Lejos de buscar la máxima producción o el rendimiento industrial, esta iniciativa redefine la gestión agrícola del enclave pontificio bajo una premisa clara: escuchar los tiempos de la tierra, respetar los ciclos de cada planta y cuidar la creación como un valioso don compartido
Detrás de los altos muros que resguardan la Ciudad del Vaticano, donde el tiempo parece detenerse entre obras de arte inmortales y apacibles paseos, una pequeña parcela con ocho siglos de historia acaba de dar un paso definitivo hacia el futuro. El emblemático huerto, heredado ahora por el Papa León y situado junto al monasterio Mater Ecclesiae —un rincón de tierra fértil custodiado por la tradición y el silencio— se ha transformado oficialmente en un espacio 100% orgánico. Abrazando de lleno los principios de la ecología integral.
Lejos de buscar la máxima producción o el rendimiento industrial, esta iniciativa redefine la gestión agrícola del enclave pontificio bajo una premisa clara: escuchar los tiempos de la tierra, respetar los ciclos de cada planta y cuidar la creación como un valioso don compartido.
La vocación agrícola de este rincón vaticano no es nueva. Sus raíces se hunden en la Edad Media, concretamente a finales del siglo XIII, cuando el Papa Nicolás III decidió trasladar la residencia pontificia y ordenar la creación de un huerto para abastecer a la casa papal. Hoy, ese mismo terreno de casi 400 metros cuadrados distribuidos en cuatro terrazas ha mutado a un ejemplo de sostenibilidad.

El cuidado de la huerta corre a cargo del Servicio de Jardines y Medio Ambiente del Governatorato. Allí, la sabiduría de los expertos forestales y jardineros se entrelaza con el entusiasmo de jóvenes aprendices y la guía de las propias religiosas de clausura que habitan el monasterio, quienes señalan qué productos necesita la comunidad.
La gestión del Papa León en el huerto
En los Jardines Vaticanos hay tanto espacios ornamentales, con flores y plantas de todo el mundo, como un huerto dedicado a la producción agrícola. El complejo de los jardines combina diferentes estilos —francés, inglés y el italiano—, por lo que la variedad vegetal es enorme.
El calendario de cultivos sigue fielmente las estaciones: ajo fresco, albahaca, plantones, chiles —incluida una variedad peruana reconocida por su intensidad—, cítricos y calabazas, que maduran hasta noviembre. Este año, a petición de las monjas, también se plantaron los primeros kiwis. Mientras que entre finales de agosto y principios de septiembre comienza la siembra de invierno, con repollo, brócoli, espinacas y lechuga. Mayo es el mes de mayor actividad. El verano, debido al calor, es la estación más difícil, y los tomates, berenjenas, pimientos, judías verdes, calabacines y pepinos —incluida la variedad apuliana— llegan al final de su ciclo.

Los cítricos del huerto del Papa León son plantas centenarias, de unos 150 años, a las que se les han injertado diferentes variedades a lo largo del tiempo, ahora descatalogadas. Cultivados sin ningún tratamiento, incluso se consumen con la cáscara. Las religiosas siguen elaborando mermeladas, cáscaras confitadas y galletas, algunas de las cuales se ofrecen a los huéspedes y otras se venden.
A lo largo de los años, los productos de esta pequeña parcela también han abastecido a organizaciones benéficas como Casa Dono di Maria, una sección que ahora se está reactivando con renovado entusiasmo y compromiso.
Cultivos respetuosos con el medio ambiente
La transición ecológica de la parcela ha supuesto un cambio radical en las rutinas de cultivo. Dando la espalda al uso tradicional de estiércol procedente de las Villas Pontificias de Castel Gandolfo, el huerto del Papa León se alimenta ahora exclusivamente de fertilizantes granulados certificados y adaptados a cada estación. Además, durante esta temporada se ha puesto a prueba con éxito un innovador abono a base de algas marinas aplicada sobre los tomates.
La salud del suelo se blindan mediante métodos tradicionales pero sumamente eficaces, como la rotación de cultivos, señala Vaticannews. Mediante la siembra de leguminosas como las judías verdes, se logra fijar el nitrógeno de forma natural en la tierra, enriqueciéndola sin necesidad de químicos sintéticos, cita el artículo.

En cuanto a la protección de los cultivos frente a plagas, la filosofía ha dado un giro absoluto: ya no se busca la erradicación total por la vía rápida, sino el equilibrio. A través de buenas prácticas agronómicas y un estricto control biológico, los insectos y parásitos se mantienen siempre por debajo del umbral de daño tolerable. Cada intervención, por mínima que sea, queda registrada en un cuaderno de campo.
Las plántulas – plantas jóvenes que se encuentran en su primera etapa de desarrollo- provienen del exterior y ya han sido tratadas según criterios naturales. Prefieren trabajar con plántulas compradas, en lugar de emplear semilleros propios, para limitar el riesgo de propagación de enfermedades que comprometerían toda la cosecha. Sin embargo, ya se está considerando la creación de un semillero interno, junto con un invernadero para bonsáis.
Un jardín lleno de historia
A pesar de la modernización de los criterios ecológicos del huerto de Papa León, en los jardines vaticanos, hay esencias que se resisten a cambiar. El riego se sigue realizando íntegramente de forma manual, ajustándose con sensibilidad a la sed exacta de cada planta ya la disponibilidad hídrica del momento.
La historia de este pequeño huerto es muy antigua. Fue el papa Nicolás III Orsini quien, al trasladar la residencia papal del Letrán al Vaticano entre 1277 y 1280, quiso crear un huerto frutal y un viridarium, rodeado por los nuevos muros. Ocho siglos después, esa vocación no ha terminado, se repite, junto al monasterio encargado por Juan Pablo II y construido entre 1992 y 1994 para que una comunidad de clausura dedicada a la oración viviera siempre en el corazón de la Iglesia.

Incluso Benedicto XVI, como Papa Emérito, disfrutaba paseando entre esos mismos parterres durante sus días de oración y estudio.
El principal impulso del papa Francisco en esta materia se consolidó a través de su encíclica social y ambiental Laudato si’. Bajo este marco, el huerto vaticano se orientó a un enfoque de agricultura orgánica y sostenible. Priorizando el respeto absoluto por los ciclos naturales de la tierra y la biodiversidad por encima de la cantidad de producción.
Esta visión transformó el espacio en un símbolo práctico del cuidado de la creación, donde la mano de obra agrícola se entiende como un compromiso con las futuras generaciones y un uso responsable de los recursos naturales. Bajo el pontificado de León, esta línea de trabajo se ha reafirmado y profundizado. Ha invitado a ver el trabajo de la tierra como una forma concreta de caridad hacia el medio ambiente.
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