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Refugiados: éxodo hacia la vida

Por Lola Delgado / Fotografía: Begoña Rivas

Hacía varios días que Ndomba Sigui se había tragado 250 gramos de oro. Los tenía dentro de su intestino a la espera de usarlos para salvar su vida. Tenía tanto aguante, que se propuso no expulsarlos mientras estuviera en la cárcel de Goma. Las fuerzas gubernamentales congoleñas le habían detenido, acusado de militar en la guerrilla de Laurent Nkunda, la más poderosa de la República Democrática del Congo. Y la más sanguinaria también.

Ndomba Sigui llegó a España en una zódiac tras lograr escapar de la persecución de las fuerzas gubernamentales de la República Democrática del Congo.
Ndomba Sigui llegó a España en una zódiac tras escapar de la persecución de las fuerzas gubernamentales de la República Democrática del Congo.

Sigui había trabajado media vida en las minas de oro, diamante y coltán, y se había convertido en una especie de dirigente experto en la extracción. Trabajaba para los rebeldes, que se habían apropiado de ellas. Pero él no lo era, ¿cómo iba a serlo?

Mientras esperaba en la cárcel a que alguien pusiera fin a su vida y a la de sus dos hijas de 11 y 12 años, que le acompañaban en su cautiverio, trataba de no pensar en el horror que experimentó aquel día de 2008, cuando desde el propio agujero donde trabajaba buscando el metal escuchó los tiros que venían desde su aldea. Vivía en Kivu, una región fronteriza con Ruanda. Cuando corrió hacia su casa, se encontró a su mujer apuñalada, el suelo lleno de sangre y signos evidentes de que había sido violada. Tal vez varias veces. Sus hijas contemplaban la escena.

Por eso Sigui no podía ser un rebelde. Pero el gobierno consideraba que el hecho de trabajar para ellos, aunque fuera bajo amenaza, le convertía en un guerrillero. “Tenía cinco hermanos, y todos están muertos. Vi cómo mataron a uno de ellos, cómo violaron a mi hermana antes de asesinarla…”, recuerda. Sigui no podía trabajar con Nkunda, si no para él.

Le trasladaron a la cárcel de Kinsasa y desde allí, a un cementerio para ejecutarle junto con otras cuatro personas. “Llevaba dinero en el bolsillo, el equivalente a unos 80 euros. Se los pagué a los militares para salvarme”. En aquel momento, el resto de su vida acababa de empezar. A cambio del oro, consiguió un salvoconducto para viajar a Marruecos. Y de ahí, a España en zódiac previo pago de otros 500 euros más que consiguió trabajando. “La brújula se descalibró, estuvimos cinco días perdidos 39 personas en la barca. Nos topábamos con cayucos con gente muerta dentro. Fue algo terrible”.

Sigui tiene hoy 40 años y es refugiado en España. Su historia no es un hecho aislado. Sólo hay que entrar en un centro de acogida de cualquier ciudad para darse cuenta de cómo es el mundo, de que detrás de cada guerra, de cada violación de los derechos humanos hay miles de dramas que se ven en las caras de los africanos, de los sirios, de los palestinos, de los ucranianos… La lista es interminable. Y cuando un ser humano pasa por lo que Sigui ha vivido, o circunstancias similares, cuando ve que su vida o la de su familia están en peligro, huye. Y la comunidad internacional tiene el deber moral de acogerle. Así debería ser. Aunque no lo es siempre.

“Un refugiado es una persona que se ve obligada a huir de su país por motivos de raza, religión, nacionalidad, condición sexual o por la violación de los derechos humanos”, explica Estrella Galán, secretaria general de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). “Esos perfiles están reconocidos en la Convención de Ginebra de 1951 y hay que demostrar que encajas con uno de ellos, bien con tu testimonio o con documentación que acredite que la historia que cuentas es real, porque eso siempre te lo facilitará. Sin embargo, hay que tener en cuenta que a los refugiados no se les puede exigir documentación porque normalmente salen a escondidas de su país, huyen del propio país que les persigue”.

Coincidiendo con la celebración del Día Internacional del Refugiado en el mes de junio, el debate sobre este asunto en la UE estaba más que abierto. No es suficiente con querer salir de sus países. Las dificultades para hacerlo son extremas. Las travesías clandestinas, casi tan arriesgadas como quedarse en sus países esperando la muerte. El Mediterráneo es ya una fosa común donde en 2014 perdieron la vida cerca de 3.500 personas (22.500 en los últimos 15 años).

