Los investigadores buscarán analizar la composición del hielo, detectar microplásticos y compuestos químicos persistentes, y rastrear señales de vida microbiana en condiciones extremas
Una expedición española recorre el lugar más blanco y lejano del planeta sin romper su silencio ni su magia. En medio de la Antártida, donde el frío calcina y las distancias abruman, una cometa gigante desplegada al cielo está cambiando la historia de las expediciones polares ruidosas y con una huella densa de combustible: se trata del Trineo de Viento. Una invención española que desafía el paradigma de la exploración con tan solo aire, tela y la tenacidad humana.
Ideado por el explorador Ramón Larramendi, este vehículo hecho a mano, es una gran plataforma modular articulada construida con madera, riostras y cuerdas de alta resistencia. Es ligero, flexible y se adapta al relieve helado flotando suavemente sobre el sastrugi, las olas que el viento esculpe en la meseta polar.
La expedición española se propone recorrer unos 3.400 kilómetros por el interior de la Antártida durante aproximadamente 80 días. Su itinerario va desde las cercanías de la base rusa de Novolazárevskaya, en la Tierra de la Reina Maud, hasta la estación Concordia, en Domo C, uno de los lugares más remotos y hostiles del planeta.

El Trineo de Viento parece una idea sencilla, y quizá por eso resulta tan poderosa. En lugar de quemar combustible para avanzar, aprovecha la fuerza del viento mediante cometas de tracción. Arrastrada sobre la nieve por veinte cometas, con superficies que van de 5 a 150 metros cuadrados, el equipo elige cuál desplegar según la intensidad del viento. En condiciones favorables puede alcanzar puntualmente 80 kilómetros por hora, aunque su velocidad media ronda los 25.
Trineo de Viento con sello español
El vehículo está formado por cuatro módulos y puede transportar hasta 2.100 kilos de carga. Entre personas, alimentos, refugios, instrumentos y muestras. La propulsión es eólica; la electricidad que necesita la investigación científica proviene de paneles solares. Así, el viento mueve el trineo y el sol mantiene vivos los sensores, ordenadores y equipos de medición. No es un invento surgido de la noche a la mañana.
Las versiones anteriores del Trineo de Viento ya han recorrido más de 28.000 kilómetros en el Ártico y la Antártida, acumulando una experiencia técnica que ahora se pone a prueba en la Gran Travesía.
La expedición no es solo una gesta de resistencia o una demostración tecnológica. Es, sobre todo, un laboratorio móvil. A bordo viajan 16 proyectos científicos de instituciones nacionales e internacionales, diseñados para obtener datos donde los satélites llegan, pero no siempre pueden mirar con suficiente detalle.

Los investigadores buscarán analizar la composición del hielo, detectar microplásticos y compuestos químicos persistentes, y rastrear señales de vida microbiana en condiciones extremas. Es una paradoja hermosa: en uno de los sitios más limpios y aislados de la Tierra, el ser humano busca las huellas de su presencia. Incluso allí donde nunca ha vivido. En su agenda recogerán muestras de aire impoluto e investigarán capas de hielo milenarias sin contaminar las mismas muestras que buscan analizar.
El equipo lo forman Larramendi, fundador de Tierras Polares; Hilo Moreno, guía polar y técnico de montaña; Mariusz Potocki, científico de la Universidad de Maine; y Javier Selva, encargado de documentar la travesía. Durante el viaje harán cinco paradas prolongadas para realizar mediciones y diversos experimentos.
Proyectos de interés del planeta
Durante su travesía por las regiones más remotas de la meseta antártica, la expedición del Trineo de Viento ejerce como una plataforma móvil cero emisiones para albergar un ambicioso programa de 16 proyectos científicos en colaboración con prestigiosas universidades, centros del CSIC, la NASA y la Agencia Espacial Europea.
A lo largo de los miles de kilómetros de recorrido, el equipo recolecta muestras de aire e hielo sin contaminarlas con gases de combustión. Esto les permite analizar la composición de la atmósfera, rastrear la presencia de microplásticos o pesticidas. Y estudiar la dispersión global de los denominados «químicos eternos» (PFAS) que llegan hasta los confines del planeta impulsados por las corrientes atmosféricas.

