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La fragmentación del voto complica la gobernabilidad de España

Por José Juan Verón
29/10/2015

Capitular Pasadas las elecciones catalanas del 27 de septiembre resulta imposible no hacer una lectura en clave nacional (o española, como ustedes quieran) de los datos. Haciendo una proyección hacia las generales de los resultados obtenidos, aunque parezca extraño, el PP mantiene el tipo, dado que crece en número de votos absolutos (aunque descienda en porcentaje) y mantendría los tres diputados por Barcelona que daban las proyecciones de las autonómicas de 2012. El PSC (PSOE) y el bloque de Podemos con ICV y EU perderían tres diputados cada uno respecto a lo que decían los números hasta ahora, mientras que Ciudadanos ganaría cinco diputados y la coalición de CDC y ERC, si consigue mantenerse a flote estos tres meses que quedan, mejoraría en tres diputados las previsiones respecto a una comparecencia en solitario a estas generales. La CUP obtendría dos diputados, los mismos que le daban los datos de 2012.

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Estas cifras son consecuencia de aplicar directamente los resultados obtenidos el 27S al reparto de los 47 escaños que las cuatro provincias catalanas tienen en el Congreso de los Diputados. Y el caso más llamativo es el de Lleida, única provincia que, de confirmarse esta proyección, sería completamente monocolor, con un pleno de cuatro diputados para Junts pel Sí.

La proyección dejaría un potente bloque independentista en la Carrera de San Jerónimo, con 28 diputados frente a los 19 de las fuerzas no independentistas de Cataluña. De quedar así, y trasladando a las próximas generales los resultados de las elecciones celebradas este año en cada territorio (autonómicas en el conjunto de España salvo Galicia y País Vasco, por lo que se han recogidos los votos a las municipales en el caso gallego y a las diputaciones forales en el vasco), el PP sería el partido más votado con 107 diputados frente a los 186 actuales; el PSOE sería la segunda fuerza en el Congreso con 98 diputados por los 110 que tiene en la actualidad;  y una gran coalición de Podemos e IU –ya descartada– con otras fuerzas de izquierdas podría alcanzar a los 73 diputados. Sin esta coalición, los datos indican que Podemos tendría alrededor de 36 diputados e IU podría tener problemas para lograr grupo parlamentario propio (5 diputados con un 5% de los votos en el conjunto de España), mientras que PP y PSOE recuperarían alrededor de 10 diputados cada uno.

Por detrás de las tres principales fuerzas políticas se situaría la coalición de Junts pel Sí con 26 diputados y una enorme fuerza territorial, y Ciudadanos, que obtendría 20 escaños. En otro nivel quedarían el PNV (7), Bildu (6) y otros partidos nacionalistas o regionalistas.

De este modo se observa una creciente fragmentación del voto que complicaría muchísimo la gobernabilidad. De hecho, el presidente del Gobierno necesita para su investidura un mínimo de  176 votos, algo que el PP no estaría en condiciones de lograr salvo con un hipotético pacto con el PSOE. Mientras, los socialistas podrían elegir entre pactar con el PP o bien con Podemos y alguna fuerza de menor tamaño.

Esto ocurriría si los votantes mantienen las tendencias que han expresado en las citas electorales de este año. Pero no se pueden eliminar algunos elementos de este análisis, factores que podrían hacer variar estas cifras de forma lo suficientemente significativa.

El primero sería la progresión y la proyección de Albert Rivera como candidato en unas elecciones generales, a pesar de que Ciudadanos como partido haya pinchado en algunos ayuntamientos. El segundo, el estancamiento e incluso retroceso en el que muchos indicadores sitúan a Podemos. También habrá que observar si el PSOE es capaz de recuperarse y aguantar, como parece haber hecho en Cataluña en la recta final de la campaña. Y en el PP la incógnita es doble: si calara la aparente renovación de caras jóvenes y si los votantes apreciaran la tan cacareada recuperación económica. Y luego está esa extraña capacidad de algunos políticos para meter la pata y complicarlo todo.

Porque aunque haya habido muchas elecciones seguidas en los últimos meses, parece que en todas ellas se han observado fenómenos extraordinarios y singulares. Así, en las europeas de 2014 irrumpió con fuerza Podemos; tras las municipales de 2015 algunas candidaturas de unidad popular alcanzaron significativas alcaldías como Madrid, Barcelona o Zaragoza; y en las catalanas del 27S se logró una participación récord que difícilmente volverá a repetirse.

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