La economía crece pero la sociedad se fractura por la gran divergencia entre productividad y salarios. La IA acelera esta brecha al concentrar beneficios y reducir oportunidades para los jóvenes. La solución pasa por humanizar las empresas y orientar el crecimiento hacia un propósito compartido
Durante años se nos repitió una promesa casi religiosa: si la economía crecía, todos acabaríamos viviendo mejor. Más productividad, más innovación, más globalización, más riqueza. Y, supuestamente, más bienestar compartido. Pero la realidad ha ido por otro lado. La economía ha seguido creciendo en muchas partes del mundo; lo que ha dejado de crecer al mismo ritmo es la seguridad material de la mayoría. A eso se le llama “The Great Divergence”: la gran divergencia entre la productividad y los salarios, entre la riqueza agregada y su reparto real, entre el éxito del sistema y la vida cotidiana de la gente.
La OCDE lo formuló con claridad: en la mayoría de economías desarrolladas, el crecimiento de la productividad laboral se ha desacoplado del crecimiento de la remuneración real mediana. Traducido al lenguaje de la calle: producir más ya no garantiza cobrar mejor. Y cuando la productividad deja de mejorar la vida del trabajador medio, el contrato social empieza a resquebrajarse.
Ese desacoplamiento no es una anécdota técnica. Es el corazón del problema. El Economic Policy Institute ha mostrado que, en Estados Unidos, la brecha entre productividad y remuneración típica se ha ampliado drásticamente desde finales de los años setenta, y atribuye ese desfase al aumento de la desigualdad salarial y a una mayor parte de la renta capturada por el capital en lugar de por el trabajo. La economía genera valor, sí, pero una parte creciente de ese valor deja de llegar a quienes lo hacen posible.

Cuando esto ocurre durante demasiado tiempo, la desigualdad deja de ser un efecto secundario y se convierte en estructura. Los datos de la World Inequality Database, difundidos también por Our World in Data, muestran que la participación del 10% más rico en la renta sigue siendo extraordinariamente alta a escala global. No estamos ante un pequeño desajuste del mercado, sino ante una economía que concentra sistemáticamente los frutos del crecimiento.
Y ahí aparece la cuestión decisiva: The Great Divergence no solo separa ingresos; separa vidas. La OCDE advierte de que, en un país promedio de la organización, pueden hacer falta cuatro o cinco generaciones para que un niño nacido en una familia pobre alcance el nivel medio de ingresos. Cuatro o cinco generaciones. Eso no es movilidad social; eso es herencia de la desigualdad. El famoso ascensor social no está averiado: está bloqueado para demasiada gente.
La fractura se ve también en la vivienda. En España, el acceso a un hogar digno se ha convertido para muchos jóvenes y familias trabajadoras en una carrera imposible. El Banco de España ha documentado una fuerte tensión en el mercado residencial y ha alertado de que, a partir de ciertos niveles de esfuerzo sobre la renta, aumentan claramente los riesgos financieros de los hogares. Cuando una parte creciente del salario se destina solo a sobrevivir bajo un techo, la desigualdad deja de ser una cifra y se convierte en angustia cotidiana.
También se ve en la salud. La OMS recuerda que los resultados en salud dependen poderosamente de factores no médicos: ingresos, vivienda, educación, empleo, entorno y acceso a recursos. Es decir, la desigualdad económica termina filtrándose al cuerpo, a la enfermedad y a la esperanza de vida. Una sociedad desigual no solo reparte mal el dinero; reparte peor la salud y el futuro.

España, por supuesto, no está fuera de esta historia. El INE situó la tasa AROPE —riesgo de pobreza o exclusión social— en 25,7% en 2025, con una privación material y social severa del 8,1%. Son cifras demasiado altas para un país que quiere presentarse como economía avanzada. Podemos discutir décimas, pero no negar la evidencia: una parte muy importante de la sociedad sigue viviendo demasiado cerca de la fragilidad.
Y ahora, cuando esa divergencia ya era grave, entra en escena la inteligencia artificial. Aquí conviene ser serios: la IA no explica por sí sola la debilidad del mercado laboral. LinkedIn señala en su informe de enero de 2026 que la contratación sigue floja sobre todo por factores macroeconómicos, y que no ve todavía una destrucción generalizada del empleo de entrada atribuible exclusivamente a la IA. Esa cautela importa. Porque exagerar debilita el argumento. Pero minimizar también sería un error. LinkedIn añade que las empresas están priorizando productividad sobre contratación, y que la IA está elevando el listón de output por trabajador.
Eso enlaza exactamente con la lógica de The Great Divergence: si una nueva tecnología multiplica la productividad, pero no se traduce en más empleo de calidad ni en una mejora equilibrada de oportunidades, entonces no corrige la fractura, la profundiza. Indeed lo muestra con bastante claridad: aunque el volumen general de ofertas seguía débil a comienzos de 2026, las vacantes que mencionan habilidades de IA crecían con fuerza y se desacoplaban de la tendencia general del mercado. No desaparece el trabajo sin más; cambia su composición y se vuelve más exigente, más sesgado hacia los perfiles capaces de complementar a la máquina.
El problema es quién paga el coste de esa transición. Revelio Labs ha encontrado que las ofertas de empleo de entrada con alta exposición a la IA son las que más han caído desde enero de 2023. Su conclusión más relevante no es apocalíptica, sino estructural: controlando por industria y tendencia temporal, un aumento de 10 puntos porcentuales en exposición a IA se asocia con una caída del 11% en la demanda de puestos de entrada, mientras que para los puestos no junior se asocia con un aumento del 7%. Dicho sin rodeos: la IA no está golpeando igual a todos. Está cerrando con más fuerza la puerta de entrada.

