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La escena de sexo más antigua de la historia del arte

HISTORIAS OCULTAS DEL ARTE
Por Javier Molins
08/02/2016

Corría el año 9000 A.C. cuando un artista en ciernes decidió tallar sobre piedra el acto que mueve al mundo. No tuvo el atrevimiento de Courbet, quien en 1866 pintó directamente una vagina abierta en todo su esplendor y le dio el título de El origen del mundo, sino que fue más sutil. Optó por llevar al terreno plástico aquello que se dice en las celebraciones matrimoniales de que a partir de entonces los enamorados pasarán a ser un sola persona.

El escultor primitivo fusionó dos cuerpos en uno, o más bien decidió sacar dos cuerpos de una sola piedra por lo que, finalmente, quedaron muy unidos, tanto por la boca como por sus partes íntimas. Lo primero indicaría que, por aquella época, los seres humanos ya se besaban y lo segundo demostraría una vez más que tan solo la cópula y los espejos eran capaces de reproducir la fealdad de este mundo.

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El primer aspecto que llama la atención de la primera escultura de dos personas teniendo sexo es que lo realizan sentados mirándose a los ojos de igual a igual. Nada de la clásica postura denominada “el misionero”, ni la más animal que podríamos denominar a lo perro, bueno, quizás fuera mejor decir a lo mono dada la ascendencia del ser humano.

Los dos amantes se juntan de forma simétrica como luego lo harían los amantes de Brancusi o los de Rodin. Y es que, en la época en que esta obra fue realizada, los seres humanos comenzaban a dar el paso de convertirse en granjeros. Hasta esa fecha, se habían movido como cazadores de tribus nómadas pero, con el deshielo, comenzaron los asentamientos de los animales y, por consiguiente, el de los humanos. Y, claro está, cuando uno ya tiene un hogar donde volver cada noche y donde poder formar una familia, pues ya se plantea el sexo de una forma más relajada y sofisticada.

La cueva de Ain Sajri cerca de Belén fue uno de estos primeros hogares de estos seres humanos que decidieron abandonar la vida nómada y establecerse de forma permanente en unas comunidades compuestas por entre 200 y 300 personas como máximo. Y ahí es donde uno de estos humanos, además de encontrar el reposo y la tranquilidad necesarios para practicar sexo, también lo encontró para crear una obra de arte.

El consul francés en Jerusalén René Neuville vio en 1933 esta pequeña escultura de diez centrímetos de altura entre una serie de restos arqueológicos reunidos por unos sacerdotes de Belén. Al preguntar por el origen de la misma, le contaron que un beduino la había traído procedente el Mar Muerto. Neuville contactó con el beduino, quien le llevó a la cueva de Ain Sajri, donde la excavaciones realizadas demostraron que se trataba de un asentamiento de los natufienses, una de las primeras culturas que decididó practicar la agricultura y domesticar animales como los perros, las cabras o las ovejas.

La estatuilla pasó a formar parte de la colección del consul francés hasta que en 1958 fue adquirida por el Museo Británico de Londres, lugar en el que se expone actualmente en la sala de manuscritos por la que pasan muchos visitantes sin darse cuenta que esa pequeña piedrecita representa el verdadero origen del mundo.

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