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Ser ecológico después de muerto.

Ser ecológico después de muerto

Por Arantxa Rochet
04/11/2017

En la cultura occidental la muerte aún sigue siendo un tema tabú, a pesar de que, nos guste o no, es una de las pocas certezas que tenemos. Como diría el escritor Jorge Luis Borges, “la vida es solo una muerte que viene”, pero, podríamos añadir, no viene sola. El cuerpo humano va acumulando tóxicos a lo largo de la vida, ya sea por lo que comemos, por los fármacos que ingerimos o por los contaminantes a los que estamos expuestos. Entre estos tóxicos puede haber desde conservantes hasta pesticidas o metales pesados como plomo o mercurio. ¿Y qué sucede con ellos cuando morimos? Según la investigadora Jae Rhim Lee, “vuelven al medioambiente para continuar con el ciclo de toxicidad, y nuestras prácticas funerarias actuales empeoran aún más la situación”.

Procesos como la preservación del cuerpo mediante embalsamiento o el uso de cosméticos por motivos de estética generan una alta toxicidad en nuestro entorno. Eso por no hablar de la cantidad de CO2 que se libera a la atmósfera durante la cremación (72 kilos por cuerpo incinerado) o los 2.300 kilos anuales de mercurio de los empastes dentales que se volatilizan con esta técnica.

Por eso, en los últimos años han surgido una serie de iniciativas que quieren hacer mirar en otra dirección: en cómo contribuir, después de muertos, a que el planeta siga siendo verde; en fusionarnos con el entorno pero sin contaminarlo. Entre ellas se encuentran desde el ataúd de cartón reciclado hasta técnicas que reducen el cadáver a polvo sin liberar gases a la atmósfera, pasando por la creación de cementerios-bosques o el Infinity Burial Project de la investigadora Jae Rhim Lee, con el que un traje mortuorio de hongos descompone el cuerpo y elimina sus tóxicos de forma natural. Alternativas existen para todos los gustos y bolsillos, algunas reales y otras aún en proyecto. Los principales obstáculos, hoy por hoy, al menos en España, son la dificultad de ajustarse a la legislación y un sector, el de la industria funeraria, aún muy tradicional.

Morirse no es barato. Según un informe de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), 3.545 euros es el precio medio de un sepelio, aunque dependiendo de la comunidad autónoma las diferencias pueden ser muy grandes, desde los 2.261 de Cuenca a los 6.441 de Barcelona. De acuerdo con estas cifras se muestra la Asociación Nacional de Servicios Funerarios (PANASEF), quien asegura que, por esa cantidad, unos 3.500 euros, se puede acceder hoy en día a los servicios de un sepelio “medio”, con decoración floral, féretro, elementos internos, alquiler de instalaciones, personal, vehículos, recordatorios, atención en la sala, etc., exceptuando el destino final (que puede suponen hasta el 20% del total del presupuesto) y los complementos.

De lo que no cabe ninguna duda es de que el negocio que hay en torno a la muerte mueve mucho dinero en España: 1.500 millones al año, para ser más exactos. Y de todos los sectores que participan en el proceso destaca uno: el de los seguros. En 2016, las empresas aseguradoras se hicieron cargo del entierro de 243.122 personas, es decir, el 60,11% de los fallecidos en el país ese año, según UNESPA (Asociación Empresarial del Seguro).

No obstante, este porcentaje se mantiene estable desde hace años, por lo que el principal cambio en el sector, una verdadera “revolución”, según Juan José López Vivas, vicepresidente de PANASEF, tiene más que ver con la presencia del cuerpo en los tanatorios en vez de en los hogares para velarlo. Este cambio ha provocado que “las empresas hayan aumentado de tamaño y haya crecido su personal específico para atender a las familias: psicólogos, atención al cliente, abogados para asesoramiento, etc.” Otras tendencias al alza son la celebración de actos de despedida y homenajes, además de la tradicional ceremonia religiosa y las incineraciones, que en 2013 suponían el 35% del total, y dentro de unos diez años PANASEF calcula que alcanzarán entre el 60% y el 70%.

Cómo ser más ecológico

Elegir la cremación no es una buena idea si se quiere ser ecológico más allá de la muerte, pero aún así se puede paliar su impacto sobre el medioambiente empezando por lo más básico: el féretro. RestGreen es una empresa madrileña que ofrece ataúdes de cartón reciclado, que sirven tanto para la cremación como para el entierro tradicional. “Pesa mucho menos, es más fácil de transportar y de cremar”, explica Javier Ferrándiz, fundador y director de RestGreen. Por eso es menos dañino para el medioambiente y ecológico, ya que el tiempo de cremación es más corto.

Para la incineración, otra opción sencilla es la Urna Bios, fabricada con componentes 100% biodegradables y donde se depositan las cenizas del fallecido junto con tierra y una mezcla de nutrientes. Después, se introduce la semilla de un árbol o planta. La urna se irá descomponiendo según la planta vaya creciendo.

Para evitar la expulsión de gases a la atmósfera que supone la cremación habría que dar un paso más allá. Félix García Pedroche, creador del proyecto FUNECO (Funerarios Ecológicos), aboga por no destruir la materia porque eso siempre conlleva un “gasto de los recursos del planeta”. Lo que FUNECO promueve son los “cementerios ecológicos”. Recintos donde se descartarían las lápidas de granito o los mausoleos, de tal forma que el cuerpo se depositaría dentro de un ataúd o cápsula ecológica de madera reciclada con una capa de árido por encima y un relleno de fertilizante, para después plantar encima un árbol o matorral de alguna especie autóctona. Pero antes de este proceso ecológico llevarían a cabo el drenado absoluto de líquidos al cadáver, con el fin de evitar que los fluidos procedentes del proceso de descomposición contaminaran el suelo. 

La “biocremación”

La Ley de Sanidad Mortuoria de nuestro país solo permite la cremación (incineración), la inhumación (entierro) o la inmersión en alta mar del cadáver, por lo que hay que salir de España para encontrar otras alternativas ecológicas que no se encuentren entre estos tres supuestos, como la hidrólisis alcalina o “biocremación”, una técnica que consiste en introducir los restos mortales en un cilindro de acero a presión que vierte una mezcla de hidróxido de potasio y agua a una temperatura muy elevada. El proceso dura de tres a cuatro horas y el único residuo que queda es el fosfato cálcico procedente de los huesos, que se verá reducido a un montoncito de “cenizas”. Y emplea agua en lugar de fuego, produce mucho menos CO2 que la cremación y también utiliza menos energía.

La idea más sorprendente de todas es el Infinity Burial Project ecológico. Esta iniciativa, aún en proyecto, de la científica y artista Jae Rhim Lee “propone alternativas para el cuerpo que promueven y facilitan un compromiso individual con el proceso de descomposición”, explican en su web. Cuentan con el desarrollo de una cepa única de hongos que descompone y limpia las toxinas en el tejido humano. Jae Rhim Lee está “entrenando” hongos para consumir su propio tejido corporal y excreciones: piel, cabello, uñas, sangre, hueso, grasa, lágrimas, orina, heces y sudor.

Dentro de este proyecto ecológico se enmarca la Sociedad de la Decompicultura (el cultivo de organismos en descomposición), que busca cambiar la actual cultura de negación y preservación artificial del cuerpo a una aceptación de la muerte y la descomposición. “Aceptar la muerte significa aceptar que somos seres físicos íntimamente conectados con el ambiente. Y una vez que comprendemos esto, vemos que la supervivencia de nuestra especie depende de la supervivencia del planeta”, concluye Jae Rhim Lee.

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