En Ruanda, la calle es de todos y por eso nadie se atreve a ensuciarla
Reconocido como la ‘tierra de las mil colinas’ por su gran altitud y terreno ondulado, Ruanda se sitúa entre los primeros países del mundo en cuanto a tasa de crecimiento del PIB, facilidad para hacer negocios, bajos niveles de corrupción y como el más limpio de África; una de las claves para ganar ese calificativo es la eliminación de los plásticos.
Al llegar a Kigali, su capital, se percibe un profundo compromiso entre ciudadanos y autoridades por mantener la limpieza, reducir la contaminación y ofrecer alternativas al plástico que hagan realidad la posición que ha ganado el país como referente global de orden y pulcritud. Ruanda, junto con Noruega, lidera a nivel mundial una Coalición de Alta Ambición que busca impulsar la elaboración de un Tratado para Acabar con la Contaminación por Plástico para 2040.
Este logro no es fruto del azar ni de una abundancia de recursos naturales, sino de una reconstrucción social y psicológica compleja después de uno de los episodios más oscuros de la humanidad: el genocidio y la brutal violencia sexual generalizada.
La limpieza en Ruanda es, en esencia, una manifestación física de su resiliencia y su búsqueda de dignidad. El pilar fundamental de esta metamorfosis es el concepto de ‘umuganda’, una palabra, que en kiñaruanda se traduce como ‘venir juntos con un propósito común’. Y representa una práctica ancestral que fue institucionalizada con fuerza tras el intento de exterminio de la población tutsi ejecutada por el gobierno y la población hutu hace 32 años. Se calcula que entre 500.000 y 1.000.000 de personas fueron asesinadas.
Ruanda, el país más limpio de África

Este país sin litoral, situado en África Oriental, se caracteriza también por una rápida modernización, seguridad y enfoque en la sostenibilidad ambiental. Es el más poblado del continente. Y, su economía se soporta fundamentalmente en el sector de servicios, la tecnología y el turismo; así como la producción y exportación de café y té.
El último sábado de cada mes, Ruanda –el país más limpio de África- se detiene: las tiendas cierran, el tráfico cesa y los ciudadanos, desde el campesino hasta los altos cargos gubernamentales, salen a las calles con escobas, palas y azadones. No es solo un servicio comunitario para recoger basura o arreglar caminos; es un ejercicio de reconciliación nacional donde vecinos que alguna vez estuvieron enfrentados hoy trabajan juntos por el bienestar de su entorno inmediato.
Esta cohesión social ha generado un sentido de propiedad sobre el espacio público; en Ruanda, la calle no es de «nadie», es de todos, y por eso nadie se atreve a ensuciarla.
A esta base cultural se le suma una determinación política que no ha temblado ante la conveniencia económica inmediata. Ruanda fue pionera mundial en la guerra contra el plástico, prohibiendo las bolsas de polietileno no biodegradables desde el año 2008. Mucho antes de que se convirtiera en una tendencia global de sostenibilidad. Esta medida, que inicialmente fue recibida con escepticismo, transformó radicalmente el paisaje. Desaparecieron las bolsas que asfixiaban los campos y obstruían los sistemas de drenaje.
Determinación y voluntad colectiva
El rigor es tal que en los puntos fronterizos y en el aeropuerto, el equipaje es revisado con celo para evitar la entrada de plásticos prohibidos, enviando un mensaje claro de que la soberanía ambiental no es negociable. Parte de ese control hace que Ruanda se haya convertido en el país más limpio de África.
Sin embargo, sería un error pensar que esta limpieza es solo una cuestión de estética o de prohibiciones. Existe una infraestructura de gestión de residuos y una planificación urbana que funciona con una eficiencia asombrosa. Las cooperativas de limpieza, formadas en gran parte por mujeres y jóvenes, operan con una disciplina militar, asegurando que cada rincón de la ciudad brille bajo el sol ecuatorial.

Además, se ha integrado la educación ambiental en las nuevas generaciones. Un niño ruandés entiende que tirar un envoltorio al suelo es una falta de respeto hacia su comunidad y hacia el esfuerzo que ha costado levantar al país de sus cenizas. Esta pulcritud es el reflejo de una nación que decidió que el orden era la única forma de garantizar la paz y el progreso. Ruanda ha comprendido que la limpieza atrae inversiones, fomenta el turismo y, por encima de todo, eleva la autoestima de su pueblo.
Al ser considerado el país más limpio de África, Ruanda no solo celebra un triunfo ecológico, sino que le demuestra al mundo que la voluntad colectiva y una visión clara pueden convertir un pasado de escombros en un presente de esperanza, donde el brillo de sus calles es el espejo de una sociedad que ha decidido sanar cuidando su hogar común.
Prohibición a los plásticos
Una de las razones que hace a Ruanda ser el país más limpio de África es que después de la prohibición del uso de las bolsas de plástico para compras, en 2028, el gobierno procedió a endurecer esas normas. En 2019 incluyó la prohibición de casi todos los artículos desechables. Esto incluye: pajitas, botellas de agua de plástico (sí, incluso las de refrescos), cubiertos, platos y vasos desechables. También envases de comida rápida (poliestireno expandido).

Todavía existen plásticos en Ruanda, pero su uso está estrictamente regulado bajo «razones excepcionales». Se permiten plásticos en:
Equipamiento médico. Jeringas, bolsas de suero y otros insumos donde la esterilidad es clave.
Empaques industriales específicos. Productos destinados a la exportación o alimentos que por higiene requieren un sellado especial. aunque estas empresas deben pagar un impuesto ambiental muy alto y tener planes de reciclaje aprobados.
Construcción y agricultura. Algunos materiales técnicos que no tienen un sustituto biodegradable viable todavía.
Lo que hace a Ruanda diferente no es solo la ley, sino la fiscalización. En otros países existen leyes similares que pocos cumplen. En esa nación, las multas por fabricar o vender estos productos son muy elevadas y para los comercios pequeños, las inspecciones sorpresa son constantes.
A diferencia de muchas ciudades del mundo, donde las calles están repletas de contenedores, a menudo desbordados o volcados, en Kigali los residuos se separan en cada hogar y son recogidos por 15 empresas privadas a las que los hogares pagan. Estas compañías compiten por contratos gubernamentales para la limpieza de espacios públicos.
En ese país, el costo se comparte entre el gobierno y las familias, que pagan diferentes tarifas de recolección de residuos según sus ingresos.
Protección al medio ambiente
Los ruandeses han construido una nación que, después de superar en buena medida las diferencias que desencadenaron esas matanzas, quiere seguir creciendo.Y, para las autoridades, la protección del medio ambiente debe ser parte de esa transformación.

Los proyectos conservacionistas del país han conseguido llenar otra vez de animales las sabanas del parque nacional de Akagera. Habían sido diezmadas por el furtivismo tras décadas de inestabilidad política, o proteger a los gorilas de montaña. Una especie en peligro de extinción y gran atractivo turístico nacional.
Además de Ruanda, existen otros países reconocidos mundialmente por sus altos estándares de limpieza, orden y políticas ambientales. Suiza es considerado a menudo como uno de los países más limpios del mundo, con normas estrictas, gestión eficiente de residuos y un entorno natural muy cuidado. También ocupan sitiales de honor, Islandia, Dinamarca, Noruega, Suecia. Así como Singapur, conocido por su extrema limpieza urbana, rigurosas leyes contra la basura y espacios públicos impecables. Bután es uno de los países con menor contaminación del mundo, enfocándose en la sostenibilidad ambiental.
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