sábado , abril 4 2020
Foto: Nicolás Aznarez

La casa en la playa

Relato de Santiago Roncagliolo | Ilustración: Nicolás Aznarez
14/08/2016

Era el fin de semana soñado: cuatro días en un chalet de lujo con muelle privado sobre una cala de Ibiza. Sin vecinos, sin molestias y a un precio ridículo.

-Los antiguos dueños sufrieron una muerte violenta -nos explicó el comercial de la inmobiliaria-. Así que nadie quiere alquilarlo. Si no sois supersticiosos, tenéis una oportunidad única.

No lo éramos. Mi esposa Cristina había perdido a su madre. Yo había tenido un año horrible en el trabajo. Sólo creíamos en el sol, la arena y el mar. 

La casa seguía como la habían dejado los fallecidos: los mismos muebles, la vajilla, incluso sus fotos. Era una pareja de nuestra edad. La primera noche, después de hacer el amor sobre un colchón de plumas, nos quedamos mirando una instantánea de su boda que descansaba sobre el velador.

-Eran ricos, jóvenes, guapos… -comentó Cristina.

-Uno diría que esa gente no se muere nunca -respondí.

La mañana siguiente, encontré en el armario una tabla de surf y me la llevé al agua. Navegué horas en solitario, sin pensar en nada, disfrutando del instante. Hasta que sentí un latigazo en la pierna, como si me inyectasen ácido.

-¿Estás bien? -preguntó Cristina al verme volver cojeando. Estaba sentada en el porche con una revista de moda y un vaso de whisky.

-Me ha picado una medusa… ¿Desde cuándo bebes por la mañana?

Ella me regaló una sonrisa y brindó hacia mí.

-Desde que tenemos un etiqueta azul. Pruébalo.

El dolor de mi pierna no cedió. Al contrario. Mi pantorrilla comenzó a hincharse. Pasé el resto del día tirado en un mullido sofá de cuero.

Cristina se marchó a la playa y volvió al anochecer. Le pregunté:

-¿Dónde has estado?

-De vacaciones ¿Y tú?

Me besó. Olía a alcohol.

-Apenas puedo moverme ¿Me harías algo de comer?

-¿Qué eres tú? -se burló- ¿El Príncipe de Gales?

Por la noche, tuve que arrastrarme para llegar hasta la cama.

Cuando me acosté, Cristina inició una avanzada sexual. Pero al sentarse sobre mí, pateó mi pierna sin querer y aullé de dolor.

-Será mejor dormir -dije-. Mañana estaré bien.

Antes de cerrar los ojos, volví a ver la foto de los dueños muertos. Parecían sonreír más que antes.

Al despertar, mi pantorrilla estaba azul. Y se había hinchado al doble de su tamaño.

-¡Buenos días! -canturreó Cristina trayendo hot cakes y café en una bandeja -¿Te sientes bien?

-Sí -mentí.

-¿Sabías que hay una colección de cuchillos en el sótano? Ceremoniales, de montaña, navajas suizas… Toda una pared llena de armas blancas.

-Qué gente rara ¿verdad?

Los hot cakes estaban deliciosos. Al terminar, Cristina quiso que fuéramos a dar un paseo. Refunfuñé:

-En realidad… Creo que yo más bien debería buscar un hospital.

Ella palideció:

-¿Un hospital? ¿Por una medusa?

-Es que…

-Te pasas la vida trabajando. Apenas te veo. ¡Y cuando al fin tenemos vacaciones, las arruinas también!

-¿Tienes que ser tan egoísta?

-Solo quería unas vacaciones contigo, después de lo de Mamá…

-¡A lo mejor, tu madre estaría viva si la hubieras cuidado bien! ¡No como a mí!

No respondió. Las chispas saltaron entre nuestros ojos en silencio. Y abandonó la habitación. Escuché el sonido de botellas en el bar del salón, y luego un portazo.

Dediqué el día entero a rumiar mi rabia en la cama. Ir al baño representaba un sufrimiento indecible. Tenía hambre. Y Cristina no regresó a almorzar, ni por la tarde. Al oscurecer, ciego de furia, arrojé su maleta por la ventana, hacia la cala. Ni siquiera la cerré antes de tirarla.

Cuando volvió, Cristina gritó como una loca:

-¡Mi teléfono estaba en la maleta! ¡Mis tarjetas! ¡Mis documentos!

Presa de un ataque histérico, salió a buscar el coche -mi nuevo BMW Serie 3- y lo empotró contra el mar. Volvió mojada y furiosa, riéndose como una loca:

-¿Qué te parece? ¡Estamos iguales!

No lo estábamos. Le di una bofetada como no se la había dado a nadie antes. Ella me saltó encima y me mordió la mejilla hasta hacerla sangrar.

Ahora, de madrugada, estoy oyéndola. Ruidos metálicos provienen del sótano, de la colección de dagas. Sigo en cama, sin poder moverme. En el velador, los antiguos propietarios aún sonríen, seguros de que la gente como ellos no muere nunca.

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