Un creciente número de estudios científicos confirma lo que muchos sabemos instintivamente: pasar tiempo en la naturaleza es beneficioso para la salud
En una época dominada por innovaciones farmacológicas de última generación, terapias génicas de costo millonario y dispositivos biomédicos de alta tecnología, la comunidad médica internacional está dirigiendo su atención hacia un paradigma aparentemente paradójico: tratamientos eficientes, accesibles y con evidencia científica para prevenir y revertir enfermedades crónicas son gratuitos, están en la naturaleza y se conocen como terapias forestales.
Según publicaciones académicas y divulgativas de la Universidad de Harvard —como las reflexiones difundidas por The Harvard Gazette y la Escuela de Salud Pública TH Chan—, la medicina moderna está redescubriendo que ciertas intervenciones terapéuticas no se dispensan en frascos ni requieren prescripción médica especializada, sino que se integran en la rutina diaria del ser humano.
Las investigacionea advierten que pasar tiempo en la naturaleza es beneficioso para la salud de todos. No solo reduce el estrés y la depresión, sino que también fortalece el sistema inmunológico, mejora el rendimiento cognitivo. Favorece un mejor sueño, combate la inflamación y beneficia a los pulmones y al corazón.

Susan Abookire, profesora adjunta de medicina en la Facultad de Medicina de Harvard y en el Hospital Brigham and Women’s, organiza caminatas mensuales de terapias forestales para médicos residentes y docentes, un grupo con alto riesgo de agotamiento. Sus sesiones de dos horas en el Arnold Arboretum, a pocos kilómetros del área médica de Longwood, buscan aliviar el estrés del entorno hospitalario sumergiendo a los participantes en la naturaleza. Mediante técnicas de la práctica japonesa del shinrin-yoku, o ‘baño de bosque’.
Terapias forestales, encuentro con la naturaleza
Algunos datos científicos señalan que ante la epidemia global de enfermedades crónicas no transmisibles —como la diabetes tipo 2, la hipertensión, la obesidad y la depresión—, la respuesta más efectiva de no está en el laboratorio, sino en parques, jardines, al aire libre.
Esta revelación sustenta el avance de la Medicina del Estilo de Vida, una disciplina académica formalmente impulsada por instituciones como la Universidad de Harvard. No se trata de una corriente alternativa ni de un catálogo de consejos esotéricos de bienestar; es una rama de la medicina basada en evidencia que demuestra que hasta un 80% de las patologías crónicas actuales pueden prevenirse, frenarse e incluso revertirse mediante intervenciones no farmacológicas.
Abookire, fundadora del Instituto de Naturaleza y Sistemas, cuenta a The Harvard Gazette que los guías de las terapias forestales “te ayudan a desconectar y conectar profundamente con tus sentidos a través de la naturaleza. Para quienes lo intenten sin guía, recomienda prestar atención al entorno: observar los colores, las formas, los sonidos, el movimiento y los aromas”.

Además, aconseja evitar las distracciones. Esto significa quitarse los auriculares y apagar el teléfono. Las investigaciones sugieren que se pueden obtener beneficios dedicando tan solo 20 minutos de atención plena en la naturaleza tres veces por semana, pero “cuanto más, mejor”, afirma la experta en el artículo.
Otra consideración es que una mayor densidad de árboles parece proporcionar una dosis más potente de la medicina natural. Esto se debe a que los árboles liberan aceites esenciales de madera llamados fitoncidas que, según estudios, fortalecen el sistema inmunitario al inhalarlos. Las células asesinas naturales —la primera línea de defensa del cuerpo contra virus y cáncer— aumentan al inhalar este compuesto, demostró un estudio japonés, y los efectos duraron más de un mes.
Aire, aromas, plantas, salud
Las plantas emiten compuestos aromáticos denominados terpenos, moléculas biológicamente activas que han despertado un profundo interés en la comunidad científica por su potencial terapéutico. Sustancias como el d-limoneno (presente en el romero, las coníferas y la piel de los cítricos) destacan por sus marcadas propiedades antiinflamatorias. Mientras que el carvacrol (hallado en el orégano y el tomillo) muestra capacidades anticancerígenas.
Por su parte, el borneol (contenido en el jengibre y en ciertas variedades de cannabis) es objeto de estudio por su papel neuroprotector y su posible aplicación en el tratamiento de patologías como el Alzheimer.