Por eso, Bruselas ha propuesto un reparto por cuotas, para que no todos los refugiados terminen en los países que les quedan más cerca en su camino de huida a la salvación. Pero no todos están de acuerdo con ese reparto, a España le tocaba una cuota de 4.288 personas en dos años y sólo aceptará a 1.300. En el pasado, apenas atendió al 0,95% de las 625.000 personas que solicitaron asilo en la UE. En concreto, aquí lo pidieron 5.947. Ocupamos el puesto número 14 en la lista de solicitantes de asilo entre los 28 países de la UE, según datos de CEAR.

Pesado equipaje

En el mundo hay casi 60 millones de personas desplazadas. De ellos, algo más de 16 millones son refugiados. Los conflictos bélicos son el motivo fundamental de estos desplazamientos. Pero no los únicos. Alexandra Andino, una hondureña de 35 años que hoy trabaja en la limpieza de un edificio, aún tiene en su carne las secuelas físicas de su persecución. Cicatrices y heridas de bala salpican su piel convirtiéndola en un mapa de su propia vida. Pero las que tiene en el alma son las que de verdad jamás podrá borrar.

Alexandra llegó a España huyendo de la persecución a los  transexuales en Honduras. Erli pide asilo por el mismo motivo.
Alexandra llegó a España huyendo de la persecución a los transexuales en Honduras. Erli pide asilo por el mismo motivo.

Llegó a España en 2012 con dos maletas, metáfora de su existencia: en una había ropa de varón. La otra estaba llena de maquillaje. “Mi padre era alcohólico y extremadamente machista. Mi madre trabajaba fuera de casa más de 12 horas al día. Desde bien pequeño tuve que dedicarme a cuidar de mis hermanos. A los siete años yo limpiaba mi casa y los aseaba a ellos”. Alexandra era un niño. Un niño muy maduro y también con una sensibilidad especial. Con 11 años descubrió en las clases de catequesis que tal vez esa sensibilidad era mayor de lo que él creía. “Yo llevaba unas gafas de sol que me había regalado mi madre. Unos chicos me dijeron algo, me hicieron un comentario sobre ellas y en ese momento me di cuenta de todo”. Trató de disimular mucho tiempo, le espantaba ver cómo sus amigos se reían de los jóvenes gays, pero aquello le hervía por dentro. No le importó que sus padres decidieran que se cortara el pelo, que le obligaran a vestir con ropa de varón. Alexandra continuó su lucha y empezó a militar por la defensa de los derechos de los transexuales en Honduras.

“Cuando en 2010 llegó al poder Porfirio Lobo Sosa, dijo que iba a eliminar la lacra de Honduras. Creo que todos pensamos que se estaba refiriendo a las maras, a la pobreza, a la delincuencia que convierte al país en uno de los más peligrosos del mundo. Pero no. Yo militaba en la Asociación LGTB Arcoiris cuando un día me llaman y me dicen que había aparecido muerta una transexual en la calle. La semana siguiente fueron dos. Continuaron matándolas por parejas, hasta que en un año aparecieron unas 200 identificadas como transexuales, aunque estoy segura de que hubo más. Yo, que era la cabeza visible de Arcoiris, estaba en el punto de mira. Me entrevistaban en la radio, en televisión, venían a hablar conmigo periodistas de EEUU…”.

Una noche, Alexandra escuchó la detonación de un arma de fuego en la puerta de su casa. Al momento, unos individuos entraron y la secuestraron. No recuerda qué le hicieron ni dónde la llevaron. Cuando terminaron de torturarla, y con dos impactos de bala en las piernas, la tiraron al vacío por el cerro del Picacho, al norte de Tegucigalpa. La dieron por muerta.

Alexandra supo que tenía que irse de Honduras si quería vivir. Decidió marcharse, pero antes interpuso una denuncia contra el estado y la policía nacional, “principales sospechosos de las múltiples amenazas que sufrí” durante muchos años y de las posteriores torturas.

