miércoles , mayo 27 2020
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El teléfono Samsung Galaxy Fold 5G se presentó en el salón de Samsung en la feria de tecnología de consumo IFA en Berlín, Alemania, el pasado mes de septiembre

Obsolescencia programada, hacia una sociedad cada día más desechable

Obsolescencia programada es la práctica que corresponde al diseño de productos con una fecha de caducidad definida en aras de aumentar el consumo. La obsolescencia programada no solo está relacionada con electrodomésticos o dispositivos electrónicos, también se encuentra en la industria alimentaria, farmacéutica y de la moda.

“La irreemplazable batería del iPod dura 18 meses. 10.000 canciones en tu bolsillo. Mac o PC”. Un joven, Casey Neistat, aparece tachando con esta frase todos los avisos publicitarios del iPod en Manhattan. Desilusionado por no poder reemplazar la batería de su nuevo juguete, se dio a la tarea de informar a todos los usuarios de la isla sobre lo poco que les duraría la batería del original dispositivo que Steve Jobs había presentado en octubre de 2001.

Cuenta The Washington Post que Neistat fue hasta la elegante tienda de Apple en Prince Street en SoHo, Nueva York. Allí explicó que la batería de su iPod no se estaba cargando a lo que amablemente le replicaron: “No ofrecemos una batería nueva. Debería comprar un nuevo iPod”. Neistat volvió a casa y llamó al servicio técnico de Apple. He aquí que palabras más o menos le recomendaron lo mismo que en la tienda, comprarse otro iPod.

Sin embargo, adquirir un nuevo dispositivo le costaba a Neistat –para ese año de 2003– entre 200 y 400 dólares. De allí que Neistat decidiera informar al público de Manhattan que la batería del novedoso dispositivo solo duraba algo más de un año. Lo hizo junto a su hermano Van, colocando la frase en todos los avisos publicitarios de iPod que encontró. Pero allí no quedó su hazaña. Casey y Van produjeron un vídeo donde ilustran el porqué de su iniciativa a la que llamaron “Un anuncio de servicio público” de los Hermanos Neistat. iPod’s Dirty Secret (El sucio secreto del iPod) fue visto más de seis millones de veces en Internet. Tres años antes de que YouTube llegara a nuestras vidas.

Imaginario obsoleto

La historia de Neistat –que hoy es un conocido vlogger, director, youtuber y empresario en los EEUU– forma parte del imaginario mediático alrededor de la obsolescencia programada. Un concepto que hace referencia al hecho de que algunos fabricantes de todo tipo de aparatos electrónicos programan estos dispositivos para que duren un tiempo determinado. De manera que cuando caduquen o se estropeen el usuario compre otro en sustitución. Y digo imaginario, porque a la historia de Casey Neistat se agrega la historia de la bombilla centenaria que ilumina una estación de bomberos en Livermore, California.

Para 2018 la bombilla llevaba 117 años encendida y en 2015 cumplió un millón de horas de incandescencia. Un absoluto “milagro”, pues las bombillas regularmente duran entre 750 y 2.000 horas de incandescencia. Fabricada por la Shelby Electric Company en Ohio, tiene un filamento ocho veces más grueso que una bombilla actual y está fabricada con carbono, un material que al parecer conduce mejor la electricidad al calentarse. La bombilla sigue viva y dando luz. Es fácil comprobarlo a través de su sitio web: centennianbulb.org.

Tanto la bombilla como el vídeo de Casey Neistat son referencias obligadas acerca de la obsolescencia programada. Lo que lleva a plantearse ciertas cuestiones: ¿Por qué no fabricar una bombilla que dure un millón de horas? ¿Por qué seguir fabricando solo las que duran 750-2.000 horas si anualmente se desperdician en el mundo 7.000 millones de bombillas? Solo en España se tiran a la basura 47 millones de bombillas al año. Así lo señala Benito Muros, presidente de la Fundación Feniss (Fundación Energía e Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada). Para más luces, señala que esta práctica responde a los intereses económicos de las grandes multinacionales. Explica Muros que el comprar una y otra vez se relaciona con el pago de impuestos, con endeudarse y pagar intereses a los bancos para obtener lo último de lo último. Lo que en resumidas cuentas es lo que sostiene el sistema económico del crecimiento. De allí que los aparatos electrónicos estén diseñados para que se estropeen en un determinado tiempo.

Por su parte, los defensores de la obsolescencia programada señalan justamente esto: que la obsolescencia de un producto genera empleos y mantiene activa la economía. Argumento que rebate Muros al señalar que esas empresas que practican la obsolescencia programada ofrecen empleos donde no se respetan ni los derechos humanos ni lo
derechos laborales.

Igualmente, afirma que estas grandes multinacionales solo tributan entre 5-7%, mientras que las pymes tributan hasta un 25% en España. Por lo tanto, resalta la vuelta hacia una economía sostenible donde se fabriquen productos duraderos localmente. Donde las personas se encontrarían con empleos de calidad en empresas subsidiarias reparando y actualizando los dispositivos que tanto nos gustan.

