Analistas consideran que la irrupción de TikTok y la cultura del video corto no representan únicamente un cambio de formato, sino un reajuste de los incentivos emocionales en la arena política
El ecosistema digital estuvo dominado durante las dos últimas décadas por plataformas como Twitter y Facebook, utilizadas en el discurso político para exaltar el conflicto y el sensacionalismo, al observar que se viralizaban a mayor velocidad que la propuesta argumentada. El debate se volvió hostil y polarizado generando una fatiga ciudadana en muchos países. Varios analistas coinciden en que los algoritmos y videos cortos están cambiando la política, ¿para bien?.
Julia Angwin es una periodista de investigación, autora y empresaria estadounidense. Fue cofundadora y editora jefa de The Markup, una redacción sin ánimo de lucro que investiga el impacto de la tecnología en la sociedad. En un artículo de opinión en The New York Times titulado ”TikTok está cambiando la política (quizá para mejor)” , sugiere una grieta inesperada en esa hegemonía del enfrentamiento.
La tesis central de Angwin plantea que la irrupción de TikTok y la cultura del video corto no representan únicamente un cambio de formato, sino una reconfiguración de los incentivos emocionales en la arena política. A diferencia de las redes sociales basadas en texto o en hilos de confrontación directa, el algoritmo de TikTok premia el dinamismo, el humor, la creatividad visual y la empatía percibida.

Para conectarse con una audiencia masiva en esta plataforma, los estrategas políticos y los propios candidatos se han visto obligados a abandonar el tono severo de las tarimas tradicionales y la agresividad del debate de trinchera. Adoptando un lenguaje caracterizado por la cercanía, la autoparodia y el entusiasmo.
¿Los algoritmos están cambiando la política?
Este fenómeno supone un giro sustancial en el marketing electoral. En el modelo clásico de los medios masivos, la efectividad de una campaña dependía de la repetición de consignas y del control rígido del mensaje a través de espacios publicitarios comprados o entrevistas pautadas.
En TikTok, en cambio, la rigidez institucional es penalizada con el desinterés inmediato del usuario, cuyo pulgar está siempre listo para deslizar la pantalla al siguiente contenido. La credibilidad en la era del algoritmo de recomendación no se construye sobre la solemnidad del cargo, sino sobre una ilusión de autenticidad donde el político se muestra accesible, vulnerable o simplemente humano.

Más allá del ámbito estricto de las campañas, el artículo de Angwin invita a reflexionar sobre las implicaciones psicosociales de este cambio de paradigma. La exposición continúa a discursos políticos centrados en la amenaza constante ha deteriorado la salud mental del electorado y generado un fenómeno generalizado de desconexión cívica.
Si las nuevas plataformas incentivan contenidos con un sesgo más afable, positivo o informativo, cabe la posibilidad de que el clima de la política -entendiéndolo como un todo: políticos, partidos, propuestas- experimente una tregua en sus niveles de toxicidad. Ofreciendo un canal donde la participación política no exija habitar un estado permanente de confrontación y descalificación.
No obstante, esta transformación acarrea interrogantes inevitables. La brevedad del formato y la primacía de lo estético sobre lo conceptual conllevan el riesgo de una política crecientemente trivializada por las modelación del algoritmo, donde la empatía superficial reemplaza la sustancia de los programas de gobierno y el debate técnico.
Asimismo, la opacidad de los algoritmos de recomendación y las preocupaciones de seguridad alrededor de las grandes corporaciones tecnológicas recuerdan que la plataforma es, antes que un foro democrático, un negocio diseñado para captar la atención.

Videos cortos, memes, mensajes positivos
El planteamiento de Julia Angwin no propone una utopía digital ni pretende eximir a TikTok de sus contradicciones. Su valor reside en cuestionar el determinismo pesimista sobre las redes sociales, demostrando que la tecnología no es una fuerza monolítica y que las herramientas que moldean el discurso público pueden, bajo nuevas dinámicas de consumo, reorientar la conversación política hacia espacios menos polarizados y más amables para la ciudadanía.
La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva, el caso más reciente y sorpresivo, representa uno de los resultados más analizados por politólogos y especialistas en comunicación digital. Aunque Angwin no abordó el fenómeno de Brasil, conecta con sus implicaciones.
Analistas e investigadores como Thiago Vidal, director de análisis político en la consultora Prospectiva y, el académico Marcelo Santos destacan que el cambio decisivo en la campaña de Lula ocurrió cuando su equipo entendió que no podía combatir el contenido viral con discursos formales o desmentidos solemnes.

A través de figuras como el diputado André Janones y la creación de redes de movilización orgánica (como el denominado “Ejército de Lula”), la campaña del PT adaptó sus mensajes al lenguaje nativo de las plataformas. Entonces abandonaron la estética tradicional de los spots electorales para adoptar formatos de video corto, transmisiones informales en vivo, memes y respuestas rápidas directas a la cámara.
Señalan los expertos que los líderes de la campaña entendieron que para disputar la atención política frente al algoritmo de TikTok o Instagram Reels, la velocidad de reacción y la autenticidad percibida eran más determinantes que la producción pulida de estudio.
Narrativas emocionales
Diferentes organismos de análisis electoral y centros de investigación han abordado este cruce entre algoritmos y política. Los estudios sobre comportamiento electoral en redes del Centro de Tecnología y Sociedad de la Fundación Getulio Vargas (FGV – Brasil) concluyen que la efectividad de la campaña digital de Lula no residió solo en el uso de TikTok como vitrina de propuestas, sino en su capacidad para crear comunidades cerradas que distribuían esos videos hacia WhatsApp y Telegram, generando un efecto dominó.
Por otra parte, Tai Nalon (Directora de Aos Fatos) señala que el fenómeno de los videos cortos en campañas latinoamericanas desplazó el eje de debate: la contienda ya no es entre programas políticos, sino entre narrativas emocionales de alta velocidad.
El caso de Brasil valida el punto central del debate actual: la política contemporánea ya no se gana en las pantallas de televisión ni en los periódicos, sino en la capacidad de adaptar el mensaje a las reglas de juego impuestas por los algoritmos de recomendación.
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