Actualmente se están restaurando 252 millones de hectáreas de naturaleza en 149 países, lo que ha generado más de un millón de empleos verdes. Se trata del mayor esfuerzo de restauración documentado hasta la fecha
Varias agencias de la ONU han detallado los avances y retos pendientes del ambicioso plan de restauración de los ecosistemas en el mundo. Afirman que ya existen unos 252 millones de hectáreas de ecosistemas en proceso activo de recuperación distribuidos en 149 países. Esta cifra impactante demuestra que el ser humano ha comenzado a entender el verbo ‘reparar’. No se trata solo de conservar lo que queda —frenar la motosierra o clausurar la chimenea industrial—, sino de remangarse para devolverle la vida a suelos erosionados, cuencas hídricas sedientas, bosques talados y manglares asfixiados.
El documento, elaborado por la FAO, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Secretaría del Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), llega en el punto medio del Decenio de las Naciones Unidas sobre la Restauración de los Ecosistemas (2021-2030). No es un catálogo de buenas intenciones ni una celebración anticipada. Es una radiografía de lo que funciona, de lo que falta y de la decisión política que separa una recuperación real de una simple colección de proyectos aislados.
La cifra central del informe es contundente: 252 millones de hectáreas están siendo restauradas –superficie equivalente al tamaño de Kazajistán, Argentina o Argelia- y han generado más de un millón de empleos verdes. Desde la recuperación de zonas de desove de salmón en Canadá hasta la rehabilitación de arrecifes coralinos en Indonesia.

No se trata solo de gobiernos plantando árboles. El informe subraya que el movimiento incluye ciudades, escuelas, empresas, comunidades locales e iniciativas ciudadanas. La red de socios del Decenio de la ONU supera las 300 organizaciones en todas las regiones. Una señal de que la restauración de ecosistemas ha dejado de ser un asunto técnico o diplomático para convertirse en una causa social y económica.
Restauración de ecosistemas, vida al planeta
Inger Andersen, directora ejecutiva del PNUMA, lo describió como “uno de los mayores movimientos en favor de la naturaleza registrados en la historia”. Pero su advertencia fue igual de clara, el mundo sigue sin restaurar la naturaleza a la escala y velocidad requeridas.
El compromiso global es restaurar alrededor de mil millones de hectáreas para 2030, una superficie mayor que China. Además, el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal establece que, para esa fecha, al menos el 30% de los ecosistemas terrestres, de agua dulce, marinos y costeros degradados deben estar sometidos a restauración efectiva.

El balance es desigual.La restauración terrestre ha alcanzado casi la mitad de la meta del 30%, un avance significativo pero todavía insuficiente. China reporta la mayor superficie terrestre en restauración, con 127,4 millones de hectáreas, seguida de esfuerzos considerables en Mongolia y Kazajistán.
El contraste es especialmente preocupante en los ecosistemas acuáticos, recoge el documento presentando en la COP17, en Ereván, Armenia. Solo se han documentado 11 millones de hectáreas de ecosistemas de agua dulce y 5,7 millones de hectáreas marinas y costeras en restauración, distribuidas en 62 y 46 países respectivamente.
Son precisamente los ecosistemas que se degradan a los ritmos más acelerados y que sostienen buena parte de la seguridad alimentaria, hídrica y climática del planeta. Aun así, hay un dato esperanzador. La proporción de países que informan programas de restauración o rehabilitación de humedales pasó del 8% al 54% desde 2022. El informe también advierte que parte del rezago aparente podría deberse a una subestimación, producto de limitaciones en el monitoreo y la presentación de datos sobre ambientes acuáticos.
Recuperar la naturaleza también es desarrollo
Una de las ideas más poderosas del informe es que la restauración de los ecosistemas no debe entenderse como un lujo ambiental, sino como una inversión en bienestar. Los ecosistemas saludables sostienen la producción de alimentos, la disponibilidad de agua, la regulación del clima, la protección frente a desastres y el empleo.

Según la ONU, restaurar apenas el 15% de las áreas prioritarias del mundo podría capturar y almacenar el equivalente al 30% de las emisiones de dióxido de carbono generadas desde la Revolución Industrial, y ayudar a evitar el 60% de las extinciones de especies proyectadas. En términos humanos, eso significa suelos más fértiles, cuencas más estables, costas menos vulnerables y comunidades con oportunidades económicas. Estima que, si la financiación anual se multiplica por más de cuatro, la restauración podría generar hasta 32 millones de empleos en el mundo para 2030.
Aquí aparece el obstáculo más difícil. La financiación anual para restauración debe pasar de 64.000 millones de dólares a 296.000 millones de dólares para 2030. Es decir, debe cuadruplicarse.
Las mayores necesidades se concentran en la agroforestería, con 87.000 millones de dólares anuales. La reforestación restaurativa, con 52.000 millones; la restauración de turberas, con 44.000 millones. Y la recuperación de praderas marinas, con 28.000 millones.

Estas cifras revelan que no basta con financiar la siembra inicial. Restaurar exige mantener el proceso durante años, monitorear resultados, garantizar derechos de tierra y sostener medios de vida locales. Una recuperación abandonada a los pocos meses puede convertirse en una pérdida de recursos y una decepción comunitaria.
Astrid Schomaker, secretaria ejecutiva del CDB, resumió la contradicción central: “No podemos esperar reparar la naturaleza con una mano mientras la destruimos con la otra”.
El regreso de la naturaleza
El análisis no se limita a las estadísticas. Reconoce iniciativas destacadas en China, Colombia, Etiopía, Italia y Estados Unidos como Iniciativas Emblemáticas de Restauración Mundial de las Naciones Unidas. Entre los éxitos documentados figuran la recuperación de gorilas de montaña en África Oriental, jaguares en Brasil, leopardos de las nieves en Kirguistán y delfines del río Ganges en India.
Para América Latina, el caso colombiano tiene un valor simbólico particular. La región enfrenta una tensión permanente entre expansión agrícola, minería, deforestación y la necesidad de proteger cuencas, bosques y territorios indígenas. La evaluación deja claro que la restauración duradera requiere tenencia segura de la tierra, participación y respeto por los derechos, conocimientos y liderazgo de los pueblos indígenas y otras comunidades titulares de derechos.

Ese punto es decisivo. Las comunidades que viven en los territorios no son simples ejecutoras de proyectos externos. Suelen ser las mejores conocedoras de los ciclos del agua, las especies locales y las formas de uso sostenible del paisaje. Ignorarlas no solo es injusto; también reduce las probabilidades de éxito.
Otra de las propuestas más ambiciosas del documento sea la idea de pasar de proyectos individuales a “economías de restauración”. La expresión sugiere un cambio de escala: integrar la recuperación ecológica en las políticas públicas, los sistemas agroalimentarios, las cadenas de valor, el empleo rural y la planificación territorial.
No se trata de convertir la naturaleza en una mercancía, sino de reconocer que su degradación tiene costos económicos y sociales enormes, mientras que su recuperación genera beneficios compartidos. La restauración, bien diseñada, puede ser simultáneamente clima, agua, alimentos, trabajo y dignidad.
El desafío, entonces, no es solamente plantar más árboles o limpiar más ríos. Es transformar las decisiones que siguen degradando ecosistemas que tratan la naturaleza como un recurso infinito.
+ en Cambio16.com:





