a cualquier precio y ser decente, elegiría la decencia"

Por Paz Mata
06/01/2016

Sus diálogos son rápidos, sus personajes mordaces e inteligentes, sus historias, casi siempre centradas en el mundo de la política o de los medios de comunicación, de moral liberal, éstas son las características de la inconfundible obra de Aaron Sorkin (Nueva York, 1961).  Iba para actor, al menos es lo que él aspiraba a ser cuando estudiaba en la Universidad de Syracusa (Nueva York), pero pronto se dio cuenta de que, más que interpretar, lo suyo era crear personajes.

No perdió mucho el tiempo, nada más graduarse y durante una conversación con su hermana mayor (abogada y asesora del jefe de las fuerzas navales estadounidenses) sobre un caso en el que ella estaba trabajando, se le ocurrió una idea que supuso su bautizo como guionista. Basándose en ese caso, Sorkin escribió la versión teatral de Algunos hombres buenos, pero antes del estreno vendió los derechos cinematográficos del guión que más tarde le llevarían a ser nominado para un Oscar. Lo que sigue es ya historia. El Ejército, la Casa Blanca, las redes sociales, la política en el deporte o las salas de redacción de los medios de comunicación han estado en su punto de mira para entretener al espectador al tiempo que invitan a reflexionar y a crear debate.

Sin embargo, en su último trabajo, Sorkin se ha centrado en un icono de la tecnología, Steve Jobs. Pero al guionista no le interesaba hablar de sistemas binarios ni tampoco seguir paso a paso la única biografía autorizada que se ha escrito del brillante y temperamental cofundador de Apple. Su visión iba más alla del tradicional biopic.

Naturalmente, tratándose de Sorkin y de Jobs lo tradicional se iba a convertir en controversia. Una controversia que ha durado cuatro años y que ha involucrado a varios estudios de cines (Sony y Universal), a algunos de los productores, directores y actores más poderosos de Hollywood (entre ellos David Fincher, Leonardo DiCaprio y Christian Bale), a la própia Apple Inc y la esposa del difunto, Laurene Powell Jobs, que inició una activa campaña para tratar de abortar este proyecto que se estrenará en España el próximo 1 de enero.

Para Sorkin era vital apartarse de la docena de películas que se han hecho sobre Steve Jobs, tres de las cuales se han estrenado este año. Por ello, visualizó una obra de tres actos, cada uno se lleva a cabo entre bastidores, durante la presentación de tres de los productos más innovadores creados por el binomio Jobs-Woznyak, el Macintosh (1984) el NeXT  (1988) y el iMac (1998). Resultado: la más audaz de las historias póstumas contadas sobre el fundador de Apple.

Aaron Sorkin. Reuters
Aaron Sorkin. Reuters

Nos sentamos a hablar con Aaron Sorkin en Nueva York, en el preestreno del filme en Estados Unidos, y esto es lo que nos contó.

¿Qué sabía de Steve Jobs antes de que le ofrecieran escribir este guión?

Lo que el público en general sabe de él. No me obsesiono con la compra de aparatos tecnológicos, pero soy usuario de Apple. Lo que más me fascina de este mundo de gadgets son los enfrentamientos entre los adoradores de Apple y sus detractores. Los que odian la marca de la manzana, generalmente, odiaban a Steve Jobs, y odian a los hipsters, a los millenials y a todo lo que se asocie con estos productos. Yo no me considero ni una cosa ni la otra, pero todo lo que he escrito lo he hecho en un Mac. El primer ordenador que tuve, el Mackintosh 128K, fue una adquisición conjunta con los compañeros con los que compartía piso en la universidad. Tenía la misma memoria que esos chips que ponen en los Christmas.

Supongo que habrá leído la biografía que escribió Walter Isaacson…

Me la sé de memoria.

Sin embargo, ha querido distanciarse de ella para escribir una pieza casi ‘shakesperiana’, ¿por qué?  

Porque no me interesaba hacer un biopic. Walter Isaacson es un periodista que ha hecho un fantástico trabajo periodístico con su libro. Pero mi trabajo es hacer algo diferente, tanto como lo es una fotografía de una pintura. Walter hizo la foto, yo hago la pintura. Nunca tuve a Shakespeare en la cabeza cuando escribía el guión. Si lo hubiera tenido, seguramente me hubiera bloqueado por completo y hubiera sido incapaz de escribir una letra. Pero estoy de acuerdo en que la estructura en tres actos y el personaje de Jobs, un rey proclamado que tiene que exiliarse para luego regresar a su reino con más fuerza, sí recuerda a Shakespeare.

¿Qué opinión le merece Steve Jobs?

No puedo darle mi diagnóstico psicológico de una persona a la que no he conocido personalmente. Un escritor no debe juzgar a los personajes sobre los que escribe, los debe describir como si estuviera presentando su caso a Dios para que le deje entrar en el cielo. Por lo tanto, tengo que encontrar cosas en ese personaje con las que me pueda identificar para poder defenderlo en el juicio final. Creo que Steve, en el fondo, se consideraba un hombre muy imperfecto, como dice al final de la película, “mal hecho”. No se sentía merecedor del amor o de la admiración de nadie. Por eso quiso crear productos que no sólo tuvieran éxito, sino que la gente amase y se sintiera apegada a ellos, como sus iPhones, iPads, iPods y portátiles.

