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domingo , julio 21 2019
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Una gran mayoría de ciudadanos europeos creen que la pertenencia de sus países a la Unión es positiva
Una gran mayoría de ciudadanos europeos creen que la pertenencia de sus países a la Unión es positiva

Un futuro por hacer

Por Ramón Jáuregui Atondo/Eurodiputado

Europa se enfrenta a decisiones que debe tomar para recuperar la fe europeísta de la mayoría. Ya sabemos que hay antieuropeístas. Sabemos que ha rebrotado un nacionalismo soberanista reivindicativo del Estado que niega la ciudadanía europea y su democracia. Sabemos que, incluso en el seno del europeísmo, hay actitudes frías, escépticas, sobre los avances de Europa y demasiados países, por desgracia, que se niegan a dotar a la Unión de más competencias o de más recursos. Sabemos que hay fracturas muy serias entre los 28 países de la Unión en políticas muy importantes para el futuro.

Sabemos todo eso, pero recordamos a Monnet cuando aconsejaba dar un paso adelante en la construcción, cada vez que una crisis paralizaba la marcha de la obra. Conocemos las dificultades pero confiamos en el sentir muy mayoritario de una ciudadanía que, en toda Europa y en todos los países de la Unión, a pesar de todo sigue apoyando y creyendo en el proyecto europeo. Desde Lisboa a Budapest, desde Atenas a Riga, una gran mayoría de ciudadanos europeos creen que la pertenencia de sus países a la Unión es positiva y que ha traído enormes beneficios, como ha puesto de manifiesto los resultados del Parlámetro 2018 de septiembre de 2018, el resultado más elevado obtenido desde 1983. En España, un muy mayoritario 83% afirma sentirse ciudadano de la Unión Europea, el valor más alto de toda la Unión Europea, tan solo por detrás de los luxemburgueses (89 %).

Es sobre ese optimismo en el futuro de Europa sobre el que debemos trabajar los próximos años en la construcción de este bello edificio al que todavía le faltan algunas plantas. ¿Cuáles son estas tareas pendientes, esos retos que definen el futuro de Europa?

Los retos de Europa

En primer lugar, debemos abordar las tareas pendientes en la arquitectura institucional de nuestra Unión Monetaria y de nuestra Gobernanza Económica. Esa arquitectura ha mostrado enormes deficiencias en los instrumentos con los que hicimos frente a la crisis 2009-2014 y necesita ser completada y reforzada. Así, la Unión Bancaria debe debe ir acompañada de un Fondo de Garantía de Depósitos Europeo; la Zona Euro debe contar con un presupuesto propio que alimente inversiones o que establezca un seguro de desempleo complementario a los nacionales; el Mecanismo de Estabilidad debe convertirse en un Fondo Monetario Europeo y el Ministro del Euro debe ser un Vicepresidente de la Comisión que presida también el Eurogrupo. Estas, entre otras cosas, son urgencias de una gestión monetaria en coordinación con el Banco Central, que nos fortalezca frente a nuevas crisis financieras, bancarias o de deuda pública como las sufridas estos últimos años.

A su vez la gobernanza económica de la Unión afronta divergencias macroeconómicas muy serias y un peligroso reto de estancamiento en el crecimiento y la competitividad. La Unión tiene que abordar un delicado proceso de convergencia económica de los Estados miembros y debe hacer un esfuerzo inmenso de acelerar nuestra competitividad a través de la I+D+i, de su política industrial y comercial, liderando la sostenibilidad climática y favoreciendo las inversiones en las grandes infraestructuras físicas y tecnológicas. Avanzar en el Mercado Único será —como siempre— una tarea tan inacabada como necesaria.

Junto a todo ello, el Pilar Social será la otra base de una estrategia integral de crecimiento sostenible y de inclusión social. Miramos a la Cumbre de Gotemburgo del pasado año y nos preguntamos cuándo y cómo desarrollará la Unión Europea sus grandes objetivos. Mucha de la desafección creada contra Europa en estos últimos años viene de la precarización laboral que ha provocado la crisis y que está extendiendo la economía digital y de la devaluación social que han sufrido las clases sociales más desfavorecidas. Por eso necesitamos responder a tantos europeos —sobre todo del Sur— que miran a Bruselas pidiendo señales de lo que siempre fue y quiere seguir siendo Europa: un espacio público de dignidad laboral y de protección social, la economía social de mercado más avanzada del mundo. Por eso muchos creemos que Europa debe impulsar una renovación profunda de nuestro marco socio-laboral, adaptándonos con justicia y dignidad social a una economía globalizada y digitalizada, en una sociedad cohesionada.