Dispositivos con un irrelevante destino

Y es que los dispositivos que tanto nos gustan y entretienen generan la bicoca de 50 millones de toneladas métricas de basura tecnológica (e-waste), de acuerdo con Una nueva visión circular para la Electrónica. Tiempo para un reinicio global, un informe del Foro Económico Mundial de enero de 2019. El informe define la basura tecnológica como cualquier cosa que pueda ser conectada, con cable o que tenga batería, incluyendo equipos eléctricos y electrónicos.

Es decir, la tableta que dejó de marchar; el portátil que cambiamos porque ya estaba demasiado viejo, aunque aún funcionaba; el pantalla plana que costó €200, pero no tiene la pantalla tan delgada como la tele del año; el Android que se ralentizó por instalarle un nuevo sistema operativo y más. Toda esa basura que tiramos y cuyo destino es para nosotros incierto y ciertamente irrelevante.

Todos estos dispositivos personales generan la mitad de la basura tecnológica producida en el planeta. Fuera de las emisiones de carbono que se cargan por su producción. Se estima que para el año 2040 la producción y uso de dispositivos electrónicos alcanzará el 14% de las emisiones totales de carbono en el mundo. Mientras que para 2050 se estiman 120 millones de toneladas de basura tecnológica.

¿Quiénes son los grandes generadores de este tipo de basura?: Estados Unidos y Canadá, Europa occidental, Australia, Japón y Corea del Sur. ¿Quiénes la reciben?: México, Brasil, Senegal, Costa de Marfil, Ghana, Benín, Nigeria, Egipto, India, Tailandia, Vietnam, China y Europa del este.

Dice el informe que solo una persona en la Unión Europea genera 17,7kg de basura tecnológica al año. Y desde allí se embarcan 1,3 millones de toneladas de desperdicios tecnológicos de manera indocumentada, constituyendo el tráfico ilegal de este tipo de basura uno de los mayores retos para la gestión de desechos. Este manejo pareciera estar en alerta roja desde que algunos países asiáticos cerraran el vertedero a países desarrollados alegando el contenido de desechos tóxicos o plásticos no reciclables.

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Los componentes viejos del teléfono móvil se desechan dentro de un taller en el municipio de Guiyu en la provincia de Guangdong, en el sur de China, en una imagen tomada el 10 de junio de 2015.

Fast Fashion, Fast Food, Fast waste

A pesar de que la basura tecnológica representa apenas el 2% de la producción mundial de desperdicios constituye un 70% de los residuos peligrosos que terminan en vertederos. No obstante, los dispositivos que desechamos bien sea por obsolescencia programada o no contienen oro, cobre, níquel, platino, cobalto, aluminio, tierras raras y estaño. Algunos de estos materiales pueden recuperarse y reciclarse para la producción de nuevos bienes, dado que existe una preocupación por la disponibilidad de estos materiales en el futuro.

En los países desarrollados, los dispositivos electrónicos se consumen como el fast fashion y el fast food –sectores donde también está presente la obsolescencia programada–. El informe apunta que el mercado global de consumo de aparatos electrónicos generó alrededor de $1,1 trillones solo en 2017, con una tasa de crecimiento anual hasta 2024 del 6%. Esta demanda se ve alimentada por el crecimiento en el uso de smartphones. Esta tendencia es mayor cuando se habla de pantallas planas, la adopción de 3G y 4G en las economías desarrolladas y la producción de vehículos eléctricos.

Porque pensándolo rápidamente está muy bien que se produzcan vehículos eléctricos para disminuir las emisiones de carbono hacia la atmósfera. Pero como consumidores nos hemos preguntado a dónde irán a parar las baterías de esos vehículos cuando ya no funcionen. ¿O funcionan de por vida? El informe plantea que uno de los principales retos frente a la basura tecnológica es su reciclaje.

La tasa de reciclaje de este tipo de desechos es baja. Por ejemplo, la UE –considerada como el líder mundial en materia de reciclaje de basura tecnológica– apenas reporta oficialmente un 35% de esta basura como recolectada y reciclada adecuadamente. El promedio mundial reportado apenas cubre el 20% de estos desechos quedando por fuera un enorme 80%. Valga agregar que nada en la basura tecnológica es biodegradable. Entonces, ¿por qué seguir produciendo aparatos con obsolescencia programada? ¿Es imposible diseñar una secadora por ejemplo que dure 20 años? No.

Secadora rebasa la mayoría de edad

Hace poco menos de dos años se conocía la noticia de dos abuelos en Reino Unido que se mudaban a un apartamento completamente equipado, por lo que no sabían qué hacer con los electrodomésticos que llevaban décadas utilizando sin que se estropearan. Solo la secadora tenía la edad de su hija, 55 años. Contrario a estos abuelos, ¿por qué cambiar de móvil cada año si lo único que necesitamos es recibir llamadas y enviar mensajes? ¿No cubren todos los móviles estas necesidades?