Ninguno de los cuales existirían hoy sin la intervención de Steve Wozniak. ¿Lo ve como  una figura trágica en esta historia?

Sí, lo es. Por cierto, he tenido la ocasión de pasar mucho tiempo con él y tengo que decir que es uno de los hombres más felices que me he encontrado en mi vida. Cuando lo conoces no te parece que sea una figura trágica y menos que le importe que no le reconozcan o le den crédito por su trabajo en Apple. También te das cuenta de que no tiene la ambición que tenía Steve Jobs ni tampoco su carisma. Lo que sí tiene es la genial habilidad para construir cosas y hacer que funcionen. Él, más que nadie, es el artífice del éxito de Apple, aunque no siempre estuvo de acuerdo con Jobs en sus métodos de trabajo.

¿Qué opina de estos métodos?

Steve creía que eran muy efectivos a la hora de sacar el mejor partido a sus empleados, en el sentido de que les motivaba a superarse a sí mismos. Por eso devolvía los trabajos diciendo, “vuelve a hacerlo, sé que puedes mejorarlo”. Puede parecer un comportamiento detestable pero a mí me parece muy positivo encontrar a alguien que trate de sacar lo mejor que hay en ti.

Si Steve Jobs estuviera vivo, ¿qué le preguntaría?

Supongo que hablaría con él de cine o de teatro. Le preguntaría cuál era su película u obra favorita y continuaría por ahí la conversación. Aunque nunca lo conocí personalmente, sí tuve la oportunidad de hablar con él, por teléfono, en tres ocasiones. La primera fue totalmente inesperada. Me llamó para felicitarme por un episodio de El ala oeste de la Casa Blanca que le había gustado mucho. La segunda fue para enseñarme los estudios Pixar con la esperanza de convencerme para que escribiera una película para Pixar. La tercera llamada fue para pedirme que le ayudara a escribir el discurso que tenía que dar en la apertura de curso de la universidad de Stanford.

No le convenció para escribir esa película…

No hubo tiempo, yo estaba entonces trabajando en otros proyectos. Pero quién sabe, de haber seguido vivo y con el mismo interés en mi trabajo, lo hubiera hecho. No creo que hubiera tenido mucha paciencia para soportar su temperamento, pero tampoco creo que él me hubiese dado ningún motivo, al menos que en ese supuesto guión él considerara que tenía que mejorarlo, en cuyo caso hubiera tenido toda la paciencia del mundo con él. A lo largo de mis conversaciones con la gente que le conocía he podido comprobar el afecto, respeto y admiración que todos ellos sentían hacia Steve. A pesar de las discusiones que podían tener con él, todos coinciden en que hacía que todo el mundo fuera mejor.

Entre esas personas está su hija mayor, Lisa Brennan, a la que le da bastante protagonismo en la película. ¿Hasta qué punto es real esa parte de la historia?

Lisa Brennan vio por primera vez la película en el estreno mundial, no antes. La preparé para ello. Lisa no quiso hablar con Walter (Isaacson), cuando éste escribía la biografía de Steve, porque su padre todavía estaba vivo y no quería hacer nada que pudiera molestar a su familia. En mi caso sí estuvo dispuesta, me contó muchas cosas de la relación con su padre y eso supuso un gran regalo para mí. Todo lo que se cuenta en la película es real, pero no necesariamente sucedió con la misma secuencia. Por ejemplo, la pelea entre ellos, antes de salir a presentar el lanzamiento del iMac, no sucedió en ese momento sino un par de años más tarde.

¿Cómo cree que habría reaccionado Steve Jobs ante el filme? 

Si la película hablase de Bill Gates o de otra persona estoy seguro de que le habría encantado (risas), porque creo que es su estilo de película. Sinceramente, creo que hay partes con las que estaría de acuerdo. Por ejemplo, en cómo están representadas ciertas personas y ciertos eventos, entendería muy bien de lo que estamos hablando. Además, seguro que le hubiese gustado verse representado con el físico de Michael Fassbender (risas).

Hablando de él, se llegó a especular con que hubo otros dos actores interesados en darle vida: Leonardo DiCaprio y Christian Bale. Sin embargo, a ambos se les habría sugerido apartarse del proyecto. ¿Qué hay de cierto en ello?

Es cierto que al inicio tanto Leonardo DiCaprio como Christian Bale habían mostrado interés, pero el proyecto tomó otra dirección, con otro estudio, otro productor y otro director. Y en esa nueva fase, el único actor con el que hablamos para el papel fue Michael Fassbender. Michael es un profesional de primera clase. Es cierto que yo no había visto su trabajo y cuando me mencionaron que le iban a ofrecer el papel a él, mostré mi preocupación. Pero, tras someterme a una maratón de sus películas, entre ellas Shame y Doce años de esclavitud, no me quedó la menor duda de que habíamos dado en el clavo. Además, si Michael puede interpretar a Macbeth, puede perfectamente enfrentarse a Steve Jobs.