El Pilar Social tiene que responder a una Europa inclusiva que camina hacia la convergencia de derechos y de protección. Una Europa que establece un salario mínimo relativo en cada Estado, que legisla para conectar nuestros sistemas de seguridad social, que enfrenta la igualdad de mujeres y hombres en todos los planos, que protege del desempleo, que conecta las oficinas de empleo nacionales y las universidades y el voluntariado. Una Europa que establece derechos iguales en las condiciones de trabajo, las políticas de familia, la protección de los mayores. No es fácil porque la política social es una competencia nacional, pero hay una demanda política de avanzar hacia un “New Deal social” en esa Europa que siempre estuvo a la vanguardia del trabajo decente y de la protección social.

En todos estos temas hay una brecha norte-sur que sigue lastrando los avances. Una serie de países desde Holanda a Finlandia, pasando por Alemania, claro, se oponen a mutualizar la política económica y la solidaridad. Desconfían del sur y frenan las medidas precisas para esa arquitectura institucional requerida en el Euro y para esa solidaridad y convergencia que necesitamos en la política económica y en la social. Superar esta brecha de desconfianza es una de nuestras mayores urgencias.

Una migración que se necesita, pero no se ordena

Otro de los retos es la emigración. Aquí la brecha es este-oeste y nos ha impedido adoptar hasta la fecha una política común en el conjunto de los países de la Unión. Hemos fracasado en la acogida de los refugiados de la guerra de Oriente Medio, permitimos que mueran en el Mediterráneo los inmigrantes africanos y reñimos unos Estados con otros echándonos en cara quién recibe y quién expulsa a una migración que —en el fondo— necesitamos y no ordenamos. Este es uno de los principales retos del futuro de la Unión y de su éxito puede depender, incluso, la existencia misma del proyecto común.

Sobre el papel, la solución es simple. Abrimos consulados europeos en los países africanos de origen y los traemos en avión, los repartimos en los países, los formamos y los integramos. Así se paran los flujos ilegales y controlamos mejor nuestras fronteras exteriores. Este es el camino. Lo que falta es recorrerlo.

Desgraciadamente en el terreno de las ideas, los sentimientos de rechazo y sobre todo la manipulación insolidaria y reaccionaria de estos sentimientos, está generando un peligroso movimiento político y social polarizando a la sociedad y extremando el discurso político de la derecha.

En realidad, estamos siendo incapaces de vencer dialécticamente este combate y corremos el riesgo de encerrarnos —como Japón— sin comprender que nuestro propio progreso depende de una integración inteligente, de una inmigración que demográficamente necesitamos y que nuestros sistemas fiscales y de protección nacional demandan con urgencia. Si no llegan 20 o 30 millones de emigrantes antes del año 2050, nuestra seguridad social quebrará.

Otra de las plantas del edificio es la seguridad interior y la defensa europea. Los acontecimientos han puesto de manifiesto que sufrimos ataques terroristas de enorme crueldad y daños masivos en cualquiera de nuestras ciudades. La vecindad es conflictiva, sobre todo con Rusia a raíz de las crisis de Ucrania y el mundo en el que operamos, desde Irán a Oriente Medio, desde las guerras comerciales a las tecnológicas, exigen cada vez más una Europa que dé seguridad a sus ciudadanos, que pueda defenderse por sí sola y que pueda operar en la escena global con poder real, no solo con el softpower de la diplomacia.

De todo ello ha surgido una corriente de opinión unánime en todos los países de la Unión: necesitamos coordinar nuestra policía y nuestros servicios de seguridad y de inteligencia para ser eficaces y hacer una Europa segura para sus ciudadanos. Con la misma fuerza ha emergido la necesidad de tener una estrategia de seguridad y un ejército europeo que unifique tanto la industria militar europea como los cuerpos militares nacionales. Este es un camino que deberemos recorrer en coordinación con la OTAN y en él, la relación con los EEUU adquiere, de nuevo, gran importancia.

