Mirar a los migrantes

Una embarcación con 700 migrantes volcó este miércoles a 25 kilómetros de la costa de Libia. La Guardia Costera italiana ha rescatado a unas 400 personas y 25 cadáveres. Hay más de 200 desaparecidos.

En 2015, más de 2.000 personas han muerto en el Mediterráneo. Uno de los meses más dramáticos fue abril, cuando el mar se tragaba más de 1.000 vidas. Así denunciaba entonces este drama humano el actor Juan Diego Botto en Cambio16.

 

 

LOS 1.000 NOMBRES

Por Juan Diego Botto

En abril el Mediterráneo se tragaba a más de 1.000 personas en una semana. Mil mujeres, hombres y niños fueron absorbidos por el mar mientras intentaban alcanzar las costas europeas. Mil nombres con sus 1.000 sueños y sus 1.000 pequeñas historias personales. Quizá minutos antes de que una de las embarcaciones se hundiera, alguien, en un camarote, tenía la sonrisa instalada en el alma porque iba a conocer al hijo que le nació en Italia. Quizá otro se preguntara si conseguiría ser un famoso futbolista y regresar a su tierra como un héroe. Es posible que en cubierta alguien diera vueltas pensando en lo que dejaba atrás, en su padre y su madre que habían empeñado hasta lo que no tenían para conseguir pagarle este viaje en el que habían depositado todas sus esperanzas de salir de la miseria.

Todo se lo tragó el mar y nadie escuchará jamás esas historias. Pero lo cierto es que tampoco nadie se ha molestado en preguntarlas. Hay pocos anonimatos tan flagrantes como el de los migrantes. Ellos son los auténticos “Nadie” de los que hablaba Galeano.

Sr. García
Sr. García

Ellos, que desafían los mayores peligros, que cruzan sin brújula los peores desiertos; ellos, los auténticos intrépidos de nuestra época son capaces de desafiar a los dioses de la naturaleza y la furia de los hombres pero no pueden hacerse un hueco en los informativos. Allí sólo caben como números en un aséptico titular. Uno lee: “1.000 inmigrantes ahogados en el Mediterráneo” y cada número se amontona encima del otro en una pila tan grande como pornográfica. Eso es todo, no pueden optar a más.

Pero la verdad es que no se los tragó el mar. No fueron víctimas del mal tiempo. Se los tragó la codicia de un mundo en el que el 1% más rico atesora el 50% de la riqueza. Y es que lo que se esconde detrás de la migración es la pobreza y ésta viene generada por la desigualdad. Se los tragó vivir en un lugar donde ni trabajar todas las horas del reloj les garantizaba comer.  Se los tragó la rapiña de grandes empresas transnacionales que esquilman sus tierras y les dejan el suelo quemado y dictadores títeres. Se los tragó la miseria de políticos corruptos y, en muchos casos, genocidas. Se los tragó la ley que levanta muros, vallas y obstáculos para que se quiebren, y no tira las boyas necesarias para rescatarlos. Y, al final, no les queda ni un cementerio donde reposar sus huesos.

Decía John Berger que aceptar la desigualdad como algo natural es convertirnos en seres fragmentados. No podemos vivir mirando solo y constantemente las injusticias cotidianas, pero tampoco es soportable vivir de espaldas a ellas. Negar la realidad es negarnos a nosotros mismos. En las páginas de esta revista podemos leer las historias de hombres y mujeres que han decidido no sólo encarar esas realidades, sino tratar de remediarlas. Han puesto el cuerpo para tapar la sangría de dolor anónimo que se filtra por todos los rincones del planeta. Ellos merecen reconocimiento, merecen que sepamos de sus historias y que junto a ellos miremos a los migrantes. Porque pocas cosas están tan en el ADN del ser humano como migrar, desplazarse y tratar de garantizar un futuro mejor para la siguiente generación.

 

 

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