¿Cómo se sintió usted viendo cómo su guión pasaba de mano en mano, de estudio en estudio y se sometía a todo tipo de opiniones?

Irónicamente el camino hasta llegar a la pantalla de cine ha sido bastante llano, sin muchos baches. Es cierto que el público ha estado pendiente de cada paso que hemos dado, algo normal porque es una historia que atrae mucho interés. Más tarde surgió el escándalo del hacking de Sony, lo cual afectó a los proyectos que había en marcha, entre ellos éste. Pero, la verdad, nunca temí que la película no se llevara a cabo. Tuvimos la suerte de que Universal se quisiera hacer cargo de él y nos facilitara el camino. Cuando las cosas se alborotan uno tiene que mantener la calma y confiar en los que están trabajando contigo. Pero nada de ello afectó al guion. No hubo que realizar ningún cambio, simplemente los ajustes normales que se hacen durante los ensayos.

Al inicio de la película hay unas imágenes de archivo en las que se hace la presentación de un ordenador gigantesco anunciando que algún día los ordenadores gobernarán el mundo. Una no sabe si tomárselo como algo positivo o como una amenaza. ¿Cuál fue su intención al incluir esas imágenes?

Es uno de mis momentos favoritos en la película, pero yo no lo escribí. Son imágenes de archivo de Sir Arthur C. Clarke, un gran científico, ingeniero, humanista, coautor, junto con Stanley Kubrick, del guion de 2001: Una odisea del espacio y creador de programas de televisión de divulgación científica. En esas imágenes Clarke hace un soliloquio hablando de cómo en el futuro esos ordenadores entrarán en nuestras casas y en nuestras aulas y todos tendremos acceso a ellos. A través de éstos podremos comprar entradas para ir al cine y hablar con nuestros amigos y cuando un padre pregunta “¿Cómo va afectar eso a la capacidad de socializar de mi hijo?”, Clarke hace una pausa y responde: “No había pensado en ello, pero estoy seguro de que todo irá bien”, y continúa con su presentación. Me pareció muy apropiado para nuestra historia.

¿Es usted tan optimista como lo era entonces Clarke con respecto a las nuevas tecnologías y los medios de comunicación social?

Creo que los nuevos medios de comunicación social tienen un lado muy positivo a la hora de informar a la gente de lo que no sabe o de lo que está ocurriendo en otras partes remotas del mundo. Eso es algo bueno porque puede provocar que las cosas cambien. Pero, por otro lado, también me parece que pueden llegar a ser muy crueles. Los nuevos medios son una excelente herramienta para la crueldad, son una incubadora de información que no es correcta, pero que luego se convierte en verídica, quieras o no. Yo tengo una hija de 14 años y tanto ella como sus amigas adoran las redes sociales. Yo mismo veo como ellas construyen su vida con las imágenes que envían por el teléfono o el ordenador. Se convierten en sus propios comisarios de esa exposición de imágenes que sacan a la luz. “Mira lo que estoy haciendo”, “mira con quién estoy”… Reconozco que ese tipo de cosas me dan pánico y me preocupan. Pero espero que esta comunicación directa que estamos teniendo usted y yo, que es mucho más poderosa, no deje de existir y lo demás, con el tiempo, empiece a perder fuerza.

Hablando de comportamientos, entre alcanzar el éxito a cualquier precio y ser decente, ¿qué elegiría?

En eso creo que Steve Wozniak tiene razón, si hay que elegir entre ambas cosas, yo elegiría la decencia, a menos que estemos hablando de encontrar la cura para el cáncer.

PADRE DE LA CONVERSACIÓN DE PASILLO

Se podría decir que Aaron Sorkin ha patentado un género dentro de su filmografía: la conversación de pasillo. El ala oeste de la Casa Blanca’ fue su mayor exponente. Los asistentes del presidente Josiah Bartlet siempre estaban muy estresados yendo de un lado a otro a solucionar problemas. Los pasillos les daban la oportunidad de resolver de manera brillante, y sin dejar de caminar, cualquier desastre inminente. El estilo llegó a ser esencial en la serie. En el capítulo A falta de cinco votos, de la primera temporada, dos de los protagonistas van hablando mientras caminan hasta que uno le pregunta al otro: “¿Hacia dónde ibas?” La realidad era que los dos se estaban siguiendo mutuamente para poder hablar. La técnica era tan depurada que algunas de las escenas llegaban a durar cuatro minutos de plano secuencia sin cortes con la participación de decenas de personas. Sorkin ha continuado con el recurso en series posteriores como Studio 60 y The Newsroom. El estilo es tan propio que Sorkin se ha prestado a parodiarlo en sus cameos en los programas de humor que ha participado.

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