Y eso tiene una implicación social enorme. Muchas de las tareas que hoy automatiza o acelera la IA eran precisamente las tareas por las que empezaban los jóvenes: redactar borradores, hacer análisis preliminares, ordenar información, documentar, apoyar procesos, aprender haciendo. Si esas capas desaparecen o se estrechan, no solo se reducen vacantes; se rompe la escalera de aprendizaje sobre la que se construían carreras enteras. El mercado se vuelve más eficiente para la empresa y más inaccesible para quien aún no ha tenido su primera oportunidad real. Esa es otra forma de desigualdad.
El FMI lleva tiempo advirtiendo de ese riesgo. En su nota sobre IA generativa y futuro del trabajo subraya que la IA puede aumentar la desigualdad de renta laboral si complementa más a los trabajadores con mayores ingresos y cualificación, al tiempo que eleva los retornos del capital. La OIT, por su parte, insiste en que el efecto más probable no es una automatización total del empleo, sino una transformación desigual de tareas y ocupaciones, con una exposición particularmente significativa en trabajos administrativos y de oficina. De nuevo, la clave no es si habrá cambio; la clave es quién gana y quién pierde con ese cambio.
Por eso, la gran cuestión política y empresarial de esta década no es cuánto crecerá la economía gracias a la IA. La cuestión verdadera es quién capturará ese nuevo valor. Si el beneficio queda concentrado en accionistas, grandes plataformas y una minoría de perfiles hipercualificados, mientras el resto compite por menos puestos, alquileres más caros y trayectorias más frágiles, entonces la inteligencia artificial no será una palanca de prosperidad compartida. Será el acelerador más sofisticado de la divergencia que ya veníamos arrastrando.
La salida, por tanto, no pasa por demonizar la tecnología ni por añorar un pasado que ya no volverá. Pasa por algo mucho más exigente: humanizar la empresa y reorientar la economía hacia el propósito. Porque si la inteligencia artificial, la productividad y el capital no se ponen al servicio de la dignidad humana, lo que tendremos no será progreso, sino una versión más sofisticada de la injusticia.
Hoy más que nunca necesitamos una economía del propósito: un modelo en el que las empresas no midan su éxito solo por el beneficio trimestral, sino también por su capacidad de generar valor social, ampliar oportunidades, fortalecer a las clases medias, cuidar a sus trabajadores, respetar a sus proveedores y contribuir a una sociedad más cohesionada. No se trata de filantropía cosmética ni de campañas de reputación. Se trata de entender que una compañía que precariza, expulsa talento joven, erosiona la confianza social o alimenta desigualdades no está creando valor real, aunque su cuenta de resultados diga lo contrario.

Humanizar las empresas significa volver a poner a la persona en el centro de la decisión económica. Significa que la innovación debe servir para elevar la vida de la mayoría, no solo para concentrar rentabilidad en unos pocos. Significa diseñar organizaciones donde la eficiencia conviva con la empatía, la tecnología con la responsabilidad y la competitividad con la justicia.
Porque el gran desafío de nuestro tiempo no es solo crecer. Es crecer sin dejar a la mayoría atrás. Y eso exige un nuevo liderazgo empresarial: más consciente, más valiente y más humano. Si no avanzamos hacia una economía del propósito, la gran divergencia seguirá ampliándose y la inteligencia artificial correrá el riesgo de convertirse en una máquina de multiplicar desigualdad. Pero si somos capaces de humanizar la empresa, de vincular productividad con dignidad y beneficio con bien común, entonces todavía estaremos a tiempo de demostrar que la economía puede volver a ser una herramienta de prosperidad compartida y no una fábrica de fracturas sociales.





