La explosión eliminó gran parte de sus propias emisiones de metano de la atmósfera
El despertar del volcán submarino Hunga Tonga-Hunga Haapai en el Pacífico sur, en enero de 2022, no solo fue un recordatorio de la fuerza bruta de la naturaleza, sino también el inicio de uno de los laboratorios geofísicos más interesantes de nuestra era. Aquella explosión, que envió una columna de espeso humo, ceniza y vapor de agua hasta la mesosfera, rompiendo récords de altitud y generando ondas de choque que dieron varias vueltas al planeta, dejó la inquietud de qué sucederá con toda esa nube de toxicidad y residuos sobre el lecho marino.
La explosión alcanzó una altura máxima de 57 kilómetros, llegando hasta la tercera capa de la atmósfera. La magnitud fue tal, que la mayoría de las grandes erupciones apenas logran inyectar material en la estratosfera, es decir de unos 15-20 km. Fue la primera vez que se documentó visualmente una columna volcánica atravesando la estratosfera por completo para tocar la mesosfera. En cuanto a su extensión horizontal, la sombrilla de ceniza se expandió hasta cubrir un área de unos 500 kilómetros de diámetro en sus momentos más intensos.
Podría pensarse que tras un evento de esas proporciones lo que seguía era un caos de sedimentos sepultando el ecosistema circundante durante décadas. Sin embargo, investigaciones recientes publicadas en Nature Communications han revelado un fenómeno asombroso que desafía la comprensión sobre la recuperación post-eruptiva.

Lejos de quedar asfixiados por sus propios restos, el volcán Tonga parece haber ejecutado un proceso de autolimpieza sin precedentes. El estudio detalla cómo las poderosas corrientes de turbidez —flujos densos de agua cargada de sedimentos que actúan como avalanchas submarinas— funcionaron como una gigantesca escoba geológica.
Las sorpresas del volcán Tonga, cuatro años después
La investigación revela que la propia erupción activó un mecanismo natural que empezó a limpiar el metano de la atmósfera, uno de los gases de efecto invernadero más agresivos. Un descubrimiento inesperado que podría abrir nuevas vías para entender y acelerar la eliminación de este gas y combatir el calentamiento global.
Investigadores de la Universidad de Copenhague y otras instituciones internacionales descubrieron que la nube volcánica estaba limpiando el metano de la atmósfera. El misterio comenzó cuando los científicos analizaron imágenes satelitales de la nube generada por la erupción, y entre los datos encontraron niveles inusualmente altos de formaldehído (HCHO) a 30 kilómetros de altura.

El formaldehído es el subproducto que queda cuando el metano se descompone en el aire. Cuando el Hunga Tonga explotó bajo el agua, lanzó al cielo una mezcla inmensa de ceniza volcánica y agua de mar salada. Al llegar a la estratosfera, la combinación de estos elementos con la luz solar, creó partículas de cloro reactivo, que actuaron como un equipo de limpieza. Atacando las moléculas de metano y rompiéndolas.
Según los cálculos, el volcán eliminó unas 900 toneladas de metano por día en su fase más activa, una cantidad comparable a las emisiones diarias de más de dos millones de vacas. Advierte el análisis que tras analizar datos de imágenes satelitales avanzadas, se descubrió que la nube volcánica no solo contenía formaldehido. Su presencia masiva durante días en la columna resultaba extraño, pues solo sobrevive unas pocas horas antes de desaparecer, e indicaba que el metano se estaba destruyendo de forma continua y acelerada.
Hallazgo esperanzador
Maarten van Herpen, coautor del estudio y miembro de Acacia Impact Innovation BV, señaló que “dado que el formaldehído solo existe durante unas pocas horas, esto demostró que la nube debió haber estado destruyendo metano de forma continua durante más de una semana. Se sabe que los volcanes emiten metano durante las erupciones. Pero hasta ahora se desconocía que la ceniza volcánica también fuera capaz de limpiar parcialmente esta contaminación”.
Estas corrientes fueron muy energéticas. En lugar de simplemente depositar capas de escombros sobre el edificio volcánico y sus alrededores, se desplazaron con tal velocidad y fuerza que «barrieron» los materiales hacia las profundidades de la cuenca oceánica. Este mecanismo de evacuación de detritos permitió que el entorno inmediato del volcán no quedara sepultado bajo metros de ceniza estéril. Facilitando una configuración del relieve submarino más limpio de lo que se esperaba tras una liberación de energía equivalente a muchas bombas de Hiroshima.

El metano es el gas responsable de aproximadamente un tercio del calentamiento global actual. Permanece menos tiempo en la atmósfera que el CO2, unos 10 años frente a siglos, pero es 80 veces más potente, atrapando el calor durante un período de 20 años.
Los científicos explican que reducir el metano es como aplicar un “freno de emergencia” al cambio climático, cuyos resultados se podrían apreciar en apenas una década. Hasta ahora se sabía que los volcanes emiten metano durante las erupciones. Pero no que pudieran contribuir a eliminarlo. Por ello los modelos científicos no tenían en cuenta el papel del polvo o ceniza en la eliminación del metano.
Si se logra entender cómo el cloro reactivo puede llegar a destruir el metano de forma eficiente, futuras investigaciones podrían intentar replicar este proceso de manera controlada y segura para enfriar el planeta más rápidamente.
Los misterios de los volcanes
Este hallazgo es crucial porque cambia la narrativa sobre la resiliencia de los ecosistemas marinos profundos. Al limpiar sus propios residuos de manera tan eficiente, el sistema hidrotermal y las estructuras rocosas del volcán Tonga quedaron expuestas nuevamente en un tiempo récord. Permitiendo que la vida recolonice el área mucho antes de lo previsto por los modelos tradicionales. La naturaleza, en su violencia más extrema, parece haber diseñado un mecanismo de mantenimiento que evita el estancamiento de sus propios desechos.
Así, el Tonga no solo enseñó sobre la potencia del magma y el vapor. También sobre una dinámica de regeneración donde la misma fuerza que destruye es la encargada de despejar el camino para lo que vendrá después. Demostrando que incluso en las profundidades del Pacífico, el orden y la limpieza pueden ser hijos del caos más absoluto.
Este descubrimiento no significa que hay que provocar erupciones volcánicas. Ni que los volcanes sean la solución definitiva al cambio climático. Pero sí sugiere que ciertos procesos químicos naturales podrían inspirar nuevas tecnologías para eliminar metano de la atmósfera. Los investigadores señalan que este mecanismo no compensa las emisiones globales. Sin embargo demuestra que existen rutas químicas poco exploradas que podrían aprovecharse para reducir la contaminación de nuestra atmósfera.
El Hunga Tonga recuerda que la atmósfera tiene sus propios mecanismos de limpieza. Y que, a veces, incluso los desastres naturales pueden darnos las pistas para salvar nuestro propio futuro.
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