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La fractura territorial, primera consecuencia de unas elecciones mal planteadas

Por José Juan Verón

Las elecciones catalanas del 27 de septiembre estuvieron mal planteadas desde el comienzo. Intentar convertir en plebiscito o casi referéndum unas elecciones autonómicas ordinarias desprendía un olor raro. Y su primera consecuencia no se ha dejado esperar en forma de fractura social y territorial, más allá de la política. Los números son ilustrativos, pues una foto de Cataluña muestra una mayoría de comarcas con predominio de voto independentista mientras que tres de ellas en Tarragona y cinco en Barcelona dan la espalda a este fenómeno. Y también el Val d’Aran, en la provincia de Lleida.

El análisis territorializado de los resultados resulta desesperanzador en términos de convivencia social y diálogo. Las candidaturas independentistas han ganado ampliamente en las provincias de Lleida (63% de los votos) y Girona (64%), mientras que se han quedado cerca de la victoria en Tarragona (49%) y bastante más lejos en Barcelona (44%). Este fenómeno de concentración de voto en el medio rural explica, entre otras cosas, el porqué se puede perder unas elecciones en votos, pero ganarlas en diputados (de forma muy simple, un diputado en Lleida, Girona o Tarragona cuesta muchísimos menos votos que en Barcelona; en algunas provincias, menos de la mitad), y también por qué nunca se pueden considerar plebiscitarias ni nada parecido unas elecciones legislativas ordinarias.

Pero si se reduce el foco sobre la lectura territorial, todavía se observa con mayor claridad la fractura social. Así, en Girona han ganado las opciones independentistas con un 64% si se refiere a la provincia y con un 62% en el caso de la ciudad. Pero en este territorio, en el que estas fuerzas han salido vencedoras en todas las comarcas, existen localidades como Santa Llogaia d’Alguema, en la que apenas logran un 34% de los votos, mientras que en otras como Cadaqués se alcanza el 74% o en Vilanant se supera el 77%.

En Lleida destaca el caso del Val d’Arán, que en una provincia en la que la suma de JxS y las CUP gana en todas las comarcas, allí alcanza un escaso 31%.

En Tarragona la situación es todavía más compleja. En la provincia, las opciones independentistas alcanzan el 49%, lo que se reduce al 36% cuando se observan los votos de la capital. Y en el conjunto de las 10 comarcas gana en 7 de ellas; en todas menos en el Baix Camp, Tarragonés y Baix Penedés. En estas últimas, ampliamente por debajo del 40%.

Y Barcelona añade varios grados a la complicación. La provincia más poblada y que actúa como centro de Cataluña ha apoyado con un 44% de los votos a las opciones independentistas, lo que asciende a un 47% en el caso de la capital. En este caso, en 5 de las 12 comarcas los votos independentistas han quedado por debajo del 50%: Vallés Oriental, Vallés Occidental, Garraf, Baix Llobregat y Barcelonés. Descendiendo al municipio se observan localidades como Badía (Vallés Occidental) donde la suma de JxS y CUP se queda en un 15% o Santa Coloma (Barcelonés) donde únicamente alcanzan el 19%. En el Llobregat, los independentistas se quedan en clara minoría en grandes municipios como L’Hospitalet (26%) o Cornellá (22%).

Estos son algunos ejemplos que tratan de ilustrar la fractura territorial y social a la que se enfrenta Cataluña en este momento. Hoy, la ciudadanía se encuentra dividida como no lo había estado nunca, más allá de los cálculos y las cuentas políticas. Quizá sea esta división la principal victoria de los independentistas; la de situar este problema como eje principal y casi exclusivo de la vida política. Habrá que ver si es la política la que se sigue imponiendo a la realidad o si es la realidad social empieza a recuperar el protagonismo.

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