Por qué el descanso que un tercio de España no puede pagarse y el absentismo que bate récords no son dos noticias distintas, sino la misma cuenta pendiente
España cerró el último ejercicio con dos récords que casi nadie ha leído juntos. El primero, celebrado: la renta media por persona alcanzó su máximo histórico, 15.620 euros. El segundo, lamentado: el absentismo laboral trepó al 7,6% de las horas pactadas —también máximo histórico— con una factura de 59.109 millones de euros para la economía, un 11,7% más en un solo año. Entre ambos, un tercer dato que los conecta: el 32,2% de la población no pudo permitirse siquiera una semana de vacaciones.
Se nos ha enseñado a leer estas cifras en compartimentos estancos. La renta es cosa de la macroeconomía; el absentismo, de recursos humanos y las mutuas; las vacaciones que no llegan, del turismo y los precios. Yo propongo leerlas como lo que son: tres marcas del mismo termómetro.
El descanso que no llega y el absentismo que se dispara son el mismo síntoma. La diferencia es puramente contable. La fatiga de quien trabaja sin poder parar, de quien vive sin margen —el 36,4% de los hogares no puede afrontar hoy un imprevisto—, es invisible en el balance. Hasta que deja de serlo. El absentismo es, precisamente, el instante en que esa fatiga acumulada se hace visible, se convierte en baja y entra en la cuenta de resultados con nombre, apellidos y factura.

Y aquí está el dato que debería incomodar a más de un consejo de administración: las empresas que peor pagan y peor cuidan no tienen menos absentismo por apretar más. Tienen más. Basta mirar el mapa por actividades. Donde el trabajo es más físico, más precario y peor retribuido —paquetería y correos, con un 13%; limpieza y jardinería de edificios, un 12,5%— el absentismo se dispara. Donde se paga bien y se cuida el entorno —servicios jurídicos y de contabilidad, un 3,7%— cae a menos de un tercio. No es casualidad ni carácter nacional. Es causa y efecto.
El cuerpo humano tiene una contabilidad implacable: factura, con intereses, todo lo que la nómina se niega a reconocer.
Tampoco es una intuición española. Gallup lleva décadas midiéndolo a escala global, comparando los equipos más cuidados con los más descuidados dentro de las mismas compañías. El resultado es tozudo: los primeros registran un 78% menos de absentismo que los segundos. Y, de paso, un 23% más de rentabilidad y hasta un 18% más de productividad. Cuidar no es un coste que resta al beneficio. Es la palanca que lo sostiene.
Lo que revela, entonces, el absentismo récord no es una plantilla más floja ni un país que se escaquea —el relato fácil de siempre, el que nunca obliga a nadie a cambiar nada—. Revela un modelo económico que ha aprendido a extraer valor de las personas más deprisa de lo que lo repone. Llamémoslo por su nombre: capital que extrae, frente a capital que arraiga. Uno exprime la renta agregada hasta el récord y deja fuera del descanso a un tercio del país. El otro entiende que la prosperidad que no se comparte, tarde o temprano, se cobra sola.

Para quien dirige una empresa, esto no es un asunto de bajas ni de vigilancia con la mutua. Es una cuestión de generación de valor, de las que se deciden en el comité de dirección. Cada punto de absentismo en España es capacidad productiva que se evapora, sobrecoste de sustitución, compañeros que asumen la carga hasta quemarse, clientes peor atendidos. La compañía que blinda el salario real de su base, que respeta el descanso y que cuida de verdad no está haciendo filantropía: está protegiendo su cuenta de resultados por el único sitio por el que de verdad se protege, que son las personas que la producen.
España no tiene un problema de absentismo. Tiene un problema de modelo, y el absentismo es su síntoma más caro. El día que los consejos dejen de gestionarlo como una anomalía a controlar y empiecen a leerlo como lo que es —el termómetro exacto de cuánto exprime cada compañía a su gente— habremos empezado a cambiar la ecuación. Porque el bien común no es lo contrario del beneficio. Es, a la larga, su fuente más fiable.
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