En el ámbito de la astrobiología y las condiciones extremas, la misión busca posibles rastros de vida microbiana en rocas salinas heladas. E investiga procesos análogos a los de Marte u otros mundos helados, utilizando tecnologías de exploración planetaria para poner a prueba instrumental en un entorno casi idéntico al del espacio profundo.
A la par de estos estudios ambientales y geológicos —que incluyen mediciones del magnetismo terrestre y la calibración de sistemas de navegación por satélite como el europeo Galileo—, los propios exploradores se convierten en objeto de investigación. A través del proyecto WindSled Mind, neurocientíficos y psicólogos monitorean de forma continua su salud física, patrones de sueño, niveles de estrés. Así como dinámicas de convivencia frente al aislamiento extremo y las temperaturas gélidas. Este seguimiento biomédico no solo permite evaluar el desgaste fisiológico en travesías polares, sino que aporta valiosos datos para la psicología aeroespacial y la preparación de futuras misiones humanas de larga duración hacia la Luna o Marte.
Con respeto a la Antártida
Lo fascinante de esta hazaña no es solo la belleza estética de ver una velera cruzar desiertos de nieve a más de 40 kilómetros por hora; es su impacto e intencionalidad ambiental. En una época donde estudiar el cambio climático exige reducir al mínimo la propia huella de carbono, el Trineo de Viento se erige como una alternativa limpia y eficiente.
La Antártida siempre ha exigido a quienes la cruzan una mezcla de humildad y audacia. Este proyecto añade algo nuevo: la certeza de que explorar no tiene por qué significar contaminar. La campaña expedicionaria se presenta como la primera travesía del continente con cero emisiones en su propulsión, impulsada al cien por ciento por energía eólica y con energía fotovoltaica para la ciencia.

Navegar a bordo del Trineo de Viento es aceptar el ritmo que dicta la naturaleza. Cuando se levanta la brisa, el equipo despega sus gigantescos cometas y se desliza durante horas en una calma asombrosa, apenas interrumpida por el crujido de la madera y el silbido del aire en las líneas. En cambio, cuando el viento se calma, el tiempo se detiene y la meseta antártica envuelve a los expedicionarios en un silencio casi absoluto. Es la ciencia volviendo a sus raíces más puras: la exploración guiada por el respeto al entorno, integrándose en el ecosistema en lugar de imponerse sobre él.
El Trineo de Viento no es solo un triunfo del diseño ecoeficiente e intuitivo; es un símbolo de esperanza para el futuro de la investigación planetaria. Nos demuestra que para llegar más lejos no siempre hace falta consumir más, sino entender mejor las fuerzas del mundo que nos rodea. El viento no es un obstáculo, es el motor.
¿Quién es el líder?
Con más de 40 años de experiencia en territorios polares, Ramón Llarramendi ha completado y liderado más de 20 expediciones polares importantes y más de 50 viajes más pequeños en las regiones árticas y antárticas. Su trabajo se centra en el conocimiento tradicional inuit, las técnicas de supervivencia y la exploración sostenible.

Es el inventor del Windsled, un vehículo ecológico único que combina el diseño tradicional de los trineos inuit con la tecnología moderna. El Windsled es capaz de desplazarse con eficiencia por las vastas mesetas de hielo de Groenlandia y la Antártida, y actualmente es el único sistema de transporte de cero emisiones diseñado específicamente para la exploración polar sostenible.
Llarramendi lleva más de 12 años viviendo en el Ártico y actualmente reparte su tiempo entre Madrid, Reikiavik y Narsarsuaq. Habla español, francés, inglés, groenlandés y danés.
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