La población joven presenta los peores indicadores de alimentación saludable, con una menor adherencia al modelo mediterráneo. Este fenómeno se relaciona con los precios, situación laboral e influencia de nuevos entornos de consumo
Diversos factores, internos y externos, han minado la dieta tradicional de los españoles, caracterizada por productos frescos. Una investigación advierte que al menos 3 de cada 10 habitantes, mantienen hábitos saludables; el resto presenta en su ingesta habitual un 61% de bollería y un 56% de alimentos ultraprocesados. En esa escogencia priva a menudo el alto coste de adquirir comestibles sanos.
Un grupo de investigación en Sociología de la Alimentación de la Universidad de Oviedo analizó las transformaciones recientes en las prácticas de compra, preparación y consumo de alimentos en los hogares españoles, y los factores sociales que influyen en ellas. Según el II Informe Ecosocial sobre calidad de vida en España, los cambios en los hábitos alimentarios se están sintiendo en al menos un tercio de la población que no sigue pautas alimentarias saludables. Este rasgo, señala, está dando lugar a nuevas desigualdades en la salud.
Este informe se erige como una pieza cartográfica esencial para comprender las tensiones que definen esta época, donde la noción tradicional de bienestar se ve confrontada por los límites biofísicos del planeta y las profundas transformaciones en los hábitos de consumo. Este documento no se limita a realizar un escrutinio estadístico del bienestar material, sino que profundiza en la complejidad de un modelo de vida que parece caminar sobre el filo de una paradoja.

Mientras la sociedad española aspira a estándares de comodidad y seguridad cada vez más elevados, las bases materiales y ambientales que sustentan esa calidad de vida muestran signos evidentes de agotamiento y fragilidad.
El cambio en la dieta de los españoles
El trabajo muestra que la dieta mediterránea sigue estando muy presente en la mesa de los españoles y a nivel cultural, pero en la práctica cada vez más se alejan de ella. Este patrón alimentario saludable está basado en alimentos frescos, vegetales, frutas, verduras, legumbres, granos enteros, pescados y aceite de oliva virgen extra como principal grasa. “Gran parte de la población sí cumple con el consumo recomendado de fruta, pero se observan déficits en alimentos clave como verduras, legumbres y pescado, junto con un consumo superior a lo recomendado en el caso de la carne”, dice el informe.
Todo ello en un contexto en el que ha aumentado el consumo de productos ultraprocesados; una tendencia que puede favorecer el incremento del sobrepeso y la obesidad. Se identifica además, una clara brecha generacional, la población joven presenta los peores indicadores de alimentación saludable, con una menor adherencia al modelo mediterráneo, afirma el estudio.

Este fenómeno se relaciona con factores como la situación laboral, una cultura alimentaria más débil y la influencia de nuevos entornos de consumo. El precio, indica, es el principal obstáculo para el 73% de los encuestados para mantener una dieta saludable, con más del 13% de los hogares enfrentando inseguridad alimentaria.
Aunque la dieta mediterránea es el referente cultural, en la práctica el consumo de productos frescos flaquea frente a la comida procesada. Más del 90% de los españoles se preocupa por su alimentación, pero solo 3 de cada 10 mantienen hábitos saludables.
Precios y rapidez favorecen los ultraprocesados
Precisa que el consumo saludable se mantiene por debajo de las recomendaciones de la OMS. Solo el 3% de los niños en España cumple con las raciones recomendadas de fruta y verdura. La tendencia actual representa un riesgo para la salud pública al favorecer enfermedades no transmisibles, agravado por una menor disponibilidad de tiempo para la cocina y la influencia de nuevos entornos de consumo.
En cuanto a la compra, siguen dominando los supermercados de proximidad, mientras que las tiendas tradicionales resisten gracias a su especialización en productos frescos. Asimismo, crece de forma progresiva la compra online, especialmente en cadenas de tamaño medio. Los criterios de elección de los consumidores muestran rasgos distintivos en comparación con otros países europeos.

La población española concede importancia al contenido nutricional de los alimentos, lo que refleja una preocupación por la salud. Sin embargo, el precio ha ganado peso como factor decisivo, mientras que el origen de los productos o su impacto medioambiental pierden relevancia. Este panorama sitúa en una posición de mayor vulnerabilidad a pequeños comercios y productores locales, que encuentran dificultades para competir en un mercado globalizado.
En el ámbito doméstico, el estudio confirma la persistencia de desigualdades de género. Las mujeres todavía asumen mayoritariamente las tareas de compra y preparación de alimentos, lo que implica una sobrecarga de trabajo no remunerado. Aunque se observan avances hacia un mayor reparto de responsabilidades, este no siempre se traduce en una corresponsabilidad real, ya que la planificación de la alimentación sigue recayendo en ellas.
Mayor conciencia ambiental
El informe revela que la calidad de vida del país está siendo atravesada por un fenómeno de polarización ecosocial, donde el acceso a una dieta saludable y sostenible de los españoles se ha convertido, en muchos casos, en un indicador de estatus más que en un derecho.
La investigación de Socialimen subraya que la transición hacia modelos de vida más sostenibles no es un proceso uniforme y que existe una brecha creciente entre la conciencia ambiental y la capacidad real de los hogares para ejecutar cambios significativos en sus patrones de consumo. Debido a factores como la inflación, la precariedad laboral y la falta de infraestructuras adecuadas en el entorno rural y urbano.

En este sentido, el texto se aleja de una visión meramente individualista de la responsabilidad ecológica, situando la carga del cambio en la necesidad de políticas públicas que democraticen la sostenibilidad y que no penalicen a las poblaciones más vulnerables en el proceso de descarbonización. La mirada desde la Universidad de Oviedo aporta, una sensibilidad especial hacia los territorios que enfrentan el reto de la España vaciada, conectando la gestión del paisaje y la producción agroalimentaria con la fijación de población y el mantenimiento de una identidad cultural que es, en sí misma, una forma de resistencia ecosocial frente a la homogeneización del mercado global.
A través de sus páginas, el informe despliega una narrativa que vincula de manera indisoluble la salud del cuerpo social con la salud de los ecosistemas. Sugiriendo que cualquier intento de medir la prosperidad ignorando la variable ecológica es, en esencia, una medición incompleta y peligrosa.
Preservar la calidad de la dieta mediterránea
Al explorar la percepción del bienestar, el II Informe Ecosocial destaca una creciente preocupación ciudadana por la pérdida de servicios ecosistémicos y el impacto de fenómenos climáticos extremos en la vida cotidiana. Lo que ha comenzado a reconfigurar los deseos y expectativas de futuro de la población española. Ya no se trata solo de tener una mayor renta per cápita, sino de habitar entornos saludables, de disponer de tiempo de calidad y de asegurar una red de cuidados que el informe identifica como el «motor invisible» que sostiene la economía y la vida.
A pesar de estas tendencias, se observa que existe un sólido soporte cultural en torno a la alimentación en España que puede favorecer la transición hacia un modelo más saludable y sostenible. Los principales retos que marca el grupo de investigación son preservar las virtudes de la dieta mediterránea sin dejar de lado asuntos como las desigualdades de género, las brechas generacionales o las barreras económicas que afectan a su adherencia.
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