Viajar con otros ojos

Por MARÍA JESÚS HERNÁNDEZ / Fotografía: BEGOÑA RIVAS

Contaba sólo seis años cuando el traqueteo de un tren le hacía soñar por primera vez. Había comenzado su viaje en Ágreda (Soria) y ponía rumbo a la Estación de Francia, en Barcelona. Su padre le llevaba al oculista, a la clínica Barraquer; buscaba una solución para sus pequeños ojos enfermos. Retinosis pigmentaria, le dijeron. Corrían los años 70 y Alberto Gil Pardo (Fuentestrún, Soria, 1967) ya tenía dificultades, pero pudo ver el mar. Mortadelo y Filemón le acompañaron en ese viaje, el primero de muchos; la inmensa mayoría con otros ojos.

La historia de este escritor es una historia que duele; pero ante todo es una historia de superación, de optimismo, de valentía, una bofetada a la mediocridad de los problemas que nos acechan cada día. Perdió la visión por completo a los 20 años, cuando trataba de conseguir su hasta entonces gran sueño: ser arqueólogo. Pero la lucha había comenzado mucho antes.

“La infancia y la adolescencia fueron muy duras. Continuamente escuchas frases del tipo: ‘¿Qué vamos a hacer con este chico?’ Los niños no te comprenden, te aíslan, no juegan contigo…”, recuerda. Todos esos escollos marcaron aún más un carácter optimista, seguro y, sobre todo, soñador. “Me obligaba a huir de aquella realidad de la meseta soriana de marginación y exclusión a través de la lectura. Y eso me hizo construir mis propios sueños”, cuenta con una sonrisa que le acompaña desde el minuto uno de la entrevista.

Alberto Gil Pardo

Alberto Gil Pardo

Las obras de Emilio Salgari, Julio Verne y David Livingstone fueron su refugio, “una barandilla a la que me asomaba para ver mundos apasionantes”. Ellos le  señalaron el camino hacia la carrera de Geografía e Historia, previo paso a su destino final: la Arquelogía. “Siempre pensé que una de las maneras de dejar de ser un problema para mi familia sería el aprendizaje”. Y no se rindió ni cuando perdió por completo la visión. “Terminé mis estudios por mis padres y por mí mismo”.

Recuerda cómo cambió su vida cuando le golpeó la ceguera: “Fue en 1987, la evolución de la retinosis pigmentaria depende de la persona y de distintos factores. Yo me había machacado mucho leyendo, pero no pensaba en ese final. Y fue muy duro, no lo voy a negar. Adiós a la Arqueología, adiós a la lectura… Piensas que siempre vas a tener que depender de alguien. Pero, de repente, desembarcas en la ONCE y te das cuenta de que la gente se ríe, que hace cosas, que disfrutan… y te dices: Si ellos pueden, ¿por qué yo no?”.

Y con un entusiasmo contagioso resume: “Pasé de arqueólogo de civilizaciones muertas a descubridor de palabras vivas gracias al braille”.

Ha ocupado puestos a nivel de gestión administrativa en la ONCE en distintos puntos de España, hasta que llegó a Madrid en el año 2000, donde trabaja como técnico de biblioteca fomentando la lectura para personas ciegas, divulgando a la sociedad cómo leen y lo importante que es para ellos. “Otro sueño cumplido. Desde que aprendí braille siempre quise trabajar donde se adaptan los libros para nosotros”.

Leer y soñar con viajar siempre fueron su salvavidas y a día de hoy son innumerables el número de lugares que ha visitado, una travesía humana plasmada en sus libros: Huellas de luz: relatos de un ciego optimista y esperanzado para tiempos de crisis, y Mis primeras odiseas: viajando con otros ojos. En este último cuenta sus aventuras en Barcelona, Sevilla, Granada, Murcia, Santiago, pasando por muchos otros rincones de la geografía española. También ha cruzado fronteras: Francia, Reino Unido, Austria, Hungría, Suecia…

“Porque viajar es mucho más que ver. Es oler, es tocar, es sentir, es saborear”, relata. Alberto Gil bebe de la gente, escucha y toca todo lo que puede, “ni te imaginas lo emocionante que es tocar un sarcófago o una columna”. No niega que siempre hay momentos difíciles, “estar frente a La Gioconda o la Piedra Rosetta y no poder verlas… pero es mucho más fuerte mi ansia de viajar”. En sus relatos, donde también aprovecha para reclamar mejoras para los que, como él, quieren ver el mundo con otros ojos, plasma numerosas anécdotas:

– Disculpe, ¿se ve el mar?

– Coño, pues claro. Lo tiene delante.

– Disculpe, es que no lo veo, soy invidente.

(No veas cómo le cambió el rostro al pobre señor)

Esta es una de las historias que recuerda con simpatía Alberto Gil en su libro. Estaba frente al Mar Menor de Murcia, no se escuchaba ni una ola y un “sufrido” ciclista no se percató de su ceguera.

Este soriano siempre mira a los ojos con la luz del humor. “Cuento mis ciegadas y la gente sonríe. Vas a bajar del autobús y en vez de agarrarte a la barra, te agarras al trasero de alguien… ufff qué apuro; estás desayunando en un bar café con churros, vas a coger uno y el señor de al lado te dice: ‘Oiga que ése es mi churro’. Y muchas más situaciones incómodas que con la punta adecuada hacen sonreír”, relata.

Con sus libros no busca un beneficio económico, lo destina a un fin solidario. “Yo necesito tanta ayuda en mi vida diaria que quiero devolverla de alguna manera”. Con el primer libro, Huellas de luz: relatos de un ciego optimista, se promovió la instalación de placas solares en un colegio de Benín (África). Pero no queda ahí.

Con esa mirada limpia, rotunda y firme, compartió su testimonio de esperanza con reclusos de la cárcel asturiana de Villabona. “Dudaban del rollo que pudiera soltarles este ciego, hasta que se dieron cuenta que les miraba a los ojos sin prejuicios ni rechazo. Porque yo también sé mucho de prejuicios y rechazos”. Alberto Gil va cada día a trabajar, al gimnasio, disfruta con las redes sociales, tiene un blog, lee siempre que puede, escribe, viaja… Y siempre se pregunta: “¿Si yo puedo, por qué tu no?”.

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