Este segmento de la población adquiere su propiedad mucho más tarde que sus padres y a precios más altos; por tanto, su fondo de jubilación será mucho menor
Los millennials a menudo aparentan tener un alto poder adquisitivo por su consumo visible en servicios y tecnología, pero algunos estudios observan que este segmento de la población enfrenta una desconexión entre sus ingresos reales y el costo de la vivienda. Muchos optan por priorizar otras preferencias, como viajes, autos o apartamentos bien acondicionados pero de alquiler.
Las generaciones anteriores enfocaban la adquisición de una vivienda como el motor de arranque de la estabilidad económica y la vía principal para acumular un patrimonio a largo plazo. Comprar una casa a temprana edad significaba coronar un esfuerzo sostenido y aspiracional. Pagar cuotas por una propiedad que, a la vuelta de unos años, se transformaban en un colchón financiero sólido con el cual apalancar la jubilación o dejar un legado familiar.
La escena ha cambiado de forma radical. Los millennials avanzan por sus treinta y tantos —e incluso superan los cuarenta años— mientras continúan pagando alquileres elevados. Compartiendo departamento o mudándose de regreso al hogar de sus padres. La idea de convertirse en propietarios no parece un hito natural de la madurez. Más bien una maratón con la meta en movimiento, impulsada por salarios que no escalan al mismo ritmo que el mercado inmobiliario y por tasas de interés que sofocan cualquier intento de ahorro.

Actualmente, la edad promedio de quienes compran una vivienda por primera vez es de 40 años, la más alta registrada hasta la fecha por la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios (NAR).
Millennials adquieren tardíamente una vivienda
Los cuarentones que compran su primera vivienda hoy en día son millennials, y son más de una década mayores que los compradores primerizos de antaño, señala el informe. Esperar hasta los 40 significa perder aproximadamente una década de pagos hipotecarios que, de otro modo, habrían amortizado el préstamo. También puede significar perderse una década de aumento de precios que, de otro modo, habría incrementado el valor de la misma vivienda.
“Retrasar la compra de una vivienda de los 30 a los 40 años puede significar perder aproximadamente 150.000 dólares de capital en una vivienda típica para principiantes», afirmó Shannon McGahn, vicepresidenta ejecutiva y directora de defensa de la NAR a Quartz, un medio digital especializado en mercados, innovación, tecnología.

Los millennials –nacidos aproximadamente entre 1981 y 1996- se enfrentan a precios más altos por las casas que compran más adelante. También renuncian a parte de las ganancias que disfrutarían en su jubilación. En lugar de vivir cómodamente gracias al patrimonio acumulado, muchos de ellos tendrán que seguir pagando la hipoteca hasta los 70 años, cita el artículo. Perdiendo las décadas doradas de revalorización y capitalización que disfrutaron las generaciones previas.
Las implicaciones de esta brecha generacional van mucho más allá de la simple posesión de un título de propiedad. Al ingresar al mercado inmobiliario tan tarde, el margen para amortizar la deuda antes del retiro se reduce dramáticamente. Los recursos que antes se destinaban al ahorro neto o a la inversión en la etapa madura de la vida ahora se absorben en el pago de intereses residuales, dejando un patrimonio considerablemente más reducido para la jubilación.
¿Prioridades de una generación o dificultades?
El mercado inmobiliario actual se ha convertido en una cancha inclinada donde la experiencia y el capital acumulado juegan con una ventaja abrumadora. Los propietarios de mayor trayectoria están utilizando las abultadas ganancias de sus ventas anteriores para aplastar las ofertas de los jóvenes compradores primerizos, quienes intentan competir únicamente con los ahorros de su trabajo.

En muchos casos, estos compradores veteranos ni siquiera necesitan solicitar una hipoteca. Se imponen en las pujas con desembolsos al contado. Dejando fuera de juego a una generación, como los millennials, que solo puede aportar una fracción de esa competencia y termina sin más remedio que continuar encadenada al alquiler de vivienda, mientras los precios se disparan en un círculo vicioso.
Para aquellos pocos elegibles que sí logran dar el salto, el panorama financiero tampoco es benévolo. Deben asumir préstamos muy costosos, con tasas hipotecarias fijas a 30 años que han llegado a situarse por encima del 7,3 %. Establecer una deuda en estas condiciones implica cargar con un costo financiero elevado durante tres décadas, a menos que una refinanciación les dé un respiro.
Esta tendencia no se limita a las fronteras estadounidenses o de otros muchos países. En Canadá, por ejemplo, el horizonte patrimonial muestra exactamente las mismas fracturas. Jason Evans, asesor financiero en Toronto, enfocado en la planificación del retiro, advierte que la combinación de compras tardías con la opción de amortizaciones a 30 años está desplazando el compromiso del crédito hacia etapas que históricamente estaban reservadas para el descanso.
Obstáculos globales para tener casa
El impacto de esta crisis habitacional trasciende lo puramente financiero para convertirse en un freno social y emocional de escala global. La organización Hábitat para la Humanidad realizó una investigación titulada “Un hogar, pero ¿a qué costo?”. Basada en encuestas a 30. 000 personas en 22 países de diversos continentes y niveles de ingreso.

El 56 % de la población mundial ve en los costos de la vivienda el principal obstáculo para formar una familia, una barrera que se eleva al 62 % entre los millennials y la generación Z.
Esta presión obliga a tres de cada cuatro personas a recortar en alimentación o atención médica para mantener un techo. Cifra que escala restrictiva hasta el 89 % en asentamientos informales y supera el 80 % entre los jóvenes y los sectores de menores ingresos. Con seis de cada diez padres convencidos de que los precios están limitando el futuro de sus hijos y un 48 % de la población al borde de la inestabilidad ante cualquier imprevisto. No sorprende que el 56 % califique el sistema de vivienda de su país como rotundamente roto.
Las expectativas a futuro reflejan un escepticismo profundo, con un 42 % de los estadounidenses y un 56 % de los canadienses asumiendo que jamás llegarán a ser dueños de una casa. A la par que la insatisfacción se dispara en naciones de menores ingresos como Costa de Marfil (66 %) y Etiopía (63 %), dibujando un mapa global donde la vivienda ha dejado de ser un refugio para convertirse en fuente de incertidumbre.
Las personas participantes en este estudio provienen además de Argentina, Australia, Barbados, Brasil, Egipto. Así como de Guatemala, Indonesia, Irlanda, Kenia, México, Nepal, Nigeria, Polonia, Sudáfrica, Corea del Sur, Trinidad y Tobago, Turquía y el Reino Unido.
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