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Agonía en los océanos

La decoloración que están experimentando los corales en distintas partes del mundo, como por ejemplo ocurre en el Gran Arrecife de Australia, y la gran presencia de microplásticos en el mar de los Sargazos evidencian la grave situación en que se encuentran algunos de los más importantes ecosistemas del planeta.

 

Uno de los conocimientos básicos que se adquiere en las clases de geografía tiene que ver con la superficie de la Tierra y el porcentaje de agua que la cubre: el 70%. También que el 96,5% de toda el agua del planeta está en los océanos. Lo que no enseñan es que apenas el 1% de los océanos está protegido, que es la base de la lucha de organizaciones ambientales que buscan a través de un tratado global proteger al menos al 30% para el año 2030.

Esta desprotección, a la que se suman dos importantes enemigos como el cambio climático y el plástico, hace peligrar la vida misma. Lo que ocurre con la Gran Barrera de Coral de Australia y con el mar de los Sargazos evidencia la agonía que se vive en los ecosistemas oceánicos.

Episodios recurrentes de blanqueamientos

Las altas temperaturas de las aguas es uno de los factores clave que ha contribuido a elevar el número de sistemas naturales amenazados que son patrimonio de la humanidad. En tres años ha pasado de 36 a más de 60, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Sus efectos están siendo devastadores no importa si están en el Caribe, en Norteamérica o en el continente asiático. Los arrecifes de coral constituyen uno de los ecosistemas más afectados.

Con 2.600 kilómetros de extensión, el mar del Coral frente a las costas de Queensland, en el noreste de Australia, alberga más de 400 tipos de coral y 1.500 especies de peces. En más de 1.500 kilómetros ha visto sufrir un profundo proceso de decoloración, el que ocurre cuando las temperaturas del océano aumentan, pues deben expulsar las algas de su interior.

Pese a que este blanqueamiento no ocurre de inmediato, la subida de temperatura ocasiona que los corales rechacen las algas zooxanthellae. Al hacerlo se suprime su principal fuente energética y por lo tanto pierden su brillo. Se hacen propensos a contraer enfermedades y terminan por morir. Con este hecho también desaparece un hábitat natural de muchas especies marinas como la gran tortuga marina y el dugongo, ambas en peligro de extinción.

Aunque pueden recuperarse se necesita tiempo y contar con corales vecinos saludables. Es casi nula la recuperación si el blanqueamiento es recurrente.

Afectados el 70% de los corales poco profundos

Ya en los años 1998 y 2002, los científicos habían registrado dos decoloraciones. No obstante, la alarma se activó con fuerza cuando también se repitieron en dos años consecutivos, 2016 y 2017, afectando la parte norte y la sección media de la Gran Barrera de Coral.

Una investigación del Centro de Excelencia para Estudios de Arrecifes de Coral señaló en 2017 que esos episodios de blanqueamiento en cada zona se están acortando. Desde una cadencia de una vez cada 25 años en la década de los 80 se ha alcanzado a partir del año 2010 un promedio de una vez cada seis años, que luego de lo ocurrido en 2016/17 se redujo aún más.

El autor principal del estudio, Terry Hughes, indicó que los episodios repetidos de decoloración a escala regional y la mortalidad masiva de corales se convirtieron en la nueva norma en todo el mundo a medida que las temperaturas siguen aumentando y se eleva también la acidez del agua del mar por la mayor presencia de dióxido de carbono en la atmósfera. Es normal que el agua cálida se acumule en verano en la Gran Barrera para luego dispersarse hasta la llegada del invierno. Sin embargo, esto no está ocurriendo. Desde el año 2016 se ha ido calentando más hasta el punto de que cerca de un 70% de los corales poco profundos de la zona norte se ha visto afectado.

A pesar del Acuerdo de París suscrito en 2015 por 195 países, con el fin de reducir las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, lo que se está observando con los corales demuestra que los esfuerzos no son suficientes y hay que redoblarlos.

El mar de los Sargazos

Hay otro actor, que al igual que el cambio climático, amenaza la vida de los ecosistemas. No en vano se ha constituido en el mayor problema de contaminación ambiental que hay en los océanos: el plástico. Más de 13 millones de toneladas de este producto se arrojan cada año a los océanos. Su poder de penetración es tal que ha llegado a alcanzar al mar de los Sargazos, en el océano Atlántico, el único mar del mundo sin orillas, pues sus fronteras las determina el giro de las corrientes.

