Por Jorge Neri Bonilla – CEO y Editor de Cambio16 y Autor de la Economía de la Abundancia
La izquierda culpa a la derecha. La derecha culpa a la izquierda. Unos se presentan como los defensores de la justicia social; otros, como los mejores gestores de la economía. Bajo esa trampa dual, las elecciones se convierten en batallas, las sociedades se dividen y los problemas que alimentan la frustración permanecen.
Cambian los gobiernos, las mayorías y las promesas. Pero hay una pregunta que casi nunca nos hacemos. ¿Hacia dónde vamos? Llevamos demasiado tiempo atrapados en la confrontación entre derecha e izquierda. Sus diferencias son reales y sus decisiones tienen consecuencias distintas. Pero buena parte del debate continúa dentro de un mismo paradigma, el de la escasez.
La economía se ha definido tradicionalmente como la administración de recursos limitados frente a necesidades humanas ilimitadas. Esa definición describe una tensión real. El problema comienza cuando convertimos la administración de la escasez en nuestro único horizonte, como si nuestra mayor aspiración fuera repartir mejor lo existente y no transformar la capacidad de generar bienestar.
Discutimos quién distribuye mejor, quién recauda más, quién reduce impuestos y quién gestiona con mayor eficiencia. Debates legítimos. Pero ninguno esta apuntando a la pregunta fundamental. ¿Queremos seguir administrando la escasez o aprender a generar abundancia?
Podemos mejorar la gestión, aumentar el PIB y continuar sin resolver problemas como la pobreza, la desigualdad, el acceso a la vivienda o la incertidumbre sobre el futuro. Podemos crecer económicamente mientras deterioramos las condiciones que permiten vivir bien. Administrar mejor la escasez no es lo mismo que construir abundancia.
La frustración económica tiene consecuencias políticas. Cuando alguien trabaja y no consigue construir un proyecto de vida, teme perder lo conseguido o cree que sus hijos vivirán peor, el miedo encuentra terreno fértil. La política puede aprovecharlo para convertir al adversario en enemigo.
Las elecciones comienzan entonces a vivirse como una lucha por la supervivencia. Cada victoria parece una derrota existencial para la otra mitad. La confrontación desplaza la construcción de soluciones y el miedo alimenta nuevas divisiones.más dividida y más propensa a la confrontación que a la construcción de soluciones.
La polarización tiene muchas causas. No pretendo reducirla a la economía. Pero sería un error ignorar cuánto combustible aporta una sociedad que siente que compite por oportunidades cada vez más inaccesibles.
Mientras unos y otros se atribuyen mutuamente la culpa, seguimos sin cuestionar suficientemente el modelo que condiciona nuestros resultados. Y aquí aparece una verdad incómoda. Vivimos dormidos en una economía dormida. Lo peor del sueño es que nos hace creer que estamos despiertos.
Hemos normalizado un sistema capaz de premiar productos y servicios que enferman, distraen, dividen o destruyen la naturaleza. Actividades que generan grandes beneficios mientras trasladan sus costes a las familias, las comunidades o las generaciones futuras. Después destinamos nuevos recursos a reparar parte de esos daños y llamamos crecimiento al conjunto.
No toda actividad rentable genera bienestar. Y no todo aquello que mejora la vida recibe el valor económico que merece. El problema no es cuánto producimos. Es qué premiamos.
Cambiar la dirección de la economía no exige destruir el capitalismo ni esperar una humanidad perfecta. Tampoco significa renunciar a la iniciativa privada, al beneficio empresarial o a la competencia. Significa conseguir que ganar dinero y mejorar la vida avancen en la misma dirección.

El primer cambio consiste en transformar los incentivos económicos. Dar mayor valor a los productos y servicios que generan bienestar para las personas y la naturaleza. Premiar lo que sana frente a lo que enferma. Lo que educa frente a lo que distrae. Lo que une frente a lo que divide. Lo que regenera frente a lo que destruye
Cuando generar bienestar resulta económicamente más atractivo que producir daños, la economía comienza a cambiar. No por una declaración ideológica, sino porque cambian los incentivos.
El segundo cambio afecta a nuestras conductas. Hemos convertido la competencia feroz y la acumulación desmedida en señales de éxito, como si para prosperar fuera indispensable que otros retrocedieran. Pero la colaboración puede multiplicar el valor. Empresas, trabajadores, comunidades y gobiernos pueden combinar capacidades para crear soluciones que ninguno conseguiría por separado.
Cooperar no significa eliminar la competencia ni ignorar los conflictos de intereses. Significa ampliar las oportunidades de generar beneficios compartidos. Ese es el principio ganar-ganar. Prosperar sin convertir el perjuicio ajeno en la medida de nuestro éxito.
El tercer cambio es consecuencia de los anteriores. Cuando transformamos los incentivos y nuestras conductas, también podemos comenzar a transformar nuestra consciencia. Una economía que recompensa el bienestar y favorece la colaboración crea mejores condiciones para la confianza, la transparencia, la solidaridad, la generosidad y la responsabilidad compartida.
No necesitamos esperar a que toda la humanidad despierte para comenzar a cambiar la economía. Podemos cambiar su dirección y, con ello, favorecer también una mayor consciencia individual y colectiva.
La democracia necesita diferencias, debate, rendición de cuentas y alternancia. Necesita gobiernos que gestionen con responsabilidad y ciudadanos que puedan sustituirlos cuando consideren que no han cumplido sus compromisos.
Pero cambiar de gobernantes no garantiza, por sí solo, cambiar la dirección de la economía. Podemos mejorar la administración de los recursos, modificar las políticas públicas y sustituir a quienes gobiernan. Todo eso importa. Pero si continuamos premiando actividades que destruyen bienestar y confundiendo crecimiento con prosperidad, seguiremos reproduciendo muchos de los problemas que pretendemos resolver.stro bienestar depende también del bienestar de los demás.
Ese es el desafío que trasciende a la derecha y a la izquierda. No se trata de negar sus diferencias ni de restar importancia a sus decisiones. Se trata de reconocer que necesitamos algo más profundo que elegir quién administra mejor las consecuencias de un modelo económico que necesita evolucionar.
Necesitamos una dirección que premie el bienestar, multiplique el valor mediante la colaboración y regenere las fuentes de nuestra prosperidad. La derecha y la izquierda pueden discrepar sobre los instrumentos, las prioridades y el papel del Estado o del mercado. Es parte de la democracia. Pero esa discusión no debería impedirnos plantear una pregunta más profunda. ¿Qué clase de prosperidad queremos construir?
Porque podemos cambiar de gobierno muchas veces y seguir sin cambiar de rumbo.
Por Jorge Neri Bonilla www.jorgeneribonilla.com
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