Los caprichos climáticos de El Niño

Texto: Miguel Ángel Criado | Infografía: Artur Galocha
02/04/2016

¿Qué tiene que ver el aumento de las picaduras de serpiente en Costa Rica con la sequía que de nuevo asola Etiopía? O, desde un punto de vista geopolítico, ¿qué conecta la emergencia del terrorismo de Sendero Luminoso en el Perú de los años 80 con la recurrencia de las guerras civiles en Sudán? A pesar de la distancia geográfica y los diversos momentos temporales, los cuatro fenómenos están conectados por un quinto que no aparece en los libros de historia, pero que lleva milenios influyendo en el destino de los hombres. Se trata de El Niño, un fenómeno climático cíclico al que esta vez le han puesto la palabra súper por delante, temiendo que sea extremo.

 

 

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El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), que es la denominación correcta, es un complejo proceso que se inicia en el Pacífico, pero que acaba afectando a casi todo el planeta. Sólo los polos, Europa y Asia septentrional se libran de sus caprichos. En el baile del mar con la atmósfera, de la temperatura del agua con las corrientes de aire, que mueve el clima del planeta, ENOS está considerado como una verdadera anomalía.

De dos a siete años (no tiene periodicidad fija) las aguas superficiales de las zonas central y oriental del Océano Pacífico que rodean la línea del ecuador se calientan más de lo normal. Los vientos alisios que soplan desde el este se debilitan, llegando a desaparecer o rolar hacia el este. Toda la circulación marina se ve afectada y, con ella, el clima de las costas que bañan el Pacífico. En Indonesia, por ejemplo, se reducen drásticamente las lluvias que, por contra, aumentan en Ecuador y Perú. En realidad, toda la región subtropical se ve afectada por este fenómeno.

Tras un lustro sin noticias suyas, El Niño ha vuelto y, según la Agencia Estadounidense para los Océanos y la Atmósfera (NOAA), va camino de ser uno de los tres más intensos desde 1950. Con una duración de entre nueve meses y un año, los expertos creen que pudo alcanzar su máximo en enero pasado, cuando se registró la media de temperatura global más alta desde que se tienen registros y las aguas del Pacífico cercanas al ecuador estaban hasta 2,5°C más cálidas. En principio, la anomalía debería seguir hasta finales de la primavera o principios del verano. El problema es que sus peores efectos están por llegar en los próximos meses.

“Acabamos de presenciar uno de los episodios de El Niño más fuertes jamás registrados, que ha causado fenómenos meteorológicos extremos en países de todos los continentes y ha contribuido a propiciar los récords mundiales de calor alcanzados en 2015”, decía en una conferencia el mes pasado el secretario general de la Organización Mundial de Meteorología, Petteri Taalas. “Desde un punto de vista meteorológico este episodio de El Niño ha entrado en declive. No obstante, no podemos bajar la guardia ya que todavía es bastante intenso y, desde un punto de vista humanitario y económico, sus efectos aún se dejarán sentir durante muchos meses”, añadió.

La peor sequía desde hace 30 años

Entre las consecuencias de este fenómeno climático podría estar el futuro inmediato de 11 millones de niños. Un informe de Unicef del pasado noviembre alertaba de que los episodios de sequía o inundaciones generados por El Niño se llevarían por delante las cosechas en muchas de las zonas afectadas, en especial en el África meridional y oriental. Etiopía, por ejemplo, sufre ya la peor sequía desde hace 30 años, cuando más de un millón de personas murió por la hambruna de 1984. Más al sur, Zimbabue y Lesotho han declarado hace unas semanas el estado de emergencia por la escasez de comida. Madagascar y Mozambique han perdido buena parte de sus cosechas.

Al otro lado del mundo, los países centroamericanos también llevan meses de sequía y temperaturas anormalmente altas. La Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha estimado que las cosechas se han reducido de forma drástica en El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua. Según sus cálculos, que no incluyen las pérdidas de 2016, la cosecha de maíz ha disminuido hasta un 60% y la de frijoles un 80%. Más al sur, en Argentina, Uruguay y Paraguay han sufrido en los últimos meses dos oleadas de inundaciones, cada una de ellas considerada “la peor de los últimos 30 años”.

La relación con las guerras

El Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia (EEUU), que lleva años estudiando el impacto de El Niño más allá del clima, publicó hace unos años el informe más ambicioso sobre las consecuencias sociales y políticas de los vaivenes climáticos de ENOS. En su versión más resumida, tomaron dos mapas. En uno, aparecían los sucesivos fenómenos de estas características sucedidos desde 1950, con las zonas más castigadas. El otro mapa dibujaba los distintos conflictos, desde revueltas hasta guerras civiles, estallados desde entonces. Al solaparlos, aparecían demasiadas coincidencias.

El informe, publicado en la prestigiosa revista Natur, concluía que al menos un tercio de las guerras civiles se vieron precedidas por el azote de El Niño. Aunque los autores del estudio no llegaban tan lejos como para culpar al clima de las guerras, sí mostraron sugerentes correlaciones entre los eventos más duros, como los de 1972 o 1991, y las revueltas o conflictos armados vividos en distintos países como El Salvador, Filipinas o Uganda, para la primera de las fechas, o en Angola, Burundi, Haití o Myanmar, para la segunda.

Para confirmar sus resultados usaron un original mecanismo de control: La Niña. Es como el reverso de El Niño. Si éste nace de un calor anómalo en el Pacífico, aquélla lo hace de un frío igual de inusual. Aunque no siempre la una le sigue al otro, el estudio del Instituto de la Tierra, encontró que los periodos donde La Niña estaba presente, el número de conflictos se redujo. Si tienen razón, vendrán meses convulsos.

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