Este vasto espacio de la parte noroccidental de la Tierra es muy particular. Aunque no tiene costa se le conoce como mar, los vientos prácticamente desaparecen y los sargazos conforman una especie de gigantesca isla flotante de aproximadamente 1.600 kilómetros de ancho y 4.800 kilómetros de largo.

El mar de los Sargazos recibe su nombre del sargazo, un alga que crece generalmente adherida a las rocas, pero tal vez en forma milagrosa se ha podido adaptar y desarrollar en esta zona del Atlántico. Lo ha hecho por las corrientes tan lentas que circulan a su alrededor y que evitan que se disperse. También porque su reproducción se hace por fragmentos, es decir, de cada pequeña parte que se desprende nace una nueva planta.

Inmensos ecosistemas de vida

Ya en el Diario de Navegación de Cristóbal Colón correspondiente a su primer viaje se hacía una referencia inicial, pero fueron los marinos portugueses los responsables de popularizar su nombre, ya que debían enfrentar grandes contratiempos al circular por esa zona. ¿Las razones? La cantidad de algas marinas era tan abundante y el viento tan flojo que las embarcaciones se frenaban, por lo que sus contratiempos eran lo usual al circular por el que más tarde se conocería como el mar de los Sargazos.

La misma circulación marítima ha hecho que las aguas superficiales sean cálidas y las profundas más frías y ricas en minerales.

Esto ocasiona que el sargazo tome cuerpo, se expanda y cree inmensos campos que dan vida a otros organismos como algas más pequeñas, gusanos capaces de filtrar el agua, pequeños peces ranas, camarones y un sinfín de invertebrados. Los congrios, un pez sin escama que puede llegar a medir dos metros de largo, desovan en estas aguas después de nadar desde Europa y Norteamérica.

Plásticos en la cadena alimenticia

A profundidades que superan los 10 kilómetros y en lugares tan remotos como el mar de los Sargazos se ha encontrado la presencia de envases de plástico.
A profundidades que superan los 10 kilómetros y en lugares tan remotos como el mar de los Sargazos se ha encontrado la presencia de envases de plástico.

La penetración del plástico sobrepasa muchas veces la lógica. Científicos de la organización ecologista Greenpeace, mientras efectuaban su travesía anual de polo a polo por los océanos, encontraron recientemente sobre la superficie del mar de los Sargazos botellas de plástico, recipientes y bolsas de las que tardan cientos de años en degradarse. Lo más grave de todo esto fueron las concentraciones de microplásticos observadas al sumergirse para explorar. En una muestra descubrieron unos 1.300 fragmentos.

En la mayoría de las muestras que hemos analizado donde hay sargazo hemos visto muchos plásticos que se enredan en las algas. Aunque el azul de las aguas es muy bonito, no puedes imaginar lo que hay debajo”, afirma la bióloga marina con un doctorado en conservación del océano Celia Ojeda.

Los microplásticos son pequeñas piezas que, según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, miden menos de 5 mm de diámetro. Por su origen se clasifican en primarios (fabricados para ser utilizados en productos) o los secundarios, que provienen del deterioro de desechos plásticos más grandes. Por no biodegradarse estas minúsculas piezas son ingeridas por organismos que llegan, incluso, a morir por intoxicación.

Y es que al llegar los plásticos a ríos, mares y océanos, lamentablemente muchos entran en la cadena alimenticia de los peces, por ejemplo, y luego son ingeridos por el ser humano en los alimentos que come.

Por mares y océanos

Con todo esto se reafirma que el hombre no solo está destruyendo el medio ambiente, sino que se mata a sí mismo cuando consume estos microplásticos. Se estima que una persona ingiere por semana un promedio de unas 2.000 partículas de microplásticos. Aunque sus efectos sobre el ser humano están en estudio, no sería descabellado inferir que los mismos estragos que puede ocasionar en otros seres vivos también puedan extenderse a la raza humana.

La guerra contra el cambio climático debe ser frontal. Las altas temperaturas han comprometido la diversidad biológica sobre la Tierra. Asimismo lo debe ser la lucha por detener los plásticos de un solo uso. No es posible que cada segundo más de 200 kilos de plásticos sean arrojado a mares y océanos. Tampoco que cerca del 66% del medio marino haya sido alterado por la acción humana. Los ecosistemas agonizan y hay que detener su deterioro. El tiempo se agota.

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About Ernesto Linzalata

Periodista y maratonista. Graduado en la Universidad Católica Andrés Bello con postgrado en la misma casa de estudio en Desarrollo Organizacional y Gerencia de Proyecto. Coordinador redaccional en Cambio16 y Energía16

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