La transición hacia energías limpias todavía es incompleta, contradictoria y está lejos de significar el abandono inmediato de los hidrocarburos, pero existen señales claras de que su economía está entrando en una nueva etapa
China construyó su extraordinario ascenso económico y una industria manufacturera capaz de producir para el mundo entero, sobre la base de fuentes de energía como carbón abundante, petróleo y gas. El país se convirtió en ‘la fábrica del planeta’, pero también en el mayor emisor de dióxido de carbono. Hoy, sin embargo, el mismo motor industrial que impulsó la expansión china explora una transición energética profunda, deslastrándose poco a poco de los combustibles fósiles.
La transición todavía es incompleta, contradictoria y está lejos de significar el abandono inmediato de los hidrocarburos y sus derivados, pero existen señales cada vez más claras de que la economía china está entrando en una nueva etapa. Una en la que la electricidad limpia empieza a sustituir al carbón, al petróleo y gas en funciones que durante más de un siglo parecían inseparables, señala un análisis de Ember Energy, organización especializada en energía y clima.
La transformación es sustancial. No se trata únicamente de instalar más paneles solares o parques eólicos y otras fuentes energéticas renovables sino de alterar la arquitectura material de la economía. En cómo se fabrican los bienes, cómo se calientan las instalaciones industriales, cómo se movilizan las mercancías y cómo se garantiza la electricidad que sostiene a las ciudades y las cadenas productivas.

El cambio también se manifiesta territorialmente. Entre 2021 y 2025, la generación a carbón dejó de crecer en 17 de las 26 provincias y regiones examinadas por Ember. Entre ellas se encuentran Hunan y Shandong, territorios vinculados a actividades industriales intensivas en energía, incluida la producción de cemento.
China se blinda con otros combustibles
Esas regiones concentran más de la mitad de la capacidad termoeléctrica china. El dato no equivale a un cierre masivo de centrales, pero sí revela que el carbón comienza a perder su condición de fuente automática de todo crecimiento energético. Las plantas pueden seguir existiendo y, en algunos casos, continuar recibiendo permisos o inversiones, pero empiezan a utilizarse con menor intensidad.
Esta distinción entre capacidad instalada y uso efectivo resulta esencial para comprender la complejidad del proceso. China todavía amplía su infraestructura carbonífera: durante los primeros seis meses de 2026 incorporó alrededor de 30 gigavatios de nueva capacidad de generación a carbón. Entretanto, otros 274 gigavatios se encontraban en construcción o contaban con permisos. Al mismo tiempo, la generación eléctrica a carbón aumentó 3% en ese período.

Sería, por tanto, prematuro afirmar que China ha abandonado el carbón o que su transición energética avanza en línea recta con combustibles limpios, recoge el análisis. El país continúa construyendo una reserva fósil considerable, en parte por razones de seguridad energética, estabilidad de la red y prevención de crisis de suministro.
Pero, según el Centre for Research on Energy and Clean Air, durante el primer semestre de 2026, la flota eléctrica china evitó el consumo de aproximadamente 36 millones de toneladas de petróleo. Solamente en el segundo trimestre, el volumen desplazado alcanzó unos 19 millones de toneladas, aproximadamente 50% más que un año antes.
La paradoja es evidente. China instala centrales de carbón y, opera cientos de plantas con combustibles fósiles, y simultáneamente construye una de las mayores plataformas de energía renovable del mundo. Pero esta contradicción no necesariamente invalida la tesis de una transición estructural. Puede significar que el sistema energético está atravesando una fase de superposición.
Cabalgando con dos sistemas
El viejo modelo no desaparece de inmediato, mientras el nuevo crece con rapidez. Durante un tiempo, ambos sistemas coexistirán. El análisis de Ember encontró que el consumo de combustibles fósiles disminuyó en ocho de los once sectores industriales de China examinados.

Las caídas, respecto de los máximos registrados, oscilan entre 26% y 71% e incluyen actividades como la extracción de hidrocarburos, la fabricación textil, la producción de maquinaria. Así como alimentos y bebidas, los equipos de transporte y los materiales químicos. En sectores relativamente fáciles de electrificar —como maquinaria, electrónica y textiles— la electricidad ya aporta aproximadamente tres cuartas partes del consumo energético final, reseña Climate Change News.
La importancia de este fenómeno va más allá de las estadísticas sectoriales. Una fábrica textil, por ejemplo, puede sustituir una caldera de gas por equipos eléctricos para producir calor. Una planta de alimentos puede reemplazar hornos funcionando con combustibles por hornos eléctricos. Una empresa de maquinaria puede operar con electricidad de una red abastecida por fuentes renovables
El desafío aumenta en los sectores difíciles de descarbonizar. La metalurgia, la fundición, el procesamiento de minerales, la producción de cemento y parte de la industria química requieren temperaturas elevadas, procesos continuos y enormes cantidades de energía. En estas áreas, la electricidad puede no ser suficiente por sí sola. O puede necesitar tecnologías complementarias, como hidrógeno, captura de carbono, almacenamiento energético o procesos industriales.

Por eso resulta significativo que el consumo de combustibles fósiles también empiece a mostrar señales de estancamiento en la fundición y el procesamiento de metales, uno de los segmentos más dependientes de los combustibles fósiles. El estancamiento no es todavía una reducción profunda, pero indica que la transición comienza a penetrar en zonas más complejas de la economía, cita el artículo.
Hacia un desarrollo económico sostenible global
China no está abandonando de un día para otro el modelo energético, marcado por los combustibles fósiles que la convirtió en potencia industrial. Está intentando hacer algo más complejo. Utilizar su propia escala industrial para construir el modelo que podría reemplazarlo. Esa operación contiene una contradicción, pero también una posibilidad histórica. El país que hizo del carbón uno de los pilares de la globalización está convirtiéndose en el principal laboratorio de una economía alimentada progresivamente por energías limpias.

El resultado tendrá consecuencias más allá de sus fronteras. Si China logra hacer de su producción masiva de paneles, baterías, vehículos eléctricos, redes y tecnologías industriales en una reducción sostenida del uso de carbón, petróleo y gas, la transición energética mundial podría acelerarse. Y no solo por razones ambientales, sino también por razones de costo, competencia y seguridad.
El futuro de los combustibles fósiles dependerá, en buena medida, de si esta transformación logra superar sus obstáculos. Como sobrecapacidad carbonífera, la congestión de las redes, el desperdicio de renovables, la dificultad de descarbonizar la industria pesada y la necesidad de una transición justa. Por ahora, la electricidad limpia está ocupando espacios que durante generaciones pertenecieron al carbón, al petróleo y al gas.
El cambio avanza con tropiezos y contradicciones, pero su dirección comienza a ser visible. Cuando el mayor centro manufacturero del mundo empieza a romper su dependencia fósil, cambia su propia economía y modifica las condiciones energéticas sobre las que se organiza el siglo XXI.
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