Junto a todo ello la Unión tiene que mejorar su funcionamiento. Hay demasiada heterogeneidad y demasiados vetos. En el ámbito fiscal, por ejemplo, es vergonzoso que no hayamos podido avanzar más a pesar de la alarma social surgida contra los escándalos de LuxLeaks o los Panama Papers y ante la constatación de que el impuesto de sociedades se diluye en las oscuras cañerías de la globalización financiera, la economía digital y la planificación fiscal agresiva. Peor aún, ante la evidencia de que algunos Estados acuerdan con algunas grandes compañías instalar sus sedes centrales en sus capitales en perjuicio de otros países de la Unión y les perdonan sus impuestos a cambio de la riqueza que les genera su presencia física en ellos. Esto en un Mercado Único e integrado es absurdo, injusto y desleal. Pero cuando la Comisión quiere corregirlo, el Consejo se encuentra con el veto de los países beneficiados.

Nacionalismo soberanista, anacrónico y reaccionario

Bandera de la Unión Europea ondea en la sede de la Comisión Europea.
El reto político más serio es el nacionalismo

La Unión debe abordar, por eso, cambios internos urgentes e importantes: eliminar la unanimidad para muchas decisiones, hoy vetadas o ralentizadas hasta la exasperación por los vetos de unos y otros; devolver la iniciativa a la Comisión y darle un liderazgo político que le ha arrebatado el Consejo; hacer más fuerte el peso del Parlamento Europeo y el método comunitario en la gestión de los consensos internos; avanzar en el Mercado Único y en la cooperación entre los Estados miembros; asegurar la traslación y la aplicación del derecho comunitario a todos los Estados miembros, etc.

Pero, quizás el reto político más serio es el que surge del rebrote nacionalista que sufren muchos países de la Unión. Es un nacionalismo antibloqueo, soberanista, arcaico, nostálgico, anacrónico, reaccionario. Europa se creó para superarlos y construyó la unidad de la diversidad. Generó así los 60 años más positivos de paz y de progreso. Construyó una organización supranacional para evitar los desastres del pasado muchos de ellos debidos precisamente a los nacionalismos (recuerden aquella contundente frase de Mitterrand en Estrasburgo: “Le nationalisme est la guerre”) y para enfrentar un mundo globalizado en el que solo una Europa unida podría defender sus valores y sus fundamentos.

Pues bien, esta internacional nacionalista que quieren crear Steve Bannon con Le Pen, Salvini, Orban, Vox, AFd, etc., es un torpedo a la piedra de bóveda de esta construcción. En sí misma es un oxímoron porque el nacionalismo no puede ser internacional, pero lo que de verdad les une es su intento de debilitar Europa. O, por qué no decirlo, de destruirla.

¿No es hora ya de advertir a nuestros conciudadanos que hay potencias muy interesadas en una Europa débil o rota? Rusia mantiene serios enfrentamientos con nosotros y por eso financia a quienes no nos quieren o nos invade con fake news estimulando todas las batallas internas de la UE. Los Estados Unidos de Trump nos amenazan con todo: con la OTAN, con guerras comerciales o apoyando al Reino Unido con su Brexit.

Por eso hay que combatir ese mundo hostil, esos proyectos reaccionarios que vuelven a la Guerra Fría, que desprecian los derechos humanos, que destruyen el multilateralismo, que niegan la gobernanza financiera del mundo…

Hay que combatir y ganar esos sentimientos manipulados contra Europa explicándoles que les engañan y que no hay futuro con esa mirada introspectiva y ombliguista hacia sí mismos con la que nos quieren encandilar los soberanismos. Hay que explicar que todos somos demasiado pequeños para afrontar el futuro. Incluso Alemania o Francia. Todos los retos importantes de este mundo en cambio que vivimos superan a nuestros Estados y nos exigen dimensión y poder para defender nuestros valores y nuestros intereses. Si la paz y el progreso fueron los motores de la Europa de la posguerra, hoy, en el siglo de la globalización y de las revoluciones científicas, ante una creciente hostilidad exterior con peligrosas guerras comerciales, tecnológicas, monetarias, etc., y una inseguridad creciente en una vecindad conflictiva como nunca, el motor es la necesidad de potencia y dimensión para tener peso en el mundo. Para pisar fuerte en un mundo que se desplaza hacia Asia y en el que aparecen nuevas potencias en un multilateralismo desordenado y en una competencia planetaria.