Aunque la investigación sobre la relación directa entre el entorno natural y la evolución del cáncer aún es incipiente, la evidencia científica confirma que el contacto con el medio natural mejora de forma sustancial la calidad de vida de los pacientes oncológicos. Paralelamente, los estudios neurocientíficos aportan explicaciones claras a nuestra tendencia instintiva de salir a caminar para despejar la mente ante un dilema o un bloqueo creativo.
De acuerdo con Abookire, la explicación a este fenómeno reside en nuestra propia biología: la especie humana evolucionó durante seis millones de años en un entorno arbolado. La transición hacia la vida en las ciudades representa apenas un instante en el reloj evolutivo. Y el hábito reciente de vivir vinculado a pantallas digitales abarca tan solo un par de décadas. Por este motivo, la naturaleza actúa como un auténtico «botón de reinicio» para la cognición.
El trabajo intelectual continuo frente a un monitor agota de forma acelerada la corteza prefrontal, generando un cansancio profundo a pesar de la inmovilidad física. Salir al aire libre, hacer una pausa y percibir los aromas del entorno es suficiente para restaurar la concentración. Así como la creatividad y la memoria de trabajo.
En contacto con la vida interior-exterior
El contacto con la naturaleza activa de forma directa el sistema nervioso parasimpático, encargado de inducir los estados de descanso, digestión y recuperación biológica. Este mecanismo equilibra la respuesta del sistema simpático —la reacción de «lucha o huida»—, la cual no solo se desencadena ante amenazas físicas reales, sino también frente a la sobrecarga de estímulos del entorno laboral diario. Como el flujo incesante de correos electrónicos.
El estrés crónico mantiene elevados los niveles de cortisol, acelerando el desarrollo de hipertensión, ansiedad, depresión y conductas adictivas. Sin embargo, diversas investigaciones sobre el cortisol salival demuestran que bastan 20 minutos de inmersión en la naturaleza para reducir de manera significativa esta hormona en el organismo.

Abookire comenzó su carrera como ingeniera eléctrica en sistemas de aviación. Graduada de la Facultad de Medicina de Harvard, se formó en el Hospital Brigham and Women’s y continúa ejerciendo la medicina interna, a la par es pionera en terapias forestales.
Explica que la exposición al entorno natural influye en múltiples dimensiones de la salud fisiológica:
- Arquitectura del sueño. Prácticas como los «baños de bosque» incrementan los niveles de serotonina, mejorando la calidad y duración del sueño profundo.
- Salud cardiovascular. La interacción con espacios verdes reduce la presión arterial y la frecuencia cardíaca, al tiempo que optimiza la variabilidad de la frecuencia cardíaca (VHR). Un indicador clave de resiliencia cardíaca.
- Inhalación de aerosoles y bacterias del suelo. Más allá de los terpenos forestales, microorganismos presentes en la tierra como Mycobacterium vaccae han demostrado en modelos de estudio su capacidad para incrementar la resistencia biológica frente al estrés.
- Estimulación multisensorial. Paisajes sonoros como el canto de las aves o el fluir del agua generan un estímulo auditivo que activa automáticamente la respuesta parasimpática del organismo.
Beneficios que se han invisibilizado
También está la Medicina del Estilo de Vida (Lifestyle Medicine). Una disciplina médica formalmente reconocida e impulsada por facultades de medicina de renombre mundial. Sostiene que hasta un 80% de las enfermedades crónicas actuales podrían prevenirse o retrasarse significativamente mediante cambios en los hábitos cotidianos.
Si la actividad física pudiera empaquetarse en una cápsula, sería sin duda el fármaco más codiciado de la historia humana. Sus efectos sistémicos —desde la regulación de la glucosa y la reducción de la inflamación hasta la liberación de factores neurotróficos que protegen el cerebro— superan una gran parte de los tratamientos de mantenimiento actuales. Lo mismo ocurre con el descanso: el sueño profundo activa el sistema glinfático, el mecanismo de limpieza cerebral que elimina toxinas asociadas al deterioro cognitivo.
A esto se suma el impacto vital de las conexiones humanas; el histórico Estudio de Harvard sobre el Desarrollo Adulto ha demostrado a lo largo de ocho décadas que la calidad de nuestras relaciones interpersonales es el predictor más sólido de longevidad y salud física, por encima del colesterol o la genética.
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