Foto: Oscar.B.Castillo - The New Yorker

“Un estado fallido”: La mirada de The New Yorker sobre Venezuela

Por Cambio16
7/11/2016

En un extenso e incisivo artículo titulado “Venezuela, a falling state” (Venezuela, Un Estado fallido), la revista The New Yorker realizó una precisa radiografía de la crisis en el país suramericano. En la pluma de William Finnegan, la prestigiosa publicación hace una radiografía del enojo de un amplio sector de la población venezolana, cada vez más creciente, hacia un sistema de gobierno que ha fomentado con sus políticas el desequilibrio económico, la corrupción, la escasez de alimentos y la inseguridad, estos dos últimos, temas muy sensible en todas las capas sociales.

“Es comprensible que los venezolanos esten enojados al hablar acerca de “la dictadura”. Sus derechos están en estado de sitio. Pero las dictaduras reales imponen orden (…) la gente esperaba que Hugo Chávez, como militar, sería capaz de controlar a los  (delincuentes). Pero Chávez mostró poco interés en la aplicación de la ley, incluso se opuso a la idea de una fuerza de policía profesional, pues sería ‘una policía del estado burgués’. Hoy en día, los investigadores estiman que el número anual de homicidios es tan alto como 90,4 por cada 100.000 habitantes. El gobierno dice que es sólo 58,4 por cada 100.000 habitantes. Lo que sea. En 1984, el número fue de entre ocho y diez” reza la publicación.

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El tema económico es otro de los tópicos altamente desarrollados en el reportaje. “(Venezuela) es la economía del mundo con peores resultados. Sufre de más alta tasa de inflación, casi a ciento ochenta por ciento del año pasado en el mundo, con proyecciones para este año setecientos por ciento según el Fondo Monetario Internacional. Mientras tanto, la economía en su conjunto se redujo en casi un seis por ciento el año pasado, y se espera que reduzca en entre ocho y diez por ciento este año. controles de precios de productos de primera necesidad. La intención de mantener los bienes asequibles y limitar la inflación lo que han logrado es provocar una escasez aguda gracias a los controles de cambio establecidos por Chávez en 2003, en un esfuerzo por detener la fuga del capital (…) el resultado fue la creación de un mercado negro donde un dólar tiene un valor de mil seiscientos bolívares en este momento. El tipo de cambio oficial para la importación de productos de primera necesidad es de diez. Entre esas dos figuras, el espacio para la travesura financiera efectiva es inconmensurable”.

Además de centrarse en el tema del reciente proceso de diálogo que lleva a cabo el Gobierno y la oposición junto al Vaticano, el periodista relata su recorrido por Petare, uno de los sectores populares de Caracas donde sus habitantes históricamente estuvieron a favor del proceso liderado por Chávez y que actualmente intenta conducir Nicolás Maduro. El “enojo” por el Gobierno también llegó a ese sector.

“‘Petare era chavista (…) sin embargo, la corrupción y la mala gestión comenzó a tomar su peaje. La basura se encuentra pendientes de cobro, los vendedores sin licencia atasco calles y escaleras estrechas del barrio, y el crimen se pone cada vez peor. No me gusta cualquier político en este momento”, dijo Yoli Zambrano, una enfermera consultada por la publicación.

La Asamblea Nacional (Parlamento) declaró una emergencia humanitaria, y en mayo aprobó una ley que permite a Venezuela aceptar la ayuda internacional. Nicolás Maduro despreció la idea, diciendo en la televisión nacional, “dudo que en cualquier parte del mundo, excepto en Cuba, existe un mejor sistema de salud.” Y, en lugar de aceptar la ayuda, Maduro declaró un “estado de emergencia” que le permite tomar decisiones unilaterales por decreto, sin aprobación de la Cámara.

“La comprensión de estado fallido de Venezuela como otro fracaso del socialismo y del estatismo en general, es histórica. La crisis de hoy es para la mayoría de la gente peor en la memoria, pero no tiene que ver con el socialismo. El Estado depredador, la extrema inseguridad, la gran debilidad del estado de derecho; se trata de problemas más profundos, en esta etapa, que un análisis tradicional izquierda-derecha pueda aclarar y mucho menos empezar a resolver” cierra el The New Yorker.

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