“Absolutamente todos los fabricantes de móviles practican la obsolescencia programada en estos momentos. Cuando el móvil se ralentiza o ciertas app no funcionan, el usuario ya empieza a pensar que es normal”, asegura Benito Moros a El País y agrega: “Si no existiera la obsolescencia programada, un teléfono móvil tendría una vida útil de 12 a 15 años”, ¿cuánto oro, platino, níquel, emisiones de carbono, dinero y tiempo podríamos ahorrar si esto fuera así? Señala el artículo que en España no se penaliza la obsolescencia programada. De hecho a nivel mundial no es algo que se penalice, pareciera todo lo contrario. Aunque se han conocido dos casos donde la obsolescencia programada ha ido al banquillo de los acusados.

Dos prácticas desleales

En octubre del año pasado se conocía por primera vez que un organismo gubernamental imponía sendas multas a multinacionales por llevar a cabo prácticas comerciales desleales. El comunicado emitido por la Autoridad Garante de la Competencia (AGCM) en Italia comienza: “Como resultado de dos investigaciones complejas, la AGCM ha comprobado que las empresas del grupo Apple y del grupo Samsung han llevado a cabo prácticas comerciales desleales en violación del art. 20, 21, 22 y 24 del Código del Consumidor en relación con el lanzamiento de algunas actualizaciones de firmware de teléfonos móviles que han causado fallas de funcionamiento graves y un rendimiento significativamente reducido, acelerando así el proceso de reemplazo”.

Las multas fueron de cinco millones de euros para Samsung y €10 millones para Apple. Pero de verdad ¿qué pueden significar estas cifras para Apple que reportó una ganancia de $84.300 millones en el cierre del primer trimestre de 2019 o Samsung que para el segundo trimestre de este año obtuvo ingresos consolidados de $47.500 millones? Y las cuestiones más cruciales en este caso ¿dejaron de practicar la obsolescencia programada? ¿Dejamos de comprar sus productos y descargar sus actualizaciones?

El segundo caso, de principios de 2018, también involucra a Apple. La asociación francesa Alto a la obsolescencia programada (HOP) denunció ante la Fiscalía de Francia la ralentización de los iPhone más antiguos como una estrategia para aumentar sus ventas. La denuncia procedió y la Fiscalía francesa investiga a la multinacional por delitos de “fraude” y “obsolescencia programada”, de acuerdo a El Mundo. También señala este medio que no es la primera vez que Francia acomete este tipo de investigación, ya lo había hecho con la japonesa Epson, que según HOP obliga a los consumidores a comprar nuevos cartuchos de tinta.

Reacción programada

Por su parte, Samsung lamentó la sanción italiana y anunció que apelaría al alegar que siempre comunica a sus usuarios acerca de sus actualizaciones. Mientras, Apple se apegaba a un comunicado lanzado en 2017 donde ofrece información a los usuarios sobre las baterías para IPhone y su rendimiento.

Francia cuenta con medidas para combatir esta práctica, mientras que España espera por la legislación europea aunque existe la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios y otras leyes complementarias.

Ahora, la Comisión Europea ha emitido un comunicado a finales de septiembre donde se adoptan medidas que incluyen requisitos de “reparabilidad y reciclabilidad” que contribuyan a mejorar la vida útil, mantenimiento, reutilización, actualización y manejo de residuos de electrodomésticos.

Las medidas se toman para refrigeradores, lavadoras, lavaplatos, pantallas electrónicas (incluidos televisores), fuentes de luz y engranajes de control separados, fuentes de alimentación externas, motor eléctrico, refrigeradores con función de venta directa (por ejemplo, refrigeradores en supermercados, máquinas expendedoras de bebidas), transformadores de poder y equipos de soldadura.

Se espera que esta medida, junto con las etiquetas inteligentes –adoptadas en marzo–, genere un ahorro de 167 TWh (Teravatios por hora) hacia 2030, lo cual equivale a la reducción de 46 millones de toneladas de CO2 y un ahorro promedio de €150 en los hogares europeos. Por lo que resta decir, ya las autoridades europeas –en teoría– están haciendo su parte. Mientras, organizaciones como la Fundación Feniss han creado el sello ISSOP que busca dar visibilidad a aquellas empresas que no practican la obsolescencia programada. Las empresas son un gran interrogante, pero nosotros, que sumamos cerca de 8.000 millones en el mundo, ¿qué estamos haciendo?

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Sobre Maria Rosales

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Venezolana radicada en Venezuela. Licenciada en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello. Redactora y correctora editorial de versiones impresas y páginas web, de Cambio16 y Energía16. Redactora de la revista Cambio Financiero. Con 17 años de experiencia como investigadora y editora de contenidos para talleres de ciencia y teatro, libros de inglés, micros radiales, sitios web y redes sociales. Membresía: Asociación de Revistas ARI.

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