Este es un relato imprescindible si no queremos diluirnos en la pequeñez de nuestros nacionalismos y puede y debe ser completado por la fuerza moral de nuestros valores democráticos y por la imprescindible defensa de nuestro modelo de Economía Social de Mercado en una Sociedad del Bienestar. Hay cosas que solo una Europa unida y fuerte puede abordar: negociar acuerdos comerciales con el resto del mundo; estructurar una defensa común dotada de un ejército europeo; unificar nuestra política exterior; liderar la lucha contra el cambio climático; defender un multilateralismo ordenado y justo; expandir los derechos humanos como base social de la dignidad humana; ordenar y regular la economía digital y el internet de las cosas…

El Brexit, un gran fiasco

Por último, el Brexit y sus consecuencias. Empecemos por reconocer, a estas alturas, tres años después del referéndum que no sabemos si se van o se quedan. Recientemente, los 27 Estados miembros aprobaron una nueva prórroga fijada hasta el 31 de octubre de 2019 para permitir la ratificación del Acuerdo de Retirada por ambas partes. Si el Reino Unido sigue siendo un Estado miembro entre el 23 y el 26 de mayo de 2019 y no ha ratificado el Acuerdo de Retirada a más tardar el 22 de mayo de 2019, estará obligado a celebrar elecciones al Parlamento Europeo.

En el momento de escribir estas líneas nadie sabe si Westminster aprobará el Acuerdo de Retirada y el Reino Unido se irá ordenadamente. Si no es así, los británicos participarán en las elecciones y nadie sabe si los 73 diputados que elijan el 23 de mayo, se quedarán sólo temporalmente o para siempre. En este caso, el Brexit habrá muerto y lo que toca es pensar en cómo asegurar la marcha y el futuro de la Unión con un socio tan raro.

En todo caso, no dejo de preguntarme una y otra vez, si estamos extrayendo las evidentes conclusiones que se derivan de este gran fiasco que fue y es el Brexit. Me pregunto si mis conciudadanos están reflexionando sobre las graves consecuencias que se derivan de ese derecho a decidir que con tanta facilidad se esgrime como una especie de derecho absoluto y se defiende como una forma superior de democracia.

Cuando ese supuesto derecho se expresa en términos de un deseo: ¿le gustaría a usted separarse de Europa? o ¿le gustaría a usted ser una república independiente? Los electores son engañados de principio a fin. Primero, porque el debate público será inevitablemente manipulado por escenarios fantasmagóricos y tramposos (seremos más ricos, volveremos a ser un imperio, etc.) y por campañas masivas en las redes de potencias interesadas en uno o en otro destino. Pero, finalmente y sobre todo, porque cuando se trata de una decisión estructural, existencial, como lo es independizarse, la materialización de ese deseo resulta imposible o está tan cargada de consecuencias, que la verdadera democracia sería volver a preguntar a ese pueblo si acepta las condiciones concretas en las que su deseo puede materializarse.

Pero lo peor son las consecuencias. En el caso del Reino Unido los derechos de millones de personas y de sus familias (europeos en UK y británicos en Europa), están en el aire. Su moneda y su economía se devalúan cada vez más, su potente sector financiero está en riesgo y el único acuerdo posible para materializar su salida de la Unión ha sido rechazado hasta tres veces por el Parlamento. Lo más grave, su comunidad está cada día que pasa más fracturada, la paz de Irlanda en peligro y su integridad territorial cuestionada. Quizás solo queden Inglaterra y Gales después de semejante catástrofe.

En todo caso, la salida del Reino Unido de la Unión (¿?) nos obligará a definir un nuevo marco de Asociación política y comercial con ese país tan importante y cercano. Será la ocasión de decirles a algunos que no quieren avanzar más que tienen ese nuevo marco como salida. Es demasiado prematuro para decirlo, pero es necesario advertirlo.

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El mundo no espera por Europa

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