El regreso a las raíces de la filosofía moral para rediseñar el capitalismo del siglo XXI
En 1776, Adam Smith publicó ‘La riqueza de las naciones’ y cambió para siempre la forma en que entendemos el crecimiento, el comercio y el papel del mercado. Dos siglos y medio después, su obra sigue siendo la arquitectura intelectual del capitalismo contemporáneo. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿qué pensaría Smith del sistema que ayudó a inspirar?
Si algo confirmaría la tesis de Smith es la capacidad del mercado para generar prosperidad material. El comercio global, la especialización productiva y la innovación tecnológica han elevado el PIB mundial y reducido la pobreza extrema en términos históricos.
En ese sentido, la división del trabajo que él describía en la fábrica de alfileres hoy se expresa en cadenas de valor globales, automatización avanzada e inteligencia artificial. La productividad ha alcanzado niveles impensables en el siglo XVIII.
Sin embargo, Smith no medía el éxito solo en términos de acumulación. Su economía estaba anclada en la filosofía moral. Y aquí empiezan las tensiones.

Concentración de poder y captura del mercado
Adam Smith desconfiaba de los monopolios y de la connivencia entre grandes empresas y poder político. Hoy vivimos una era de concentración corporativa en sectores estratégicos —tecnología, energía, finanzas— donde unas pocas compañías condicionan mercados enteros.
La “mano invisible” presupone competencia real. Cuando la competencia se reduce, el mercado deja de asignar eficientemente y empieza a extraer rentas.
Probablemente Smith vería con preocupación la captura regulatoria, la ingeniería fiscal agresiva y la financiarización excesiva de la economía. No porque rechazara el beneficio, sino porque entendía que el mercado necesita reglas para funcionar en beneficio del conjunto.
En el siglo XVIII no existía la conciencia climática actual. Hoy sabemos que parte del crecimiento económico ha sido posible gracias a la explotación intensiva de recursos naturales sin internalizar sus costes ambientales.
Aquí el marco clásico queda incompleto. El mercado asigna recursos según precios, pero si el precio no incorpora el impacto climático o social, la señal es defectuosa.
Smith defendía infraestructura pública y educación como funciones esenciales del Estado. Es razonable pensar que, ante la crisis climática, vería lógico un Estado que establezca marcos claros para corregir fallos de mercado.
Desigualdad y legitimidad
El capitalismo contemporáneo enfrenta un desafío de legitimidad. El crecimiento agregado convive con desigualdades persistentes y sensación de exclusión en amplias capas de la población.
Adam Smith entendía que la estabilidad de una nación dependía de la prosperidad general, no de la riqueza concentrada. Un sistema que genera crecimiento pero erosiona cohesión social pone en riesgo su propia sostenibilidad política.

¿Qué defendería hoy?
No sería un enemigo del mercado. Tampoco un defensor del intervencionismo indiscriminado. Probablemente defendería:
• Competencia real frente a oligopolios.
• Instituciones sólidas e independientes.
• Inversión pública en educación e infraestructura.
• Reglas que alineen beneficio privado con bienestar colectivo. En definitiva, mercados libres dentro de marcos institucionales robustos.
El debate pendiente
Doscientos cincuenta años después, el capitalismo ha demostrado ser un formidable generador de riqueza. Pero la riqueza no es sinónimo de prosperidad sostenible.
La gran cuestión contemporánea no es si debemos abandonar el mercado, sino cómo rediseñarlo para que incorpore plenamente impacto social y ambiental en su lógica operativa.
Si el siglo XVIII nos enseñó a crear riqueza, el XXI debe enseñarnos a orientarla. La economía no nació como una ciencia fría; nació como una rama de la filosofía moral. Recuperar esa raíz quizá sea el verdadero homenaje a Adam Smith en su 250 aniversario.
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