Cómo el Japón del siglo XVIII creó una sociedad circular y sostenible que hoy sirve como hoja de ruta estratégica para redibujar nuestro progreso
Imaginemos por un momento una sociedad donde nada se desperdicia. Donde cada objeto tiene un uso, una segunda vida y un sentido. En la que la naturaleza no es un recurso a exprimir, sino un entorno a cuidar. Donde la comunidad importa más que el beneficio inmediato y el respeto —al otro y al entorno— estructura la vida económica y social. No es una utopía nórdica del siglo XXI ni un manifiesto ecologista contemporáneo. Es una sociedad real. Existió. Funcionó. Durante décadas.
En el Japón del siglo XVIII, las ciudades estaban diseñadas para optimizar recursos, los materiales se reutilizaban de forma sistemática y los oficios se ejercían con una mezcla de excelencia, responsabilidad y orgullo colectivo. La economía era local, circular y profundamente humana. No porque hubiera una ideología verde detrás, sino porque vivir de otro modo era inviable.

Los bosques se gestionaban para no agotarse, el agua se compartía, los residuos casi no existían y la cohesión social era el verdadero seguro de vida. El crecimiento no era infinito, pero el equilibrio sí era sostenible. Hoy diríamos que era una sociedad alineada con los derechos humanos, el respeto medioambiental y el bien común, aunque entonces no se usaran esas palabras.
Esa sociedad “moderna” que acabo de describir pertenece al Japón del periodo Edo.
Constraste incómodo
Entre los siglos XVII y XIX, Japón vivió uno de los experimentos sociales más estables de la historia: más de dos siglos de paz, prosperidad contenida y equilibrio ecológico. Mientras hoy asociamos progreso con velocidad, consumo y acumulación, Edo demostró que una civilización avanzada puede organizarse dentro de límites claros sin colapsar.
El contraste con nuestro tiempo es incómodo. Nosotros hemos hecho justo lo contrario: crecimiento sin freno, naturaleza externalizada, comunidades debilitadas. Y nos sorprende el resultado. Quizá el problema no sea que no sepamos innovar, sino que hemos olvidado cómo vivíamos cuando aún sabíamos medir las consecuencias.
Entender cómo funcionó el mundo en el pasado no es un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta estratégica. Solo mirando atrás podemos redibujar un futuro distinto, más justo y más habitable.
Este texto es un fragmento del libro del filósofo australiano Roman Krznaric, “Historias para mañana: mirar al pasado para caminar hacia el futuro”, recientemente publicado. Un recordatorio oportuno de que, a veces, el verdadero progreso no consiste en correr más rápido, sino en volver a aprender a caminar.