Abandonó su peluquería, que le habían destruido ya en varias ocasiones y que ella levantaba cada una de las veces. Era todo lo que tenía. “Lo intenté en Brasil, Nicaragua y Costa Rica, pero en todos esos países las cosas funcionan de manera parecida. Mi destino final fue España. Presenté la solicitud de asilo y a los cinco meses y medio me concedieron el estatuto de refugiado”.

No es que a Alexandra le resultara fácil el proceso, pero lo cierto es que hay casos que aún se complican mucho más. Tal vez sea el de su amigo Erli Antonio Aguilar, un joven de 27 años que acaba de pedir asilo en España por el mismo motivo que Alexandra y que aún no ha recibido respuesta. También es hondureño. Tuvo que viajar hasta El Salvador, desde allí a Bogotá y desde la capital colombiana a Madrid para que no le siguieran la pista. Su activismo dentro de las organizaciones de transexuales le llevó a la persecución constante. Y tuvo que marcharse y dejar a sus tres hermanos, de quienes cuidaba desde que tenía 15 años.

El calvario de la huida

La imposibilidad de abandonar tu país sin jugarte la vida o sin tener la necesidad de dar media vuelta al mundo antes de llegar a un destino seguro es lo menos que puede ocurrir cuando pretendes solicitar asilo. Lo de llegar a ese destino seguro, cuando prácticamente lo tienes a la vuelta de la esquina, se convierte en un verdadero infierno, como le ocurrió a Ahmed Yafa.

“Pertenezco a la tercera generación de refugiados de mi familia”, cuenta Ahmed Yafa, que sobrevivió a un largo calvario para salir de la franja de Gaza.
“Pertenezco a la tercera generación de refugiados de mi familia”, cuenta Ahmed Yafa, que sobrevivió a un largo calvario para salir de la franja de Gaza.

Si para cualquier ciudadano salir de una zona en conflicto supone un calvario, eso se puede multiplicar para un palestino. “Nací en un campo de refugiados en la franja de Gaza”, se presenta. Con esta introducción, se sabe que el resto de la historia va a ser complicada. “Pertenezco a la tercera generación de refugiados de mi familia. Primero fue mi abuelo, luego mi padre y después yo. Mi abuelo nació en Jafa. Aún tiene las llaves de su casa. Y las escrituras. Pero la casa ya no existe, ni la parra que siempre cuidaba”, añade.

La resistencia ha formado siempre parte de la vida de Ahmed, que tiene 31 años y trabaja como telefonista en CEAR. Desde muy joven se marchó a estudiar fisioterapia con una beca a Irak. “Para nosotros la educación es un refugio, un arma. Por otro lado, poder salir de un sitio del que muy poca gente sale a menos que tengas pasaporte o residencia en el extranjero, un problema de salud muy grave o una beca, ya es una suerte. Y yo tenía la beca”, relata.

Vivió tres años en Bagdad y allí empezó a militar en la izquierda. Pero pronto llegaron los ataques de EEUU. La guerra estaba a punto de comenzar y debía decidir si irse o quedarse. Y optó por lo segundo, trabajando en el hospital Sadam Hussein de la capital iraquí. “A los tres o cuatro días de la caída de Bagdad, era evidente que los palestinos ya estábamos perseguidos. No había otra opción que la de marcharse”, recuerda Ahmed. Y volvió a Gaza más convencido que nunca de que debía defender la causa palestina hasta donde fuera necesario. “Mi lucha contra los diferentes gobiernos fue muy activa: la corrupción de Fatah, la religión de Hamas, el machismo de la sociedad… Trabajé en muchas ONG en apoyo de las mujeres y los niños, la parte más débil del conflicto. Mi familia no me comprendía. Había dejado de ser tan religioso como antes. Fue un cúmulo de cosas que me hicieron intentar salir de Palestina a través de sobornos durante tres largos años”.

