La muerte de Fidel Castro: el portazo final al siglo XX

Por: Andrés Tovar | Ilustración: Luis Moreno
26/11/2016

Murió Fidel Castro. En términos prácticos, aún es comprensible pensar que este suceso no traiga, por lo menos en lo inmediato, grandes cambios para los cubanos en ese país o en cualquier lugar del mundo. Ya le había entregado las riendas a su hermano menor, Raúl, hace unos años, y aunque es posible que éste vaya a realizar algún ajuste, hasta el momento los hermanos han seguido políticas más o menos similares. En todo caso, la elección de Donald Trump, quien ha criticado el reciente acuerdo entre Estados Unidos y Cuba para normalizar las relaciones, podría resultar más una consecuencia de la vida de los cubanos de a pie que un resultado de la muerte de Castro.

Pero la muerte de Fidel Castro es indudablemente un acontecimiento histórico no sólo dentro sino fuera de Cuba, de hecho en todo el mundo. Castro es importante porque fue el último símbolo vivo de la Guerra Fría en su apogeo. Su muerte pone un signo de exclamación en el extremo del conflicto ideológico entre el capitalismo y el comunismo. En cierto modo, que esto sucediera en el aún infante siglo XXI era una cosa imaginable.

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Fuera de tiempo

A mediados de los años 90, sólo cinco naciones abrazaron formalmente al Comunismo: Cuba, China, Laos, Vietnam y Corea del Norte. Para entonces, China ya había promulgado reformas en su mercado; Vietnam y, más tentativamente, Laos habían dado guiños al capitalismo. Y Corea del Norte sigue siendo un espectáculo de terror, uno que se parece muy poco a nada que haya existido jamás fuera de sus fronteras.

Pero Cuba todavía conserva las características distintivas del país “comunista-revolucionario”. No se ha ido por el camino de la privatización y la fuerte inversión extranjera que caracterizan a China y Vietnam (y no ha visto el tipo de crecimiento económico y poblacional que estos países han disfrutado). Conserva una genuina red de seguridad social con cobertura universal de salud, algo notable en un país de ingresos medios en América Latina; y conserva una vigilancia estatal en plan bloque del Este, con encarcelamiento y represión de la disidencia.

Luego está la longevidad de Castro. Mao Tse-tung y Ho Chi Minh –volviendo a citar a China y Vietnam, respectivamente- murieron hace tiempo. Pero debido a que Castro era sorprendentemente joven al momento de tomar el poder, fue capaz de dirigir la revolución de Cuba, mantenerse a la cabeza de ella por más de 50 años, y conservar un papel como estadista en su jubilación.

A diferencia del líder soviético Mijail Gorbachov, la otra figura más famosa de la Guerra Fría, Castro no tenía ningún interés una apertura con Estados Unidos durante su tiempo en el poder y animó al premier soviético Nikita Jruschov a considerar el lanzamiento de armas nucleares si los EEUU invadían a Cuba durante la crisis de los misiles .

“La Unión Soviética no debe nunca permitir una circunstancia en la que los imperialistas pudieran desencadenar un ataque nuclear de primer orden”, dijo Castro. “Si deciden llevar a cabo algo tan brutal, en violación de la ley y la moral universal invadiendo Cuba, sería el momento de eliminar tal peligro para siempre; en defensa legítima, no importa qué tan grave y terrible sea la solución”.

Para muchos estadounidenses y exiliados, su muerte es una oportunidad para refritos de los viejos debates. Los conservadores apuntan a las muerte de cientos de disidentes y a la pobre economía de la era Castro como la prueba de los males inherentes al comunismo. Los izquierdistas apuntan a la hipocresía de Estados Unidos en apoyo a los Estados autoritarios amistosos, como Arabia Saudita, al tiempo que condena los abusos a los derechos humanos de Castro y reivindican lo que a su juicio fue “la dignidad” que él les proporcionó.

Ambas posturas son justas en aspectos importantes: El régimen de Castro era un anacronismo. Y el embargo de Estados Unidos al comercio con Cuba mientras abraza a Arabia Saudita es algo tremendamente hipócrita.

Pero en 2016, estos debates se sienten excepcionalmente irrelevantes. Cuba ya no es un avatar de “la resistencia” a los Estados Unidos; su mensaje ideológico ha durado más allá de su tiempo, dejando al régimen de Raúl como uno de los muchos regímenes familiares existentes. Y el embargo económico de Estados Unidos contra Cuba se ha relajado en parte con Obama, lo que ha llevado a los dos países a restablecer sus relaciones diplomáticas (aunque Trump ha amenazado revertir las reformas del saliente mandatario estadounidense).

El propio Fidel parece haber reconocido su propio anacronismo. Cuando Jeffrey Goldberg de la revista estadounidense The Atlantic le preguntó en 2010, si valía la pena exportar el “modelo cubano” a otros países, Castro respondió que “el modelo cubano ni siquiera funciona hoy para nosotros”. Y cuando le recordó su participación durante la crisis de los misiles, Castro apuntó lapidariamente: “Después de haber visto lo que he visto, y sabiendo lo que sé ahora, no valía la pena todo”.

El mundo ha dado muchas vueltas desde la época dorada de Castro. Hoy en día, la mayoría de los países de la tierra son democracias capitalistas. Los Estados autoritarios más poderosos del mundo, incluidos Rusia y China, sienten la necesidad de prestar servicio a los ideales democráticos de vez en cuando, aunque sea de la boca para afuera. El comunismo autoritario, en estos tiempos de necesaria “re-evolución” (y no revolución) ya no es una fuerza vital.

Las divisiones ideológicas más potentes de 2016 están dentro de las democracias occidentales, ya sea para abrazar la democracia multiétnica y la integración global, una opción ejemplificada por Barack Obama o la canciller alemana, Angela Merkel; o resistirse a los postulados de la globalización colocando barreras políticas y económicas contra el resto del mundo, una opción ejemplificada por Donald Trump y la extrema derecha europea.

Sobre estas cuestiones, Castro no tenía nada importante que decir. Su muerte en el 2016, el año del Brexit y Trump, muestra hasta qué punto el viejo mundo ha dado paso a lo nuevo.

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