Pero lo más insólito de la historia de Ahmed fue el periplo que tuvo que hacer para llegar a Madrid. Logró cruzar la frontera hasta El Cairo, desde donde pediría el visado para ir a Italia. Pero no lo consiguió. No le dejaron salir del aeropuerto, así que decidió coger un avión a uno de los dos únicos sitios donde no le pedían visado de entrada. El primer vuelo a Kuala Lumpur era inmediato, así que lo cogió con el fin de volar luego desde allí a Siria, donde conseguiría los papeles para ir a Italia. Ya en Damasco, las cosas no iban a ser tan sencillas. La situación social estaba empezando a ponerse tensa y no le daban el visado para salir. “Conocí entonces a dos abogados que me recomendaron comprar un billete para ir a Cuba como turista. Tenía que ser un vuelo Damasco-La Habana que hiciera escala en Madrid. Creo que si no hubiera seguido los consejos de esos abogados, hoy no estaría vivo. En cuanto llegué a España pedí asilo”. Era el año 2009. Hoy está casado y vive legalmente en Madrid.

Ucranianos, palestinos, iraquíes… Las mayores olas de personas que se mueven por el mundo buscando refugio son las que vienen de estos países. Llegan a Alemania, Estados Unidos, Turquía, Suecia, Italia… En España sólo demandaron asilo 5.947 personas el año pasado, lo que no significa que se les haya concedido aún, claro. Según ACNUR, es Siria el principal emisor de personas refugiadas. Después de cuatro años de guerra civil encarnizada, más de la mitad de la población ha decidido marcharse. La mayoría sueña con volver algún día, a pesar de que sus casas ya no existirán y muchos de sus familiares tampoco estarán para recibirlos.

La familia Harastani.
La familia Harastani.

Los Harastani apenas llevan aquí un año. Es un matrimonio de clase media que vivía en Damasco con sus tres hijos que se encaminan a la adolescencia: Nazier, Fatma y Kariem. Él, Mohamad, de 56 años, es fisioterapeuta. Ella, Lina, profesora de inglés. Viven en un centro de acogida en Getafe a la espera de que se les conceda –o no- el estatuto de refugiado. Se les acabó el dinero, apenas viven con 140 euros al mes y desconocen el futuro que les espera a sus hijos.

“Un día de enero de 2013, los militares llegaron a mi tienda de informática. Me llevaron a la cárcel sin motivo y me torturaron. Estábamos más de 30 personas en una celda de tres por cuatro. La gente moría de pie. Como soy diabético y no estaba tomando la medicación, pensaron que me habían matado, y me abandonaron en la calle, con todos los dientes y los huesos rotos”. Mohamad llora mientras relata su historia. Y sufre por el futuro de sus hijos. A los pocos días de llegar a Madrid, cuando aún estaban hospedados en un hotel, sufrió un ictus. Hoy apenas puede mover el brazo izquierdo. No puede trabajar. “Tengo 56 años y tres hijos… ¿qué va a ser de nosotros?”.

Larga espera

Mientras, Lina, de 41 años, nos enseña las fotos de su casa, antes y después de ser bombardeada. Su esposo tenía un aspecto formidable, con muchos más kilos que ahora. Nada que ver con el Mohamad que conocemos en el centro de acogida. Todos aparecen sonrientes en las fotos, felices. Los niños, sentados junto a sus padres en los sillones de madera dorada de su salón, consultando algo en su ordenador portátil mientras miran de reojo el objetivo, preparando la cena en la cocina… Ya no son ni la sombra de lo que fueron. “Pero merecía la pena perderlo todo para salir de allí. Lo hicimos por Líbano”. Primero Mohamad, y un año después Lina y los niños, justo el mismo día que acababa el curso escolar. Nada más salir del colegio se montaron en un coche y se fueron de Siria. “Nuestro plan era venir a España para irnos a Suiza, donde mi marido trabajó durante 15 años. Y así lo hicimos. Pero después de cinco meses de espera, Suiza no nos dio los papeles. Ahora, confiamos en que España entienda lo que nos ha pasado, cómo nos sentimos, que no tenemos ya nada, sólo deudas, sólo incertidumbre por la vida de nuestros tres hijos”, se lamenta Lina.

Pero, ¿lo entederá España? ¿Entenderá el drama que han vivido muchas personas en sus países? ¿El que viven ahora mientras esperan? No queda otra opción que eso, esperar. Y cuando la resolución llegue, cuando no sean deportados de nuevo a sus países, cuando puedan vivir aquí de manera legal, no les quedará más remedio que asumir que su país quedó lejos y que tal vez durante muchos años no puedan volver a él, ni a sus casas derruidas, ni a abrazar a sus familias rotas… Porque, no hay duda, a ningún refugiado le hubiera gustado jamás llegar a serlo.

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